Al Andalus, la herida que sangra

Al Andalus
Pintura andalusí, se estima que fechada en el siglo XIII y representa probablemente a dos mujeres bereberes.

Al Andalus, la herida que sangra. Significado y actualidad del relato Andalusí para la construcción nacional de Andalucía y el Estado Español.

Quizá, España, o más bien el Estado español, ha sido incapaz de crear una identidad progresista, entre otras muchas razones, porque ha sido incapaz de reconciliarse o aceptar parte de su pasado; quizá, no lo podemos demostrar aquí y ahora, al no aceptarse el periodo andalusí como algo propio y sí como algo ajeno que se impuso desde fuera por la fuerza, lo que hoy conocemos como España sea radicalmente incapaz de construir esa identidad progresista.

España, haciendo un apabullante resumen concentrado, como proyecto nacional es un proyecto clasista de una gran oligarquía, de latifundistas castellanos y andaluces, de industriales y financieros vascos, asturianos, catalanes y madrileños que construyeron a partir de la Restauración borbónica.

Conviene dejarlo claro desde el principio, todo proyecto nacional en última instancia es un proyecto de clase. España, haciendo un apabullante resumen concentrado, como proyecto nacional es un proyecto clasista de una gran oligarquía, de latifundistas castellanos y andaluces, de industriales y financieros vascos, asturianos, catalanes y madrileños que construyeron a partir de la Restauración borbónica (1874-1931) al Estado español que hoy conocemos. Por supuesto, España, incluso como Estado, existía desde antes. Los Reyes Católicos ya dejaron claro que en su Reino solo podía haber una sola lengua –la castellana- y una sola religión –la católica- , así nacía la España como “unidad de destino en lo universal”. El desarrollo del modo de producción capitalista y la consiguiente lucha de clases propia del mismo haría que la gran oligarquía justificara su proyecto nacional en esa única lengua y en esa única religión su definición de España y lo español que perdura hasta hoy y que, cuidado, con todos los matices que sean necesarios hacer y con todas las explicaciones que se tengan que dar, es transversal, es decir, es asumido por diferentes actores políticos. En muy pocas ocasiones las fracciones burguesas que han compuesto –y que actualmente componen- la oligarquía imperialista española se han preocupado por una hegemonía seductora y no basada exclusivamente en la coerción y la fuerza. Salvo excepciones, su idea de España y de lo español ha sido impuesta por la violencia a las fracciones burguesas no dominantes y subalternas, y por supuesto, a la clase obrera; mucho palo y poca zanahoria.

Salvo excepciones, su idea de España y de lo español ha sido impuesta por la violencia a las fracciones burguesas no dominantes y subalternas, y por supuesto, a la clase obrera; mucho palo y poca zanahoria.

En ese proceso de creación, lo que hoy conocemos por Estado Español ha dejado marcas, heridas, y las ha dejado sin cerrar, abiertas de par en par, por eso, cuando sus intelectuales orgánicos menos lo esperan, hay una hemorragia, un desangrado que viene a cuestionar esas esencias inmutables con las que han construido históricamente España y lo español.

Al Andalus es una de esas heridas, y por muchos siglos que hayan pasado, sigue sangrando.
Andalus
La llamada “reconquista”.

 

Y en esto llegó Emilio González Ferrín…

“Cuando fuimos árabes: la posverdad de Al Andalus”, así titulaba El País el artículo de reseña del último libro del islamólogo Emilio González Ferrín, dejando claro directamente que en ese libro se va a contar una mentira, sin paños calientes. Con Historia General de Al Andalus (2006), González Ferrín abría la caja de los truenos poniendo en duda que en el año 711 se produjera una invasión árabe-islámica de la Península Ibérica. Pero no solo eso, Ferrín afirmaba que el primer Renacimiento europeo no tuvo lugar en Italia, sino en Al Andalus y en lengua árabe. Vayamos por partes. González Ferrín no inventa nada o al menos no dice algo que no se hubiera dicho antes. El cuestionamiento de una rápida invasión árabe-islámica junto con un desmoronamiento de la monarquía visigoda, viene de lejos.

