El Período Especial, el reggaetón y el “famoso” Decreto 349

“Dijo Fidel: lo que no ha logrado ni logrará nunca el imperialismo, de aniquilar a la Revolución, nosotros mismos podríamos hacerlo, si no estamos prevenidos permanentemente ” Artículo de Karel Cantelar

Escribir sobre Cuba tiene muchísimas aristas y genera siempre reacciones. Las disposiciones y leyes que en las naciones capitalistas industrializadas son aceptadas como “normales” o que simplemente no son tocadas por la prensa, en Cuba se convierten en temas de discusiones, y por supuesto, de demonizaciones. Cuba está siempre bajo una lupa, la lupa inquisidora y no inquisitiva del mercenarismo de quienes se ponen al servicio de los más grandes poderes de la actualidad. Si en España imponen una ley que impide ciertos tipos de protestas, a la que el pueblo español llama Ley Mordaza, no va a ser criticada en los grandes medios, cuyos dueños son en última instancia parte de los poderes que la imponen. Si acaso la discutirán los círculos más a la izquierda, limitados por todos los costados para difundir sus ideas, sabiendo como sabemos en manos de quiénes están las redes de los medios de comunicación: un puñadito ínfimo de conglomerados gigantescos, convirtiendo la tan cacareada libertad de expresión en el derecho de las élites de imponernos su pensamiento, o más bien el pensamiento que desean que tengamos, con una uniformidad que espanta. Pero cuando se trata de Cuba, todo lo que en ella suceda será puesto en la platina del microscopio de la demonización imperial contra todo lo que no se le someta.

En Cuba ha salido a la luz, hace casi un año y medio, el Decreto Ley 349, de abril de 2018, cuyo título es:

CONTRAVENCIONES DE LAS REGULACIONES EN MATERIA DE POLÍTICA CULTURAL Y SOBRE LA PRESTACIÓN DE SERVICIOS ARTÍSTICOS

Del decreto se ha escrito ya bastante, para bien casi exclusivamente en Cuba, donde se le conoce bien y se saben sus efectos, pero fuera de Cuba casi siempre para demonizarlo. De más está decir que los medios de origen cubano-renegado-miamenses han arremetido contra él de una manera virulenta, que oscila desde los más sesgados análisis estilo legal, hasta los extractos de ese odio rabioso que devora las entrañas de la ultraderecha, incluyendo a esos pobres de derecha, que desde la ignorancia y estando en posición de explotados, se alían con quienes les azotan la espalda todos los días para capturar al esclavo escapado y cimarrón, para someter al rebelde que no se arrodilla. Y aunque los temores iniciales se referían a las prerrogativas que tendrían ciertos funcionarios de cerrar las puertas a artistas que no “comulgaran” con la Revolución o a la aplicación de vendettas personales dentro del Ministerio de Cultura, dentro de la repercusión del Decreto, lo más divulgado es su relación con el reggaetón.

El reggaetón nació aproximadamente en el año 2004, y su paternidad no fue exactamente cubana, sino oscilando entre Puerto Rico y la República Dominicana. Sus primeros berridos, porque es difícil llamarle de otra manera, fueron “canciones” tan desafortunadas como “La popola” de Glory o “Se me parte la tuba en dos”, de Elvis Manuel, títulos directamente relacionados con los genitales de ambos sexos. De allá a la fecha, los porcentajes de “canciones” dedicadas a temas que no sean de violencia, sexo banalizado, misoginia y consumo de estupefacientes, me atrevo a decir que no llegan a la centésima parte. Juzgando a partir de su tremenda preocupación por su despliegue sexual, tan publicitado y alardeado, cabría preguntarse si muchos de estos “cantantes” no sufren severas disfunciones sexuales. Podían hacerse algunas menciones, como ciertas creaciones de Wisin y Yandel en sus mejores momentos, como excepciones por ser menos groseras, aunque no lleguen jamás a tener vuelo poético alguno. Aún así, no dejan de excepciones, y desgraciadamente, las excepciones suelen confirmar las reglas.

