El Membrillo Bajo, esta tierra que si es nuestra

La aldea qué pagó con su existencia la defensa de sus tierras comunales en plena Guerra Nacional Revolucionaria: El Membrillo Bajo.

El Membrillo Bajo, “una aldea de 113 de habitantes fue reducida a escombros y olvido, y la vida de los supervivientes a una terrible condición de miseria”.  “El resultado, hoy más del 84% de la tierra de Zalamea la Real está en manos de grandes propietarios (más de 100 hectáreas).”

El Membrillo Bajo, una pequeña aldea perteneciente a Zalamea la Real en plena Cuenca Minera de Riotinto, no es hoy más que el vestigio de un cruento final. Una aldea, que como de la historia misma, solo se puede hablar en pasado, pero que, sin embargo, debería ocupar de lleno nuestro presente. El conflicto, que culminaría con la desaparición de toda una aldea bajo las llamas y de muchos de sus habitantes bajo la tortura, tuvo su origen en la lucha de la población campesina de El Membrillo Bajo en defensa de las tierras comunales frente a unos terratenientes que pretendían usurparlas. Esta pugna se vino desarrollando durante un largo periodo de tiempo y fue siendo intensificada hasta su punto final en plena Guerra Nacional Revolucionaria.

Ruinas de la aldea El Membrillo Bajo, Zalamea la Real (Huelva)
Ruinas del Membrillo Bajo. Fuente: Youtube. Vídeo VUELO EN EL MEMBRILLO BAJO (ZALAMEA LA REAL) – HUELVA (José Antonio Portero)

Antes de 1592 en Zalamea había dos tipos de terrenos, los que pertenecían por herencia a ciertas familias y cuyo origen se remontaba a las donaciones que hicieron los reyes castellanos a los primeros pobladores tras la “Reconquista”; y los que eran administrados por el Cabildo en representación del arzobispo de Sevilla. A partir de ese año con la firma por parte de Felipe II de las Cartas de Privilegios, Zalamea alcanzó una mayor independencia al comprarse a si misma, y este segundo tipo de tierras siguió siendo administrada por el Cabildo, pero ahora en representación de toda la población. En 1738 la Corona reclamó como suyas una gran cantidad de tierras zalameñas al considerarlas sin dueño conocido y baldías, sin embargo, ante la presentación de la carta de venta, se retractó. En 1790 esta misma corona se apropió de tierras zalameñas aledañas al establecimiento minero de Riotinto para el aprovechamiento de sus bosques para la minería. Sin embargo, podría considerarse que la raíz más importante del conflicto se encuentra en 1838. Año en el que una gran parte de las dehesas comunales fueron vendidas a particulares con el pretexto de evitar que debido a las desamortizaciones pasasen a manos de “gente de fuera”, haciendo que la tierra dejase de ser de los zalameños. De este modo, se procedió al reparto de Suertes de Dehesas mediante sorteo. Solo permanecieron bajo dominio público los ejidos, las vías pecuarias y los abrevaderos. Casualmente, la mala suerte de las familias humildes hizo que los terrenos que obtuvieron se hallasen lo suficientemente lejos como para que su utilización fuera inviable. Así, los vecinos de la Dehesa de Riotinto se les asignaron suertes de terrenos próximos al río Odiel. Esto terminó provocando el abandono de estos, lo que fue aprovechado por los grandes terratenientes para anexionárselos haciendo crecer sus propiedades. Este proceso de acumulación culminó en 1929 cuando el Ayuntamiento presidido por uno de los mayores terratenientes, José María Lancha, renunció a cobrar los censos por el largo tiempo transcurrido desde el reparto y la imposibilidad de identificar los herederos de los beneficiarios del mismo. La inagotable avaricia de los terratenientes hizo que no se contentaran con la acumulación dada desde 1838 e iniciaron intentos para apropiarse de los terrenos, que todavía eran comunales. Comenzando así una larga pugna con un trágico final.

La instauración de la II República en 1931 trajo aires de esperanza para los desposeídos. La conjunción republicano-socialista que llegó al Ayuntamiento presentó como primer punto de su programa la reconstitución de coladas, ejidos y abrevaderos conforme al estatus de 1838.