Blas Infante, el Padre de la Patria Andaluza, en su libro La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía (1931) afirmaba lo siguiente: “Triunfa la reacción, y Cristo germanizado (clave esta fórmula de la historia medieval), vuelve a reinar con Rodrigo. Por poco tiempo. ¿Qué hacer? Andalucía es la Cava. La Cava, la mala mujer, es el símbolo de Andalucía, profanada por la barbarie. Legiones raudas y generosas corren el litoral africano predicando la Unidad de Dios. El “Arroyo grande” que dijo Abu-Bekr, las separa de Andalucía…Esta les llama. Ellos recelan. Vienen: reconocen la tierra y encuentran a un pueblo culto atropellado, ansioso de liberación. Acude entonces Tarik (¡ 14.000 hombres solamente !) Pero Andalucía se levanta en su favor. Antes de un año, con el solo refuerzo de Muza, (20.000 hombres), puede llegar a operarse por esta causa la conquista de España. Concluye el régimen feudalista germano. Hay libertad cultural. Andalucía entera aprende el árabe y dice que se convierte. Poco después, Andalucía, ¡Andalucía libre y hegemónica del resto peninsular! ¡Lámpara única encendida en la noche del medievo, al decir de la lejana poetisa sajona Howsrita!”.

También el que fuera presidente de la República, Manuel Azaña, mostraría sus dudas en su conocida obra La velada en Benicarló. Diálogo de la guerra de España (1937). En realidad, en la historiografía española ha existido una minoría que ha relativizado la cuestión de una rápida invasión árabe-musulmana como una explicación más plausible ante una invasión tan rápida y un no menos rápido desmoronamiento de la monarquía visigoda.

Pero sin duda el antecedente más inmediato de Emilio González Ferrín es el controvertido Ignacio Olagüe y La Revolución Islámica en Occidente (1974). Ignacio Olagüe Videla (San Sebastián 12-02-1903, Játiva 10-03-1974) fue un paleontólogo e historiador fascista, militante de la Falange española de las JONS que con su libro publicado por primera vez en Francia en 1969 pero con el título Les arabes n’ont pas envahi l’Espagne (Los árabes no invadieron España) comenzaría con lo que la historiografía española suele llamar como “negacionismo de la invasión árabe”, con toda la carga que las palabras “negacionismo” y ”negacionista” poseen, nada inocente, nada casual. Según muchos autores críticos con las tesis de Olagüe, éste lo que pretendía, guiado por su ideología fascista y racista, era negar una invasión árabe-islámica con el fin de afirmar una pureza racial española, sin embargo, si esa fue de verdad la intención de Olagüe no tenemos más remedio que afirmar, como se suele decir popularmente, que se pegó un tiro en el pie. En primer lugar, porque en su larga obra no encontramos ni una sola referencia explícita a una intención política, como por otro lado, hubiera sido lo propio en un fascista declarado y militante; y en segundo lugar, porque con su teoría Olagüe, por supuesto sin pretenderlo, lanzaba un torpedo en la línea de flotación del nacionalismo español y del relato fundamental de España: una conquista árabe-islámica –una catástrofe “nacional”- que fue contestada con una reconquista cristiana descrita como una lucha de “liberación nacional” o una “cruzada”, término que se rescataría por el fascismo para hacer referencia a la Guerra Civil española.

“El colapso de la monarquía visigoda, a principios del siglo VIII, tuvo lugar por causas internas dando lugar a una guerra civil entre los partidarios de Rodrigo y los de Vitiza y a un período de caos que facilitó una lenta expansión del islam –que habría encontrado en el caldo de cultivo arriano un acicate- y de la lengua árabe que tendría su punto álgido a mediados del siglo IX. Abderramán I no habría sido por tanto un omeya errante por el Mediterráneo que recaló en la Península Ibérica (Almuñécar), sino un autóctono, probablemente visigodo, próximo a las tesis arrianas.”

