Miguel Hernández: Cuando el viento del pueblo te lleva a las letras y a las armas.

Miguel Hernández
Carnet de milicia de Miguel Hernández durante la Guerra nacional revolucionaria española.

Aniversario del nacimiento de Miguel Hernández, el poeta de Orihuela. Cuando el viento del pueblo sopla hacia las armas y las letras.

Viento del Pueblo llevó a Miguel Hernández a las trincheras. Mientras otros poetas se mantenían en su torre de Marfil el poeta de Orihuela combatía con las armas y con sus letras (Vientos del Pueblo, 1937; El hombre acecha) a aquellos que desgraciadamente acabaron poniendo un yugo sobre los pueblos de España.

Vientos del Pueblo. 

Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran, me esparcen el corazón y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente, impotentemente mansa, delante de los castigos: los leones la levantan y al mismo tiempo castigan con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes, que soy de un pueblo que embargan yacimientos de leones, desfiladeros de águilas y cordilleras de toros con el orgullo en el asta. Nunca medraron los bueyes en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo sobre el cuello de esta raza? ¿Quién ha puesto al huracán jamás ni yugos ni trabas, ni quién al rayo detuvo prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza, vascos de piedra blindada, valencianos de alegría y castellanos de alma, labrados como la tierra y airosos como las alas; andaluces de relámpagos, nacidos entre guitarras y forjados en los yunques torrenciales de las lágrimas; extremeños de centeno, gallegos de lluvia y calma, catalanes de firmeza, aragoneses de casta, murcianos de dinamita frutalmente propagada, leoneses, navarros, dueños del hambre, el sudor y el hacha, reyes de la minería, señores de la labranza, hombres que entre las raíces, como raíces gallardas, vais de la vida a la muerte, vais de la nada a la nada: yugos os quieren poner gentes de la hierba mala, yugos que habéis de dejar rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos de humildad y olor de cuadra; las águilas, los leones y los toros de arrogancia, y detrás de ellos, el cielo ni se enturbia ni se acaba. La agonía de los bueyes tiene pequeña la cara, la del animal varón toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera con la cabeza muy alta. Muerto y veinte veces muerto, la boca contra la grama, tendré apretados los dientes y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte, que hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles y en medio de las batallas.

Pero no solo hubo una guerra, Miguel, el poeta pastor, hacia tiempo que había descubierto la guerra que se escondía tras todas las guerras. Se lo confesó de nuevo su garganta que dió orden a las manos artesanas del poeta y las pusieron al servicio de su causa.

El niño yuntero.

Carne de yugo, ha nacido más humillado que bello, con el cuello perseguido por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta, a los golpes destinado, de una tierra descontenta y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo de vacas, trae a la vida un alma color de olivo vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza a morir de punta a punta levantando la corteza de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente la vida como una guerra y a dar fatigosamente en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe, y ya sabe que el sudor es una corona grave de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja masculinamente serio, se unge de lluvia y se alhaja de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte, y a fuerza de sol, bruñido, con una ambición de muerte despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es más raíz, menos criatura, que escucha bajo sus pies la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde en la tierra lentamente para que la tierra inunde de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento como una grandiosa espina, y su vivir ceniciento revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos, y devorar un mendrugo, y declarar con los ojos que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho, y su vida en la garganta, y sufro viendo el barbecho tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo menor que un grano de avena? ¿De dónde saldrá el martillo verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón de los hombres jornaleros, que antes de ser hombres son y han sido niños yunteros.

La vida de los jornaleros es murmullo hecho un grito de dignidad. Si estamos atentos aún se escucha: “Jaén levántate brava, sobre tus piedras lunares. No vayas a ser esclava con todos tus olivares”.

Pero eran tiempos de lucha y también de soluciones, de revolución, de conciencia y así, Miguel viajó a la URSS quedando maravillado por la revolución soviética.

Se propaga la sombra de Lenin, se propaga,avanza enrojecida por los cielos,inunda estepas,salta serranías,recoge, cierra, besa toda llaga,aplasta las miserias y las melancolías.

Es como un sol que eclipsa las tinieblas lunares, es como un corazón que se extiende y absorbe, que se despliega igual que el coral de los mares en bandadas de sangre a todo el orbe.

Es un olor que alegra los olfatos y una canción que halla sus ecos en las minas.

España suena llena de retratos de Lenin entre hogueras matutinas.

Los bueyes lograron destruir la tierra y encerrar al poeta. La cárcel de El hombre acecha (1937—1939) fue la última parada antes de la partida física.

Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo, van por la tenebrosa vía de los juzgados: buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen, lo absorben, se lo tragan.

El mismo viento que aventó su garganta, el fantasma que recorre Europa que llamaron otros, sigue escuchándose en las noches, en las casas, en las frías mañanas, en la calle, la escuela, la tienda, la fábrica. Miguel se hizo inmortal como artesano de la voz del pueblo, de la voz de la lucha, de la voz sin tiempo ni fronteras que dentro de nosotros aún seguirá retumbando y dando impulso.

Carmen Parejo.

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