Flamenco y ¿compromiso?

Flamenco
“Yo os canto” Paco Moyano (1978)

El flamenco no ha dejado nunca de ser un arte de manifestación popular y en determinados momentos para algunos intérpretes un instrumento de contestación al poder establecido.

“Muchas veces se ha querido ver (y oír) en el trasfondo triste y trágico de ciertas letras históricas un grito de “contestación social” cuando lo cierto es que mejor podría definirse como exaltación de la víctima, el aullido del herido por la pobreza y no un posicionamiento frente al poder.”

El Flamenco es un arte de transmisión oral y, como en toda manifestación popular, hay de todo, como en botica.

Decía Antonio Mairena que los flamencos empezaron a vivir del flamenco y se extendió entre otro tipo de público cuando a Sevilla comenzaron a llegar las bolsas repletas de monedas que “se desparramaban” al descargar los barcos que venían de las Américas, consecuencia del tráfico comercial y el expolio que se llevó a cabo en las entonces Colonias Españolas. Monedas que pagaban las fiestas de señoritos, marqueses, duquesas y demás calaña. Fiestas amenizadas por los flamencos que rondaban aquellos círculos en busca de un mendrugo de pan que echarse a la boca. Las limosnas de los ricos.

Es ahí donde empiezan los flamencos a profesionalizarse, teniendo este origen poco de compromiso social. El ser un/a trabajador/a asalariado/a, por el hecho de serlo, no lleva aparejado dicho compromiso, ya que en muchos de los casos: “quien paga manda”. Obviamente, esta realidad no es exclusiva del flamenco; ocurre en cualquier arte y oficio.

Cuentan que cierto día un joven Camarón, en la Venta Vargas y ante unos señoritos que lo hicieron llamar para que les amenizara una de sus fiestas, éstos le tiraron los billetes a la cara, José se fue a la azotea y le dijo a su amigo “Joselillo”: “Ningún hombre es más que nadie. Estos tienen mucha guasa y así el cante no sale” (Publicado en La Fragua, Agosto 2017)

No obstante, y aparte de este dato sobre los inicios del negocio, el flamenco no ha dejado nunca de ser un arte de manifestación popular y en determinados momentos y por determinadas circunstancias ambientales y sociales algunos intérpretes sí que decidieron usar el flamenco como instrumento de contestación al poder establecido. (Los primeros datos que se tienen a este respecto datan de la Segunda República.)

Después del estallido cultural de la Segunda República, al que el flamenco no fue ajeno, la victoria del fascismo sobre la legalidad democrática en España, supuso que el régimen dictatorial llevara a cabo su planteamiento cultural para la sociedad española. El Régimen puso más énfasis en impulsar otros géneros como la copla, que respondían mejor a planteamientos ideológicos en los que se marcaba una lírica más superficial y “romántica” basada en determinados estereotipos , que en un análisis del contexto social e histórico.

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Forografía atribuida a Gerda Taro. El cante en el frente.

Bien es cierto que sí hubo posicionamiento ante el golpe sedicioso fascista. Unos optaron por sacarse el carnet de la Falange para poder cantar y otros defendieron la República: Angelillo, La Levantina, Guerrita, Fanegas, Manolo de Huelva, El Cojo de Málaga, Manuel Vallejo, La Niña Los Peines, Carbonerillo, Niño del Museo, Tomás de Antequera o el recordado Chato “Las Ventas”, muerto en la cárcel de Badajoz de un infarto ante el anuncio de su fusilamiento.

Después de este periodo, en los últimos tiempos de la dictadura franquista, algunas figuras del cante flamenco continuaron siendo el canal de expresión de las causas populares, de los sometidos. Algunos decididamente se posicionan en contra del poder establecido. Figuras como José Menese, Diego Clavel, Paco Moyano, Carmen Linares, El Cabrero o los primeros tiempos de Enrique Morente.

Así, unos más que otros sufrieron en su día las consecuencias de no formar parte de los artistas acomodados; siendo víctimas, en algunos casos de los castigos que el fascismo imponía a toda persona que presentara una actitud contestataria. Dichas prácticas represivas continuaron existiendo en tiempos de la mal llamada “Transición”. Cabe señalar las palabras del cantaor Paco Moyano, que sufrió varias visitas a diferentes cárceles y estancias en los bajos de la Dirección General de Seguridad (institución franquista de represión política que se ubicaba en la Puerta del Sol en Madrid y que no se disolvió hasta 1986):“Me llevé las primeras hostias democráticas”. El artista sufrió la represión política durante los años posteriores a la muerte del dictador y en los primeros años de supuesta democracia.

Hablar por tanto de flamenco y compromiso puede ser aventurarse demasiado. No siempre el Flamenco supone una manifestación esencial y originariamente “comprometida”. El Flamenco es expresión popular y como tal, cada una y uno decide cuál es el sentido de esa interpretación y para qué usarlo. A ese respecto podemos encontrar ejemplos contrapuestos y es que muchas veces se ha querido ver (y oír) en el trasfondo triste y trágico de ciertas letras históricas un grito de “contestación social” cuando lo cierto es que mejor podría definirse como exaltación de la víctima, el aullido del herido por la pobreza y no un posicionamiento frente al poder. En todos los géneros artísticos hay mercenarios, y el flamenco no escapa tampoco a esta realidad. No obstante, es nuestro deber recordar la decisión que muchos de ellos tomaron en su día de presentar un grito de repulsa ante tanta ignominia y dolor.

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Fotografía del cantaor Juan Pinilla. Autor: Maldonado. Fuente: alaireyalcompas.es

Actualmente, el compromiso social y el activismo político (en un sentido amplio) no es tan efervescente como en la época comprendida entre los últimos años de vida del dictador y los primeros años de “Democracia” y si nos centramos en la actualidad del panorama flamenco son muy pocos (casi inexistentes) los intérpretes que usan este arte como un medio de expresión mediante el cual manifestar una contestación a los poderes fácticos que aún hoy siguen oprimiendo a las clases populares. La industria musical en general resulta estar bastante podrida y, salvo excepciones, toda expresión musical supone un mero mecanismo para hacer dinero.

Una de esas honrosas excepciones es un joven cantaor contestatario y a contracorriente, Juan Pinilla, estudiante y estudioso del flamenco que sufre indirectamente el veto de determinados círculos del “artisteo” por su dedicación a un flamenco más social y por intentar no corromperse con el círculo viciado de subvenciones que los gobiernos de las instituciones públicas deciden otorgar a aquellos artistas que entran por el aro de los intereses de una gestión corrupta y nada dedicada a aquello de la “res pública”.

Decía José Dominguez “El Cabrero” (Aznalcollar 1944) hace unos días en una entrevista:“Si otros cantaores ven el mundo perfecto, que sigan cantándole a la Feria de Sevilla”.

A José, como a otro puñado de flamencas y flamencos hay que agradecerles que a pesar de las contradicciones y las presiones del sistema, continúen empeñados en utilizar sus magníficas cualidades artísticas al servicio de la libertad y la emancipación de las personas. Aunque sean pocos, aunque sean otros los que gozan de la consideración del público mayoritario; ellas y ellos son el ejemplo de cómo un arte puede y debe ser llevado desde la honestidad y la coherencia ideológica, apartándose de las necedades y superficialidades que envuelven todo lo que nos rodea. Ellas y ellos sí fueron libres, no fueron muchos pero sí libres en el ejercicio de su arte y comprometidos con el mundo que les tocó vivir.

Ámala Fernández Iglesias.

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