¿En qué se basaba Olagüe? En primer lugar en la imposibilidad de que los árabes –o mejor dicho, a quienes se ha venido designando como tales- pudieran tener el poder suficiente para derrotar a tantos pueblos en tan poco tiempo. A su vez, Olagüe argumentaba que el arrianismo no había desparecido con la conversión de Recaredo (587) al cristianismo trinitario. El colapso de la monarquía visigoda, a principios del siglo VIII, tuvo lugar por causas internas dando lugar a una guerra civil entre los partidarios de Rodrigo y los de Vitiza y a un período de caos que facilitó una lenta expansión del islam –que habría encontrado en el caldo de cultivo arriano un acicate- y de la lengua árabe que tendría su punto álgido a mediados del siglo IX. Abderramán I no habría sido por tanto un omeya errante por el Mediterráneo que recaló en la Península Ibérica (Almuñécar), sino un autóctono, probablemente visigodo, próximo a las tesis arrianas. Que los procedimientos historiológicos eran cuestionables o que directamente errase en determinadas cuestiones no quita que Olagüe dejara un poso, una duda razonable que se ha ido deslizando y que se ha tratado de combatir recurrentemente desde la historiografía española con altas dosis de violencia e ideología. Resulta curioso que para ser tan disparatadas las teorías de Olagüe haya sido tan contestado y discutido por tantos autores, ¿por qué perder el tiempo en rebatir esa impostura histórica? La respuesta dada por varios académicos es –no es broma- que hay que hacer frente a todas las “teorías de la conspiración” que circulan por internet, entre ellas, la no invasión árabe-musulmana de la Península Ibérica. Este mismo propósito contra conspiranoico guiará también las réplicas a la obra de Emilio González Ferrín.

Si con Olagüe la historiografía oficial lo tenía fácil, con Ferrín el ejercicio de rebatir se complica y no solo porque Ferrín arme su teoría con más prudencia, atino y argumentos que Olagüe, sino porque ha abierto un debate del que ya le es difícil escapar a la historiografía oficial. Quizá por eso, las reacciones son más furibundas si cabe, destacando entre ellas la del profesor de la Universidad de Huelva, Alejandro García Sanjuan que, a pesar de su innegable erudición, se instala en una crítica ad hominem que desbarata toda posibilidad de un debate sano. Porque Ferrín lo que hace es pura y simplemente ofrecer un catálogo de dudas razonables, eso sí, no acompañadas de hipótesis alternativas, que golpean duramente las lecturas presentistas e inducidas, especialmente en el tratamiento de las fuentes, de la expansión del fenómeno del islam en el Mediterráneo que es de lo que realmente estamos hablando.

“En mi opinión, plantear la expansión del islam por conquista, y en particular el nacimiento de al-Andalus, es una simplificación presentista en el sentido de que alimenta literariamente el claro enfrentamiento al islam que irá consolidándose con el tiempo, sirviendo, de hecho, para gran parte de las narraciones históricas medievales.”(…)

Ferrín no se cansa de advertirnos: no hay explicaciones simples a hechos complejos. De ahí que afirme: “En mi opinión, plantear la expansión del islam por conquista, y en particular el nacimiento de al-Andalus, es una simplificación presentista en el sentido de que alimenta literariamente el claro enfrentamiento al islam que irá consolidándose con el tiempo, sirviendo, de hecho, para gran parte de las narraciones históricas medievales. Los testimonios con que contamos permiten hacer lecturas transversales, mucho más enriquecedoras que el apuntalamiento de historias oficiales herederas de ideologías. Siempre digo que narrar la historia es como realizar la fotografía de un caballo al galope, con el fotógrafo montado en otro caballo en pleno galope: dos movimientos en disonancia, el del tiempo pasado y el del presente, que el historiador no puede fijar, siendo el miedo y la cautela más recomendables que la soberbia. Miedo a que salga la fotografía movida, no a la autoridad o la antipatía ajenas. A la incertidumbre, la inseguridad en una búsqueda que es siempre prospección, no visita guiada. La vana pretensión de poner las cosas en su sitio –con lo que les gusta a las cosas estar en permanente movimiento– siempre estará condenada por el natural avance de nuestros modos de conocimiento: darle vueltas a las cosas.”.