Podríamos dedicarle páginas enteras de musicología a describir porqué el reggaetón es tan pobre y desastroso, pero se puede resumir en que tiene un único y exclusivo ritmo que varía en su velocidad (agógica), que se basa en la repetición hasta el infinito de estribillos con rimas facilistas. La melodía, cuando está presente (porque está ausente en la mayor parte del reggaetón, que es simplemente hablado) y que la melodía, cuando más, es simplista y acude no pocas veces al plagio. Y esto último es simplemente deprimente para oídos entrenados que recuerdan melodías que 25 ó 30 años antes fueron canciones logradas y de las cuales el “compositor” del reggaetón agarró una frase musical, la única de su “canción”, o incluso la música de dibujos animados cuya vejez los sacó de las pantallas televisivas de Cuba, a veces para desgracia de nuestros niños, que ahora reciben más que nunca los animados Made in USA, con todo lo que representan desde el entretenimiento ligero hasta la deformación de los valores humanos, pero esto es otro tema que merece un estudio aparte.

La mujer en el reggaetón cumple el estricto rol de objeto de deseo sexual. Su pensamiento, sus sueños personales de realización, su capacidad intelectual, no interesan. Sólo interesa si es joven, agraciada según el canon mediático imperante y sensual, muy sensual y dispuesta a adorar a quien la desprecia.

Sin embargo, el reggaetón hace olas en Cuba, hay que admitirlo, tiene aceptación en un sector nada despreciable de la población. ¿Razones? Varias. La primera es que es un ritmo sensual, o digamos más bien que el consenso social generado por sus “compositores” a niveles cuasi-marginales, lo convierte en eso, un ritmo sensual, y la acogida se extiende. Los bailadores del Caribe, crecidos en un ambiente donde la cadencia de cintura y caderas con la música es casi un requisito de desenvolvimiento social, se acogen a él por montones, pues se presta para la cercanía física y el cortejo sin muchos preámbulos de conversación.

Y es que ahí está la cosa: el reggaetón prolifera allí donde no hay mucha conversación, y prolifera más ahora, en la Cuba de ahora, que lo que hubiera proliferado en la Cuba de la década de 1980, o incluso en la terrible de 1990, a lo que los cubanos llamamos “la parte dura del Período Especial”, período que en cierto modo no se ha acabado nunca. ¿Por qué? Pondré mi hipótesis.

En la década de 1990 Cuba se enfrentó, totalmente sola en el mundo, a un cerco económico y financiero sin precedentes en la historia humana, para un país completo. El brutal bloqueo económico impuesto a la Isla por los Estados Unidos desde 1961 con la firma de Kennedy, se convirtió en un doble bloqueo cuando cayó la Unión Soviética gracias a la traición de un sector liderado por Mijaíl Gorbachov. Al tomar el poder un Borís Yeltsin apoyado por un golpe militar con francotiradores sindicados por Occidente, se convirtió en el gobierno más entreguista de la historia rusa, absolutamente genuflexo ante los dictados de Bill Clinton. Rusia dejó de enviarle a Cuba hasta los tornillos, incumpliendo incluso acuerdos firmados con mucha anterioridad, afectándola enormemente, habida cuenta de que más del 90% de la infraestructura fabril y de transporte en Cuba era de manufactura soviética. El objetivo, bien obvio, era ahogarla en la escasez, el hambre y las enfermedades.

Sin embargo, en aquellos terribles años ’90, con apagones de 12 horas y más, con la gente pasando semanas y semanas sin poder comer proteína animal, con un transporte público colapsado y con cuatro millones de personas moviéndose en bicicletas por necesidad imperiosa, la situación del pensamiento era diferente. Además de mantenerse una cohesión ideológica muy fuerte alrededor de la Revolución y de su líder, Cuba traía el impulso cultural y educativo de tres décadas de ascenso económico y social, a pesar de los pesares. Pero sucedía el gran desastre que echó las bases del descenso cultural que vemos hoy: el éxodo de los maestros y profesores del ámbito educativo. Muchos emigraron al exterior, la crisis era espantosa y la emigración pasó, de tener motivos principalmente políticos hasta la década de 1980, a ser una emigración económica como la de cualquier país latinoamericano, del sudeste asiático o africano. Cuba ya no iba en un lento ascenso al desarrollo como hasta 1989, iba en picada por su ausencia de mercados, de inversión y un doble bloqueo económico que la atenazaba. En esa década terrible, el pueblo cubano, negado a rendirse, defendió con uñas y dientes, sus conquistas más preciadas dentro del camino socialista, como aclarara Fidel en un discurso memorable de 1994 con motivo de un evento de solidaridad con la isla acosada, que Cuba en esos instantes no construía el socialismo, sino que defendía las conquistas logradas del socialismo, fundamentalmente aquellas de sistema de salud, educación y de igualdad clasista ante las adversidades.

