La industria humanitaria (I): Amnistía Internacional

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La industria humanitaria (I): Amnistía Internacional

Recuerdo haber oído una anécdota sobre una conocida política italiana de izquierdas, muy implicada con la invasión estadounidense de Afganistán, que escribió una misiva a una compañera, en la que destacaba los logros que la invasión de la OTAN había producido en temas de igualdad de género. Se refería concretamente a la imposición talibán que obligaba a la mujer a caminar varios pasos por detrás del hombre para no oír sus pasos que, gracias a la intervención militar occidental, había dado lugar a la situación inversa: ahora eran las mujeres las que iban por delante de los hombres, algo que esta política radical consideraba inequívocamente como un síntoma de que las cosas estaban cambiando decididamente a mejor en el país asiático. La respuesta de su compañera es lo que hoy llamaríamos un zas en toda la boca: si las mujeres marchaban ahora por delante de los hombres cuando caminaban, sobre todo en las zonas rurales, no tenía nada que ver con los derechos humanos, solo era ¡por si pisaban minas antipersona enterradas en los caminos!

Así son los efectos de la intervenciones militares norteamericanas, jamás traen nada bueno. Ni por equivocación. Es algo que es bien fácil de comprobar de manera empírica. Desgraciadamente, las invasiones protagonizadas por Estados Unidos han sido muchas en nuestra historia contemporánea como para poder inferir algunas conclusiones definitivas. Sin embargo, para Amnistía Internacional no habrán sido suficientes, ya que siguen defendiendo que, ocupaciones como las de Afganistán, sirven para traer prosperidad a los países invadidos.

«NATO: keep the progress going»

Ese era el lema de la campaña que Amnesty lanzó en EEUU en 2012, que demandaba a la OTAN que siguiera en la línea de mantener los progresos que estaban logrando en Afganistán. Toda una declaración de intenciones en favor de la injerencia, del imperialismo y del militarismo, impropias de una ONG de derechos humanos.

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Con estas marquesinas, Amnesty International recibió el encuentro que la OTAN celebró en Chicago en 2012. Una labor de hoolligans de la guerra realmente impresentable.

Pero ¿qué podemos esperar de una organización absolutamente imbricada con el establishment norteamericano?

En aquellas fechas, la directora ejecutiva de Amnistía era Suzanne Nossel, una experta en oenegés que había ejercido funciones de asesora en el Departamento de Estado con Hillary Clinton. A Nossel muchos le atribuyen el concepto de “smart power” o poder inteligente. Sea o no así, sí que se ha mostrado como una defensora pública de su aplicación en la política exterior norteamericana. En sus propias palabras, este es el significado de poder inteligente, según manifestó en una entrevista concedida al Consejo de Relaciones Exteriores norteamericano:

“(el poder inteligente) es combinar el poder duro, la fuerza militar, la coerción con lo que se ha llamado poder blando; la diplomacia, el atractivo de la cultura estadounidense, su gente, los lazos económicos, y ver esos dos elementos no como alternativas en un sentido u otro, sino más bien como elementos complementarios y elementos del poder de los Estados Unidos que deben aplicarse en forma concertada. (…)”

Creo que el texto lo dice todo, Suzanne Nossel es una ardiente defensora de los derechos humanos a bombazos al más puro estilo demócrata norteamericano, que el establisment situó en la cúpula de la principal ONG humanitaria del mundo.

Pero no es la única conexión entre Amnistía y la política exterior gubernamental norteamericana. El recientemente fallecido Zbigniev Brzezinski, miembro del equipo directivo de A.I. trabajó para el Departamento de Estado con Johnson de presidente, como Asesor de Seguridad Nacional con Carter y fue el poder en la sombra en temas de geopolítica bajo el gobierno de Obama.

Ahora, seguro que la campaña en favor de la OTAN de Amnesty ya no nos debería extrañar tanto ¿verdad? Como tampoco deberían hacerlo las acciones de la organización en contra de Siria, Libia e Irán, perfectamente coordinadas con el gobierno de Estados Unidos y con la práctica de la injerencia humanitaria que el imperio ha puesto en marcha durante los últimos años. Da la sensación de que Amnistía (y otras oenegés) preparan con sus informes y denuncias el camino a las acciones del poder duro, el poder militar norteamericano.

Los padres fundadores

Las dos personas que crearon Amnistía fueron Peter Benenson y Luis Kutner en Londres en 1961, junto con un pequeño grupo de abogados. ¿Quiénes eran estas almas tan altruistas y solidarias?

Peter James Henry Solomon, el nombre de pila original de Peter Benenson, nació en Londres en el seno de una familia judía. Hijo de militar, de filiación profundamente anticomunista, era una persona muy cercana al Ministerio de Asuntos Exteriores británico, el famoso Foreign Office y a la Oficina Colonial. Durante la II Guerra Mundial trabajó para la inteligencia militar de su graciosa majestad, de hecho, es muy probable que jamás dejara de hacerlo en toda su vida. En los primeros años de vida de la organización, los listados de defensores de derechos humanos en las colonias británicas fluían desde Amnistía al gobierno de la metrópoli con toda normalidad. Dos años después de su fundación, en 1963, el Foreign Office pidió en una circular apoyo «discreto» del gobierno a Amnistía para no dañar su credibilidad y exculpaba totalmente a la dirección de la ONG de las acciones que podrían cometer en su relación con ellos, «algunas de las cuales nos podrían avergonzar de vez en cuando». Todo muy edificante.