En definitiva, para Ferrín el meollo de la cuestión es el siguiente: El islam no es un fenómeno autoinmune y automóvil que avanza por el Mediterráneo y Oriente Próximo. Tampoco es una herejía de los diversos judeocristianismos de los que hipotéticamente emanaría. Es, simplemente, una opción más, la que acabó teniendo más éxito, en el continuo barajar polidoxo de toda forma religiosa próximo-oriental y mediterránea. Desde ese punto de vista, tan lógico sería deducir que el islam es una herejía del cristianismo o del judaísmo como deducir que el judaísmo o el cristianismo son una herejía del islam, dado que en ninguno de los tres casos se pretende un año cero ajeno a la creación del mundo, y todas se configuran sobre la marcha. Comprendo que la reflexión teológica es la más dura aquí, pero es a lo que me refería con lo de «no hay explicaciones simples para realidades complejas», y quien entienda el surgimiento de los sistemas religiosos como hechos milagrosos –simples– probablemente tendrá muchas más dificultades para seguir haciéndose preguntas sobre el islam temprano. A riesgo de espesar aún más esta parte, debo romper una lanza definitivamente a favor de la complejidad resultante de manejar conceptos ambiguos como islam premahometano, cristianismo unitario o mesianismos islamo-caraítas (judíos), de tanta importancia para la génesis del chiismo. Sólo partiendo de esa compleja ambigüedad se comprenderá la tardía eclosión simplificadora de un sistema religioso –el islam– que acabaría siendo el mínimo común denominador mediterráneo. Pero no tan pronto, no por la fuerza de las armas. Adelantando materia que veremos después, ese islam es más soft-power que hard-power. De ahí la intuición magistral que tuvo Ignacio Olagüe, dentro de su escaso conocimiento de la diversidad religiosa –llamó arriano a todo cristiano no romano y no incluyó al judaísmo en la abierta ambigüedad religiosa de los tiempos–, y de ahí la más que necesaria reivindicación de su obra sobre La revolución islámica de Occidente: sin nombrarlas, barajó hace medio siglo esas ideas de ambigüedad religiosa que la mayor parte de los especialistas siguen sin manejar aún hoy”.

Como aportación personal y anecdótica al debate, recientemente, discutiendo esta cuestión con un estudiante de Historia, tras un pesado -a veces duro- pero fructífero intercambio de mensajes en una conocida red social sobre la no invasión árabe-musulmana, este estudiante finalmente, no sé si por cansancio o por querer cerrar el debate con un obtuso “negacionista” amante de la conspiración, terminó por aludir a una “invasión débil”, todavía hoy me sigo preguntando qué es una “invasión débil” y si venía al caso que nos ocupaba.

Al Andalus, un virus.

“España, como proyecto de Estado-nación se construyó contra Al Andalus y reaccionó contra ella como un virus.”

Sea como fuere, ocurriera lo que ocurriera, Al Andalus fue una realidad histórica, una realidad cultural, social, política y económica que se desarrolló en un espacio territorial en movimiento y durante un tiempo determinado. Al Andalus no fueron tres culturas –una judía, otra musulmana y otra cristina- sino que fue una realidad cultural independientemente a religiones que se expresó en árabe, y menos pero también, en una derivación del latín escrita con caracteres árabes, conocida comúnmente como aljamía.