La instauración de la II República en 1931 trajo aires de esperanza para los desposeídos. La conjunción republicano-socialista que llegó al Ayuntamiento presentó como primer punto de su programa la reconstitución de coladas, ejidos y abrevaderos conforme al estatus de 1838. Tuvo que enfrentarse al largo tiempo transcurrido y la dificultad de la no inmatriculación de los bienes públicos por considerarse obvio su uso comunal. Varios vecinos de El Membrillo Bajo elevaron un pliego en relación a los ejidos de la aldea, en respuesta la Corporación Municipal inició inspecciones en todas las aldeas, presentando un informe un mes más tarde. El 8 de abril de 1932 se inició una investigación sobre las coladas, abrevaderos y ejidos lo que llevaría a la creación del Inventario de Bienes Municipales de 1933. El 17 de marzo de este mismo año Cándido Caro Balonero y José Moreno, presidente y secretario del sindicato agrario, respectivamente, presentaron un escrito ante el Ayuntamiento en defensa de los bienes de dominio público que no habían sido incluidos en el inventario. 16 días después se creó una comisión para proceder al amojonamiento de las coladas y abrevaderos. El 11 de diciembre de 1933 el Ayuntamiento republicano-socialista consiguió que el registrador de la propiedad de Valverde del Camino inmatriculase gran parte de los bienes del inventario. A partir de este momento el conflicto va a agravándose exponencialmente. El Juzgado de Primera Instancia de Valverde del Camino dio posesión de un terreno considerado público a unos terratenientes. 23 vecinos de El Membrillo Bajo realizaron un escrito de protesta, en respuesta, el Ayuntamiento presentó un recurso. Los herederos de Juan González Domínguez (Juan, Rafael, Luis y Domingo) proclamaron como propio un terreno comunal de 1,85 hectáreas en cuyo interior existía un abrevadero. El largo conflicto histórico por las tierras comunales alcanzó su punto de inflexión en abril de 1934. Momento en el que los vecinos de Membrillo denunciaron el arranque de los mojones que demarcaban los ejidos y el robo de leñas en tierras comunales por parte de los mozos de los terratenientes. El Ayuntamiento adoptó una postura mucho más firme, y en la primavera de 1936 exigió todos los datos existentes sobre los bienes comunes, abrió expediente sobre el amojonamiento, citó a alguno de los mozos y solicitó del Juzgado Municipal copia de las sentencias de los pleitos de los ejidos del Membrillo Bajo. Sorprendentemente, este respondió que dichos datos no existían, algo no tan extraño, pues ya en 1932 el entonces alcalde, Manuel Domínguez de la Banda, denunciaba la desaparición de documentos de gran valor. Tampoco se encontraron documentos de los juicios celebrados entre terratenientes y vecinos en el Juzgado de Primera Instancia de Valverde. Una vez conocido el alcance de la sublevación fascista-militar en Sevilla, las fuerzas populares encarcelaron a los grandes propietarios y a los elementos fascistas. Iniciándose los primeros bombardeos el 20 de agosto de 1936, bombardeos que no se produjeron en Zalamea, debido a la gran influencia de los terratenientes, allí residentes, sobre el movimiento faccioso. El 25 de agosto Zalamea fue tomada y ese mismo día comenzaron los encarcelamientos, torturas y fusilamientos de obreros, los más concienciados y significados políticamente habían huido al monte, donde constituirían la guerrilla onubense, el último bastión de la resistencia en esta provincia, tan importante, que fue, de nuevo, declarada como zona de guerra el 6 de agosto de 1937. Tras esta declaración llegaron a El Membrillo Bajo nueve falangistas que llevarían a cabo la tortura y eliminación sistemática de los vecinos de la aldea. Estos se instalaron por la fuerza en la casa de Ceferino Moyano y Blasa, quienes serían los últimos en ser asesinados en la aldea. Desde su llegada, los vecinos empezaron a desaparecer y el pánico fue el día a día de estos humildes campesinos. La excusa había sido su colaboración con el movimiento guerrillero, la realidad es que este exterminio se debía al enfrentamiento histórico que esta aldea había mantenido con los terratenientes, que pretendían usurpar hasta el último rincón de tierra, hasta el último aliento de subsistencia campesina independiente a su poder. Lo que quedó reflejado en frases como “aquí engordan veinte cochinos. Si los matamos a todos, veinte cochinos más que engordamos nosotros.” El 11 de septiembre de 1937 asesinaron al alcalde socialista pedáneo Dionisio Domínguez Rodríguez, cuya tortura jamás debe pasar al olvido. Los fascistas le dieron un tiro en cada pierna y le quitaron los pantalones, paseándose con ellos por todo El Membrillo Alto. Lo patearon, hasta que finalmente, lo mutilaron, cortándole la lengua y los genitales. Tras esto, lo llevaron y se lo arrojaron a su hermano Bernardo. También asesinaron a tres de las cuatro hermanas de éste, una de ellas embarazada, mencionable es que, ellas consiguieron desatar a dos hombres, José y Claudio, quienes iban en el mismo camión. Y gracias a un descuido, consiguieron escapar de los verdugos fascistas. Claudio, moriría poco después al verse obligado a servir a los mismos terratenientes, que habían provocada tan cruenta masacre. Durante el más que eterno periodo de tiempo que duró esta barbarie, también fueron asesinados: Olaya y Gregorio, así como su padre Aniceto; Rafael y sus hijos Urbano y Julián de 17 años, asesinado delante de su padre; a Álvaro y a una mujer de El Campillo; a Narciso, cuyo cuerpo permaneció arrojado en un cercado como advertencia; a Bernabé, alcalde del Membrillo Alto y a su hermana María… Y finalmente, a los dueños de la casa que habían ocupado, Ceferino Moyano y Blasa, cuyo tormento había sido el peor de todos, ver como cada día sus convecinos eran golpeados, humillados, torturados y asesinados hasta el último día en el que la aldea se mantuvo en pie, pues para borrar sus sangrientas huellas, para borrar de la historia un pueblo por completo, los fascistas le prendieron fuego a toda la aldea, dejando únicamente un montón de piedras ruinosas, aún hoy tiznadas por las llamas infames, y un gran silencio entre sus calles y plazas.