Pero eso no es todo, a su colega cofundador, el norteamericano Luis Kutner, premio Nobel de la Paz, se le relaciona con la delación al FBI del líder de los Panteras Negras de Illinois, Fred Hampton, que fue asesinado días más tarde en una operación de la policía de Chicago y el propio FBI. Dos angelitos…

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¿Cómo se financia Amnistía Internacional?

En la página web de la asociación en castellano, concretamente en la sección “Hazte socio/a” donde se llama a la afiliación individual, puede leerse un texto que solicita la participación como forma de mantener su supuesta sacrosanta independencia:

“Tu ayuda hace posible que podamos renunciar a subvenciones de gobiernos y partidos políticos, porque nuestra independencia está por encima de todo. Es gracias a personas como tú que nos apoyáis económicamente por lo que podemos denunciar sin presiones cualquier violación de los derechos humanos. Gracias por creer en un mundo más justo.”

Sin embargo, aunque cuesta mucho más encontrarlo, sí que en las memorias económicas globales, dentro del repositorio general de archivos de la asociación, podemos encontrar información bastante interesante.

Los directores se complacen en agradecer el apoyo de la Fundación John D. y Catherine T. MacArthur, la Fundación Oak, la Fundación Open Society de Georgia, el Programa de donaciones caritativas Vanguard, Mauro Tunes y American Jewish World Service. El Departamento de Desarrollo Internacional del Reino Unido (Fondo de Gobernanza y Transparencia) continuó financiando un proyecto de educación sobre derechos humanos de cuatro años en África. La Comisión Europea (EuropeAid) otorgó generosamente una subvención plurianual para el trabajo de educación en derechos humanos de Amnistía Internacional en Europa.

No puede negarse que el plantel de donantes de A.I. es bien jugoso. Se puede observar que es falso que no reciban ayudas de estados, ya que la Comisión Europea (el órgano de gobierno de la UE) aparece como «generoso» donante, junto con el Reino Unido. Pero no es lo peor que se desprende del listado de agradecimientos del programa de recaudación de fondos de Amnistía en 2010. Con diferencia, la aparición de la Open Society de George Soros es la más significativa. Para quien no lo conozca, Soros es una de las personas más ricas del mundo, famoso por ser el inversor financiero —o mejor, el especulador— responsable del hundimiento de la libra esterlina en 1992 y de la quiebra del Banco de Inglaterra, para embolsarse personalmente una cantidad cercana a los mil millones de dólares.

George Soros

A pesar de que muchos lo conocen con el sobrenombre de Estrella de la Muerte, otros suelen considerarlo como un gran filántropo por sus múltiples donaciones a determinadas causas y determinados grupos políticos. Obseso anticomunista, se define como un «fundamentalista de mercado» y seguidor del concepto de Sociedad Abierta definida por Henri Bergson, por eso su fundación principal lleva el nombre de Open Society, como aparece reflejado en el informe de Amnesty.

Quien critica a Soros se gana rápidamente el calificativo de conspiranoico y es condenado a la irrelevancia mediática, no en vano sus fondos de inversión se dirigen en muchas ocasiones a medios de comunicación de masas (incluida a nuestra querida PRISA) que forman opinión, pero es indudable que las subvenciones filantrópicas del magnate no son inocentes, ya que mantienen el marcado sesgo ideológico del donante, tal y como reconocen documentos internos de la Open Society publicados por hackers en la filtración conocida con el nombre de DCLEAKS:

“(…) estamos en el negocio de transferir dinero a países con fines politicos.”

No se puede ser más claro. La mano de Soros está abiertamente detrás de operaciones de desestabilización social y política en todo el mundo, como la del Euromaidan en Ucrania, que acabó con un golpe de estado que impuso un gobierno fascista y una guerra civil que aún perdura. Pero también, de manera menos patente, en otras revoluciones de colores en Europa del este —principalmente en los países que estuvieron en la órbita soviética— y en las mal llamadas primaveras árabes. Es precisamente ahí donde mejor se observa la confluencia de intereses, o quizá la subordinación, de estas ONGs de la industria humanitaria a los objetivos de Soros… y a los de la Casa Blanca. Las oenegés domesticadas conformarían los batallones humanitarios que, junto a los mediáticos, harían el trabajo previo, la ingeniería social, la generación del consenso, anteriores al envío de ejércitos —propios o de mercenarios— como fase final y decisiva de las agresiones de cuarta generación.

Este siniestro personaje, aunque a veces fanfarronee más de la cuenta sobre su poder y su capacidad de modelar el mundo, no es un cualquiera, se pasea alegremente por las sedes de las presidencias de medio planeta, incluido el Palacio de la Moncloa, y asiste asiduamente a las reuniones y clubes semisecretos en las que los poderosos tratan de trazar las líneas futuras generales de la política y la economía mundiales.