Cuando el proyecto nacional español trata ese período como un cuerpo extraño, evidencia que jamás ha sido un proyecto integrador. Español es Cervantes o Velázquez, pero no Ibn Rusd (Averroes), Ibn Maymum (Maimónides) o Ibn Hazm. La mezquita de Córdoba o la Alhambra “la hicieron los árabes” o “los musulmanes”, lo hicieron unos extraños que nada tienen que ver con el presente. Como mucho se utiliza el término “hispano musulmán” o “hispano árabe”. España, como proyecto de Estado-nación se construyó contra Al Andalus y reaccionó contra ella como un virus.

Si de verdad, como sostiene Ferrín, el radical rechazo al cuestionamiento de la invasión árabe-musulmana tiene un fondo ideológico, entonces, entenderemos que figuras como la del rondeño Ibn Firnas sean desconocidas. Abbas Ibn Firnas (Ronda, 810-Córdoba 887) fue un científico, químico, filósofo e inventor que en muchos casos adelantó a Leonardo Da Vinci como prototipo humanista, entre otras cosas, también inventó un artilugio para poder volar. Y es que por mucho que se quiera negar u ocultar, Al Andalus fue el caldo de cultivo del llamado Renacimiento europeo, y ese caldo de cultivo se escribió en árabe, por más que pese. Ibn Firnas ha tenido reconocimiento en muchos países árabes como Libia –durante Gaddafi– o Iraq –durante Sadam Hussein-, reconocimientos ausente en su Ronda (Málaga) natal o en la Córdoba donde vivió.

Desde aquellos sectores que apelan a disputar España y sus símbolos a la derecha, deberían explicar por qué en esa disputa no se acuerdan de Al Andalus. Por qué para ellos, la historia de los rabadíes cordobeses, por poner un ejemplo, no merecen ni estudio ni mención. Se cumplen 1200 años de la revuelta protagonizada por los habitantes del arrabal cordobés de Saqunta (rabadíes); en palabras de Manuel Harazem, autor del libro La odisea de los rabadíes (2018), la revuelta que estuvo a punto de costarle el puesto y la vida al emir Al Hakam I, es la primera revuelta clasista documentada en la Penísula Ibérica, pero la izquierda que quiere disputar España y ofrecer otro relato de lo español está instalada en una impostura retorcida de la que no sabe, no puede o no quiere salir. Ni siquiera ahora que están tan de moda los llamados estudios postcoloniales y su encuentro con los feminismos, interesa la figura de Aisha Ibn Al Ahmar, madre del sultán Boabdil y alma de la resistencia granadina contra los Reyes Católicos.

Al Andalus

Al Andalus y Andalucía.

“Si en algún lugar de la Península Al Andalus no es solo un cuerpo extraño sino un elemento constituyente es Andalucía.” ” Aunque la huella morisca se puede encontrar perfectamente fuera de Andalucía, lo cierto es que es aquí donde tiene un elemento constitutivo de identidad cultural e incluso nacional, porque es con la conquista castellana del Al Andalus bético cuando se configura una Andalucía marginada y dependiente, rasgos que hoy forman parte de la formación social andaluza.”

La actual Andalucía no se puede asimilar tal cual a Al Andalus, pero está claro que sin Al Andalus no se puede entender la Andalucía actual. Quizá tampoco otros territorios del Estado español, pero el hecho de haberse dado el principio y el fin de ese período en lo que hoy es Andalucía no se nos puede pasar desapercibido. Por muy importantes que fueran la Zaragoza, el Toledo o la Valencia andalusíes, que lo fueron sin duda alguna, la importancia destacadísima de Córdoba, capital califal, del taifa de Sevilla, o de la Granada nazarí, no admiten mucha discusión. Es más desde esa historiografía española que ha relativizado la invasión árabe-musulmana, siempre se ha argumentado que la Península Ibérica era un terreno abonado para que triunfara esa invasión, destacando entre otros territorios, lo que hoy podemos considerar como Andalucía, un lugar donde el poder visigodo no estuvo del todo consolidado, además de la presencia bizantina durante un siglo, la llamada provincia de Spania, que comprendía gran parte de lo que hoy es Andalucía y parte del Levante.