Los maestros, obligados por las circunstancias y la pérdida casi total del valor real de los salarios, se fueron al turismo, al trabajo privado o por cuenta propia, como se le llama en Cuba o simplemente emigraron. La emigración alcanzó cotas históricas… sin llegar a pesar de todo, a igualar las cifras de otros países latinoamericanos que nutren el mercado de las labores más duras en América del Norte, sobre todo en Estados Unidos. ¿Quién pagó este éxodo? La generación siguiente.

En los años ’90 Cuba, a pesar de aquella profunda crisis económica, traía el impulso, la cantidad de movimiento, para decirlo en términos físicos, de una economía que, al ascender gradualmente, generaba optimismo en el futuro para la población. La gente se sabía pobre, pero no se asumía así para siempre, pues las cosas mejoraban, aunque con lentitud: el bloqueo siempre estuvo, pero Cuba tenía mercados y capacidad de auto-invertir en el desarrollo.

Si queremos un reflejo, está ese renglón tan preciado en la cultura de los cubanos: el deporte. Hacia finales de la década de 1970, Cuba se posicionó deportivamente como primera en los Juegos Centroamericanos y segunda en los Juegos Panamericanos, sólo por detrás de los Estados Unidos y por delante de países mucho más desarrollados como Canadá o populosos como Brasil, Argentina y Colombia, y se mantuvo así hasta la epopeya deportiva de agosto de 1991, en la Habana, cuando por primera y única vez derrotó a Estados Unidos en el medallero dorado.

Fidel con los boxeadores Teófilo Stevenson y Félix Savón, y con el corredor Alberto Juantorena.

Como continuidad, en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92, Cuba cosechaba un espectacular 5to lugar, por delante incluso de España, la sede. Era algo inconcebible para una islita de 10 millones y medio de habitantes, bloqueada y ninguneada por todos los poderes imperiales y en pleno Período Especial. En aquella Habana con tan pocos ómnibus, con los recién introducidos e infernales “camellos” con la gente moviéndose en bicicleta y trabajando al mismo tiempo para el Estado y en sus pequeños negocios privados (muchas veces haciendo “negocios” a desgana, por pura necesidad de supervivencia), la gente celebraba las medallas de los cubanos en Barcelona como si se hubiera derrotado al imperialismo en el campo de batalla… Y es que se le estaba derrotando de alguna manera.

Los “camellos”, nombre popular del Metrobús habanero, y las bicicletas, marcaron el carácter del transporte en la Habana, capital cubana, por muchos años, a causa de la prolongada crisis del Período Especial, causado en primerísimo lugar por el cerco impuesto a Cuba por el Imperio Fascista Norteamericano.

Entonces, los hijos de los que hicieron la Revolución, éramos adolescentes o jóvenes, y nos quejábamos de las terribles escaseces, del hambre, si bien nunca hambruna, de los apagones y de los meses comiendo arroz con col y huevo frito o hervido dos veces a la semana. Hoy, los hijos de mi generación, quizás los nietos de la Revolución, son ya jóvenes adultos. Han pasado más de 25 años del inicio oficial del Período Especial, es decir, ha pasado una generación completa, que al decir de algunos expertos, es la edad promedio en que madres y padres (más bien las madres) tienen su primer descendiente. En esta generación completa, Cuba, a pesar de las inversiones en el turismo, ha sufrido de manera continuada los avatares de un bloqueo que no ha hecho más que recrudecerse con leyes accesorias como la Torricelli y la Helms Burton, esta última convirtiendo al bloqueo en Ley autónoma, por sí misma, lo que obliga a votaciones en el Congreso estadounidense para poder derogarla, algún día que no vislumbramos cercano. A los efectos del bloqueo se han sumado los crecientes problemas internos de corrupción y aburguesamiento de algunos dirigentes, sobre todo a niveles intermedios muy perceptibles. Y si en el capitalismo esa corrupción es la esencia misma del sistema, en Cuba, que pugna por tomar el camino socialista, son un mal que no ha sido combatido con todo el vigor que se necesita. El pueblo, con ese instinto infalible de las prioridades a mediano plazo, ha sido tolerante para elegir el mal menor, entre seguir resistiendo con esos lastres internos, difíciles de quitar como óxido de un hierro de mala calidad que debe ser renovado, o someterse totalmente ante el fascismo mal encubierto que significaría la rendición de la Revolución ante sus enemigos.