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Tweet del 16 de Febrero de 2019 de Josep Borrell, Ministro de Asuntos Exteriores del Estado Español

Ejemplos de manipulación masiva de Amnistía

Hay múltiples casos en los que Amnesty ha quedado al descubierto como lo que es: un brazo más del Departamento de Estado norteamericano, diseñado para llegar donde no llegan ni políticos ni informadores. Son fórmulas de segmentación de público propias de las disciplinas del marketing y muy ampliamente utilizadas. Con ese manto protector, es fácil comprender por qué sus meteduras de pata apenas si llegan a la opinión pública y no se han insertado como hubiera sido de esperar en las corrientes de pensamiento colectivo.

El más grave de todos los «errores» de Amnistía, por las repercusiones que tuvo en vidas humanas, fue el orquestado para justificar la primera invasión norteamericana de Irak. Corría el año 1991, Sadam Hussein había invadido Kuwait. Amnistía denuncia que las tropas iraquíes entraron en hospitales del petroestado y sacaron a los niños neonatos de las incubadoras para dejarlos morir. Una pequeña, testigo de los hechos, sube al estrado en la sede del gobierno norteamericano y, entre lágrimas, cuenta lo sucedido. El escándalo mundial es supino. El senado norteamericano vota, por muy poca diferencia, entrar en guerra. Varios senadores afirman que el informe de Amnistía les hizo cambiar de opinión y apoyar la guerra. El resultado es de sobra conocido: 250.000 muertos directos y 1.500.000 por el embargo posterior. Pues bien, al poco se supo que el caso de las incubadoras fue un montaje orquestado con el apoyo de una empresa de comunicación norteamericana (Hill & Knowlton) y, posteriormente verificado como cierto y amplificado por Amnistía Internacional USA. La famosa niña no era testigo de nada, era la hija del embajador kuwaití en EEUU, que había hecho el papel de su vida, mientras que la ONG hizo el mayor papelón de su historia.

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Otras veces, el ardor guerrero de los campeones mundiales del humanitarismo es tal, que se pasan de frenada en los ataques a los países contrarios a las políticas de EEUU y son los propios organismos multinacionales los que tienen que callar a Amnistía. Eso sucedió en 2010, cuando la mismísima Organización Mundial de la Salud, tuvo que enmendarle la plana a uno de esos informes de A.I. —siempre tan rigurosos, serios, imparciales y verificados— contra Corea del Norte. La denuncia de Amnistía era de esas que tienen mucha chicha mediática para tocar el lado sensible de la opinión pública. En Corea del Norte la situación médica era tan horrible que había que amputar miembros sin anestesia y operar a la luz de las velas… o al menos eso le habían contado los desertores con los que habían contactado (todo un clásico en las fuentes de esta oenegé). La directora de la OMS, por el contrario, que había visitado poco antes el país, dijo textualmente que el sistema sanitario coreano era «la envidia de muchos países desarrollados».

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Corre el año 2011. EEUU y la OTAN se disponen a acabar con la revolución Libia para robarles los beneficios del petróleo, que su población recibe generosamente de su gobierno, convirtiendo al país en el más próspero socialmente de toda África, según reconoce la propia ONU. Las denuncias de los estados y sus medios de comunicación afines en occidente y en el Golfo Pérsico, machacan al gobierno de Gadafi por asesinar impunemente a los manifestantes demandando democracia y mejores condiciones de vida. Amnistía, una vez más, toma partido por el eje de la guerra y denuncia supuestos crímenes de lesa humanidad. Nadie puede resistir la presión y arriesgarse a sufrir las críticas por defender a un monstruo como Gadafi. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas autoriza una zona de exclusión aérea, usada ilegalmente para derrocar al gobierno de la Yamahiriya. El país es destruido en su totalidad. Los islamistas toman el poder, como habían previsto los organizadores extranjeros de las primavera árabes. Al final todos, incluso los agresores, reconocen que los supuestos bombardeos de manifestantes eran una invención y que los demandantes de democracia eran terroristas islámicos. ¿Ha pedido perdón Amnistía?

Podríamos seguir poniendo muchos ejemplos en otros conflictos recientes. En Siria reconocieron usar para sus informes únicamente los testimonios de las ONGs creadas por la inteligencia occidental en Reino Unido, Turquía… para justificar la agresión extranjera contra el pueblo de aquel país. Podríamos citar también el caso venezolano, o el de Palestina, donde suelen equiparar a víctimas con verdugos; pero este escrito se haría interminable. No obstante, a veces sí que realizan su trabajo de la manera esperable, es absolutamente necesario para que no pierdan la credibilidad que necesitan para poder armar sus campañas de propaganda cuando les son requeridas. Pero es un hecho constatado de que han estado y están bajo los designios de la política exterior norteamericana y británica y que son una verdadera vergüenza por traficar con los mejores sentimientos de solidaridad e internacionalismo de sus socios y socias y de todas aquellas personas que les creen o, de alguna manera, les apoyan.

JuanLu González biTs RojiVerdes.

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