Ruinas de El Membrillo Bajo, Zalamea la Real (Huelva)
Pared aún tiznada en El Membrillo Bajo. Fuente: Jesús Pérez López.

Así, una aldea de 113 de habitantes fue reducida a escombros y olvido, y la vida de los supervivientes a una terrible condición de miseria.

Así, una aldea de 113 de habitantes fue reducida a escombros y olvido, y la vida de los supervivientes a una terrible condición de miseria. Aurelia Moyano, viuda del alcalde pedáneo, tuvo que dejar a una de sus hijas al cuidado de una de sus hermanas y se vio obligada a moler trigo en un molino del río Tinto a escondidas durante la noche, donde iba arrastrando una larga cadena para espantar a los lobos. Una vez, uno de los terratenientes responsables de estos acontecimientos le ofreció un trabajo y ella, en una muestra de gran orgullo, valentía y dignidad, respondió “prefiero morirme de hambre con la lengua pegada a la pared antes que ir a trabajarle a ese hombre.”

El resultado, hoy más del 84% de la tierra de Zalamea la Real está en manos de grandes propietarios (más de 100 hectáreas). Hoy, El Membrillo Bajo no es más que un pastizal sobre el que se levantan algunas paredes, cuyas piedras siguen negras de tanto dolor. Hoy, toda la sangre ha quedado camuflada en el rojo de la propia tierra o tal vez haya fluido, por el también rojo Río Tinto hasta desaparecer en el mar. Hoy, quizás no se recuerden sus voces, pero si, su silencio, y ante él, debemos prometer resistir y recordar, que sus nombres no se borren de la historia.

Jesús Pérez López.

Bibliografía: Florencio, Manuel Jesús. “La traición al socialismo y a Zalamea la Real”, pp 1-27. Collado Aguilar, Miguel Ángel. “El terror aéreo sobre la Cuenca Minera de Riotino del 20 al 26 de agosto de 1936”, RUHM Vol 5/10/2015, pp 285-299. Collado Aguilar, Miguel Ángel (2015). “La Guerra Civil Española en Nerva. El drástico final de un proceso de generación de conciencia de clase”, Sarrión, España: Muñoz Moya Editores, S.L. Bru, Alberto. “Huelva, agosto 1936: de la Represión a la Supervivencia en la Sierra. La Guerrilla de Huelva” en http://www.geocities.ws/eustaquio5/huelva.html.

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