Volviendo al tema educativo y cultural: muchos de los que ahora son jóvenes adultos, hijos de mi generación, desgraciadamente no tuvieron, en razón del éxodo terrible del personal educativo, los maestros y profesores que tuvimos los que hoy tenemos entre 45 y 50 años. No han abundado, como en mi época, los profesores de Historia que nos contaban apasionadamente la resistencia hasta la muerte de Sagunto o de Cartago frente a las legiones romanas, el heroísmo y martirologio de la Comuna de París, o los heroísmos en masa del Ejército Rojo contra los nazis, hasta la toma de Berlín. No han abundado los profesores con el gusto artístico para guiar a los niños y sobre todo a los adolescentes a degustar el arte profundo, el que hace vibrar con una gama de sensaciones y una riqueza basada en un legado artístico acumulado durante décadas o siglos. La divisa ha sido la supervivencia, y hasta los padres más preclaros han tenido que descuidar el tiempo dedicado a los hijos, en razón de luchar por la economía familiar, afectada por una crisis permanente, de la cual el bloqueo cumple un buen 80%, en una aproximación muy subjetiva de quien esto escribe, dejando un no despreciable 20% a los múltiples problemas internos. Y de estos problemas internos, a su vez, una parte la lleva sin dudas la carencia de conciencia social y de clase que tienen los pueblos que arrastran un historial no sólo de capitalismo, sino de sometimiento a potencias a las que los incautos y los ignorantes admiran por su esplendor, desconociendo que ese esplendor se debe al saqueo de las naciones pobres, saqueo que causa su propia pobreza nunca bien comprendida. Porque al final, los funcionarios también salen del pueblo, y cuando funcionan bajo el egoísmo y la inconciencia, se han olvidado de dónde salieron.

El gusto artístico es parte de todo este descenso, y el reggaetón es su expresión más masiva y deprimente. En un país donde la recreación está muy limitada por la falta de recursos y de lugares con condiciones más o menos adecuadas para la diversión, la música, que va en las raíces culturales y se inculca en la gente junto con el baile desde la niñez, es quizás la principal válvula de escape. Y si esa música va unida a la sensualidad, que nos lleva a algo tan vital como el sexo y ojalá al amor, pues resulta fácil conquistar a mucha gente que, desgraciadamente, no ha tenido acceso a un nivel educativo como el que tuvimos sus padres con una Revolución en ascenso. Cuba resiste, y el imperialismo cultural, banalizador de todo, apuesta también, aunque parezca absurdo, al reggaetón y a todo lo que resulte banal, idiotizante y que divida a la gente, la atomice sin remedio para poderle dar el golpe de gracia a la Revolución Cubana, la Sagunto de esta Era Postmoderna de oscurantismo mediático con lentejuelas de alta tecnología.

La afición por el reggaetón como expresión pseudo-artística, refleja en Cuba la realidad de una juventud que aún tiene un núcleo de bondad y de altruismo, heredado por educación de sus padres, pero que no tiene en igual medida los instrumentos mentales conscientes para defenderse de la manipulación y la banalización. Esos instrumentos, aunque no muy especializados, sí los recibimos hasta cierto punto en la generación anterior, que vivimos en nuestra infancia una época más luminosa de la modernidad, con más esperanzas. Y la esencia del reggaetón, cuyos principales cultores se aglomeran entre Puerto Rico y Miami, son la misoginia, la homofobia (sobre todo contra el homosexual masculino) y la cosificación de la mujer como objeto sexual. El reggaetón es regresión, involución tanto artística como de pensamiento. No considero que una mujer bailando reggaetón esté prostituyéndose ni nada parecido por mover las caderas con una cadencia sensual, pero sería bueno que esa misma mujer fuera capaz de rechazar con indignación y asco la letra de la “canción” que está bailando, y quizás desde ese instante rechazaría al “artista” que difunde ese engendro, y buscaría opciones más válidas y profundas de música y de arte en general. La mujer que baila a sabiendas una canción de reggaetón que grita su misoginia y su desprecio por la mujer, convirtiéndola en puro objeto de deseo sin cerebro ni pensamiento, ni filosofía personal ni sueños de realización, en cierto modo sanciona y asiente esa reducción de su calidad humana.

Peor aún, cuando cierto “arte” relacionado con la reducción del sexo a instrumento comercial, se impone en el ambiente infantil, se está coartando el desarrollo mental de los niños y llevándolos por un camino que no aporta a su formación como mujeres y hombres de bien, altruistas, capaces de ser personas solidarias y útiles en el futuro. Es quizás lo más alarmante del reggaetón: los niños bailando en posiciones sexuales a instancias de sus padres machistas, divertidos con la agresividad sexual de seres que aún no tienen la madurez física ni psíquica para tales menesteres, quitándoles esa pureza de la infancia que permite su crecimiento espiritual para el futuro.

El cortejo explícito que llevan bailes con un alto contenido sexual como el reggaetón, son para adultos que tienen ya las condiciones tanto físicas como psicológicas para comprender lo que están haciendo y sus implicaciones. Su introducción en las fiestas infantiles es imperdonable.

El “famoso” Decreto 349, tan demonizado mediáticamente fuera de Cuba, trabaja por esa defensa, con uñas y dientes, de lo que no es banal, de evitar que los contenidos de misoginia, homofobia, machismo neandertal y violencia se enseñoreen del ámbito cultural y artístico, y es más que válido ante la arremetida imperial que, como antes se hizo contra la Unión Soviética, quieren rendirnos a través de nuestras mentalidades. Dijo Fidel una vez, y lo pondré según lo recuerdo y no textualmente: lo que no ha logrado ni logrará nunca el imperialismo, de aniquilar a la Revolución, nosotros mismos podríamos hacerlo, si no estamos prevenidos permanentemente, y añado yo: si no estamos incluso mentalmente entrenados para resistir los múltiples mecanismos de manipulación de la conciencia que nos lanzan encima como un tsunami deformador, atomizador de nuestras sociedades.

Otro ejemplo de los efectos beneficiosos del Decreto ha sido lo sucedido en la última Feria Internacional del Libro de la Habana, con sede principal en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña. En la Feria, se presentó y sometió a la venta un libro titulado: Cien razones para ser machista, del escritor español José Antonio Solís Miranda. Estuvo a la venta durante tres largos días, hasta que finalmente, las protestas de buena parte del público, hicieron que fuera retirado, precisamente en virtud del Decreto 349. En las publicaciones online de Cuba, como La Jiribilla, no se hicieron esperar las protestas de los neandertales ante el retiro de la desafortunada “obra”, que acudieron al eterno mecanismo de la “libertad de expresión” entendida de manera burguesa y egoísta, a despecho de la dignidad de las mayorías, y no solamente de las mujeres, sino de todos los que defendemos la igualdad de todos ante la vida.

Como consecuencia, realmente deseable, el reggaetón ha disminuido mucho su presencia en los medios de difusión masiva de Cuba, sobre todo en la televisión, aunque siguen existiendo programas donde se difunden algunas de las canciones más escuchadas en el ámbito caribeño, sobre todo ese ámbito en relación con el estado norteamericano de la Florida, adonde van a parar la mayor parte de los “cultores” del “género”, al parecer recibido con los brazos abiertos por el ambiente que allí impera bajo la égida de las mafias cubano-yanquis, subvencionadas para intentar, inútilmente, liquidar a la Revolución. Estas tendencias de juntarse el daño y la idiotez no suelen ser casuales.

Sin embargo, de regreso en Cuba, falta mucho por hacer: se necesita en Cuba de una cultura del respeto a las leyes que no se favorece con una Policía Nacional Revolucionaria que no tiene claridad acerca de qué proteger o qué reprimir en lo referido a música, ruidos y determinados niveles de violencia y actividades que de groseras pasan a ser grotescas, sobre todo cuando hay reguetoneros involucrados. La violación de los horarios de silencio y sueño en las calles y barrios, la imposición de transeúntes a otros ciudadanos, de su “música” a todo volumen en aparatos portátiles incluso dentro de los medios de transporte y su actitud antisocial y violenta, son cosas que no sólo están afectando a la ciudadanía, sino que van en ascenso, en la percepción del autor de este artículo, y las autoridades están muy lejos de cumplir con su deber, pues como parte del pueblo mismo, sufren también sus carencias culturales, aumentadas en esta última generación.

No obstante, se vislumbra la luz, y el sistema educativo comienza a recuperarse lentamente, los salarios de maestros y profesores deben comenzar a valer un poco más, si se lleva a cabo una acertada política de precios y de salarios; y también si los aliados estratégicos nos ayudan a comerciar y a deshacernos del cerco casi absoluto que nos quiere imponer la administración fascista de Donald Trump. A esa luz hay que ir, unidos, hombres y mujeres, rechazando todo lo que nos idiotice y nos divida frente a los durísimos retos que tenemos delante.

Karel Cantelar

Redacción Revista La Comuna Cuba

Nota del autor:

Este artículo ha sido redactado por alguien que vivió el momento más duro del Período Especial y se fundamenta por tanto desde esta perspectiva.

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