Lo que hoy conocemos como Andalucía nació del período de conquista de los reinos cristianos iniciado en 1212, con la batalla de las Navas de Tolosa y finalizado con la Toma de Granada, 2 de enero de 1492. Si en algún lugar de la Península Al Andalus no es solo un cuerpo extraño sino un elemento constituyente es Andalucía. Quizá por ese motivo, el esfuerzo por hacer a los andaluces y a las andaluzas extraños a si mismos y mismas haya sido mayor. Sin embargo, la huella morisca –andalusí- sigue ahí, y este reconocimiento no debe dar lugar a esencialismos reduccionistas y ni mucho menos excluyentes.

Insistimos, aunque la huella morisca se puede encontrar perfectamente fuera de Andalucía, lo cierto es que es aquí donde tiene un elemento constitutivo de identidad cultural e incluso nacional, porque es con la conquista castellana del Al Andalus bético cuando se configura una Andalucía marginada y dependiente, rasgos que hoy forman parte de la formación social andaluza.

Contaba el catedrático de origen malagueño José Acosta, primero vinculado al desaparecido PSA (Partido Socialista de Andalucía) y luego a Izquierda Unida, en su libro Andalucía. Reconstrucción de una identidad y lucha contra el centralismo (1978) que durante las guerras coloniales españolas contra Marruecos existía una desconfianza de los altos mandos militares hacia los soldados de origen andaluz (cristianos nuevos, es decir, musulmanes y judíos conversos) por temor a que llegaran a confraternizar con el enemigo (musulmanes); y todo mientras el ya citado Blas Infante visitaba la tumba del que fuera rey de Sevilla, Al Mutamid, en Agmat, al Sur de Marruecos.

Al Andalus
Blas Infante, en Agmat (Marruecos), en la tumba de Al Mutamid (1924).

 

También recuerdo, hace muchos años, haber presenciado a hooligans del Real Madrid (Ultra Sur) en su visita al estadio de La Rosaleda, en Málaga, llamarnos “moros” a las malagueñas y malagueños, aquello en su momento me desconcertó, “¿yo, moro?”, “¿qué dicen?”. Es decir, sin tratar de establecer correspondencias recurrentes o retorcidas, si Al Andalus es un cuerpo extraño para el proyecto nacional español, de alguna manera, Andalucía también lo es, por mucho que se hayan manipulado las señas de identidad andaluzas para que fueran presentadas como la esencia de lo español, lo cierto es que hoy en día esa manipulación no deja de ser un recurso más de la oligarquía española para mantener en la “paz social” a la Andalucía que no aguanta más el paro, la pobreza y la marginación.

El Estado postfranquista español puede permitirse que Al Andalus se mantenga como una herida abierta, pero Andalucía no. El proyecto nacional español, como proyecto excluyente, vive en la esquizofrenia de sobrestimar lo andaluz -la esencia de lo español, o lo universal del flamenco-, pero a la vez lo subestima o lo degrada. Hoy es esa brecha, esa herida, la que debamos de abrir, puede que abriendo esa herida consigamos cerrar la hemorragia andalusí.

Tras la separación, ¿habrá medio de unirnos?…

Tras la separación, ¿habrá medio de unirnos? ¡Ay! Los amantes, todos de sus penas se quejan. Paso las horas de la cita en el invierno sobre las ascuas ardientes del deseo, y cómo no, si estamos separados. ¡Qué pronto me ha traído mi destino lo que temía! Más las noches pasan, y la separación no se termina, ni la paciencia me libera, de los grilletes de la añoranza. ¡Que Dios riegue la tierra que sea tu morada, con lluvias abundantes y copiosas!

Poema de la cordobesa Wallada Ben al-Mustakfi (994/1091) .

Antonio Torres.

(Visited 1.788 times, 1 visits today)

One thought on “Al Andalus, la herida que sangra

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *