Muerto el dictador no se acabó la rabia. El asesinato de Teófilo del Valle en febrero de 1976.

muerto FOP

Esquela tras el asesinato de Teófilo del Valle.

Teófilo del Valle: primer asesinado en 1976 por las Fuerzas de Orden Público (FOP). Con el dictador muerto y el monarca en el trono, la situación no fue diferente a los años que le precedieron.

“El 14 de noviembre de 1975 el Consejo de Ministros encabezado por Carlos Arias Navarro aprueba un nuevo decreto de congelación salarial, para que los empresarios puedan recuperar beneficios en el contexto de la crisis económica provocada por la recesión. La dictadura ponía una vez más en evidencia su subordinación a una clase social.”

“Las clases dirigentes estaban nerviosas por el aumento de la conflictividad y de la organización de la clase obrera.”

Se escuchan disparos antes que la media noche se apodere del municipio alicantino de Elda. Rompen el silencio de una noche que se esperaba tranquila, tras una jornada de intensas manifestaciones y asambleas.

Son días difíciles para la clase obrera –junto con la incertidumbre política que asola el país- en los que se negocia el convenio colectivo del calzado. A los disparos les suceden gritos de “asesinos” y el pueblo despierta en mitad de una pesadilla que parece que jamás va a concluir.

Un cuerpo yace sin vida en una calle céntrica. Tiene nombre y apellidos: se llama Teófilo del Valle Pérez y tan sólo tiene 20 años recién cumplidos. Él nunca lo podrá saber, pero su muerte aquel fatídico 24 de febrero de 1976 es el primer asesinato del año realizado a manos de las Fuerzas del Orden Público (FOP).
Mientras el dictador estuvo vivo se disparaba impunemente a los trabajadores, que demandaban la mejora de sus salarios y condiciones de trabajo. Ejemplos de esta sangrienta represión se pueden encontrar en la huelga de la construcción de Granada el 21 de julio de 1970 con tres obreros asesinados, o en el conflicto de los astilleros de Bazán en Ferrol el 10 de marzo de 1972 con dos obreros asesinados y otros tantos heridos. Con el dictador muerto y el monarca en el trono, la situación no fue diferente.

A comienzos de 1976 las estructuras del franquismo seguían intactas y su motor represivo perfectamente engrasado para hacer frente a las movilizaciones obreras. Estas habían sido fundamentales en la lucha contra la dictadura, e iban a tener de nuevo una gran importancia. 1976 se convertirá en un año de grandes movilizaciones con un aumento colosal del número de huelgas -aún ilegales- y de participantes. A la reivindicación económica se sumó la política: el derecho de libertades políticas y la amnistía de los presos políticos comenzaron a ser frecuentes.

El 14 de noviembre de 1975 el Consejo de Ministros encabezado por Carlos Arias Navarro aprueba un nuevo decreto de congelación salarial, para que los empresarios puedan recuperar beneficios en el contexto de la crisis económica provocada por la recesión. La dictadura ponía una vez más en evidencia su subordinación a una clase social. A finales de año finalizaban gran parte de los convenios de las grandes empresas, y existía un movimiento obrero cada vez más organizado que no iba a aceptar un acuerdo que les perjudicase. El trasfondo de crisis económica es de gran importancia para entender estos años, porque el crecimiento de los años anteriores fue uno de los pilares fundamentales en los que se asentó la dictadura.

La negociación del convenio del calzado –industria mayoritaria en la zona de Elda– intensificó la organización de los obreros para lograr uno que se adaptase a sus reclamaciones. Las asambleas atraían cada vez a más trabajadores, allí se debatían reivindicaciones, pero también las formas de protesta.
El domingo 23 de febrero cientos de trabajadores marcharon por la carretera que trascurre desde Elda a Petrer –a tres kilómetros de distancia- para poder reunirse en asamblea. En el camino, las FOP cargan sin previo aviso contra los trabajadores causando numerosos heridos. Detendrán a tres obreros, que serán puestos en libertad en la madrugada del lunes.

A las ocho de la tarde del día siguiente se celebra una nueva asamblea en Elda en la que se reúnen cinco mil trabajadores. Las FOP cargan indiscriminadamente contra ellos para disolverlos. Como cuenta en La sombra de Franco en la Transición (Oberon, 2004) el periodista Alfredo Grimaldos, los manifestantes se dirigen hacia un polígono industrial en construcción para continuar con la asamblea. Las FOP no se atreverán a entrar allí. Al mismo tiempo unos 200 trabajadores logran entrar a una iglesia para realizar otra asamblea. Cuando finaliza y ya entrada la noche, se dirigen tranquilamente hacia sus domicilios. A eso de las 11 de la noche, una caravana de coches de las FOP que volvían a Alicante se topa con un grupo de jóvenes que regresan de la asamblea. Las FOP les persiguen, dan el alto e inmediatamente después disparan contra ellos. Una de esas balas tiene un trágico final.

Recordemos que las FOP están dirigidas en aquel momento por el entonces Ministro de Gobernación Manuel Fraga Iribarne, y es frecuente la dispersión de manifestaciones y reuniones con munición real. Las clases dirigentes estaban nerviosas por el aumento de la conflictividad y de la organización de la clase obrera.

Los textos consultados de la época y otros más contemporáneos, como el libro publicado coincidiendo con la exposición La Transición a la democracia en Alicante (2006) o el citado de Grimaldos, dan cuenta de que los jóvenes lanzaron piedras contra los vehículos de las FOP provocando el fatal desenlace. Muy al contrario de lo que declaró hace dos años Fernando Cabrera, dirigente obrero de Elda en aquella época, en el periódico provincial Información:

Entonces todavía había censura y se buscó el pretexto de la agresión a las Fuerzas Públicas para justificar una muerte irracional. Ni se lanzaron piedras ni se trataba de una multitud. Era simplemente un reducido grupo de personas que caminaba de retirada a sus casas por la calle San Roque cuando se produjo el asesinato. Los “grises” se bajaron del autobús y dispararon.

Este detalle de que si lanzaron piedras o las dejaron de lanzar, no quita importancia al asesinato de Teófilo. Pero en cambio, sí que tiene importancia para reflexionar sobre las mentiras que el poder y sus tentáculos mediáticos crea y como son asimiladas para justificar sus acciones criminales. Lo que nunca se llegó a creer es lo que afirmó Benito Sáez González-ElipeGobernador civil de Alicante desde agosto de 1973- justificando el uso de armas en una nota fechada el 25 de febrero, y publicada en los periódicos de tirada nacional como ABC o Informaciones:

[..] el vehículo policial[…] fue atacado con piedras y otros objetos contundentes por su parte posterior, lo que obligó, dada la violencia del ataque, a que parase para repeler la agresión por los medios disuasorios ordinarios propios en estos casos, aunque, al sonar algunos disparos, sus ocupantes hubieron de hacer uso de sus armas, resultando alcanzando uno de sus atacantes, que falleció posteriormente, siendo detenidos otros tres e instruyéndose diligencias por la autoridad judicial competente.

La justificación del uso de armas de fuego y del asesinato por parte de las FOP está dada. En la misma nota, el Gobernador Civil criminaliza a Teófilo afirmando que tenía una “vida irregular” y relacionándolo con el tráfico de droga. La criminalización de la víctima era una necesidad del relato. ¿Cómo un traficante no iba a tirar piedras a la policía? Una vida tan “irregular” iba acabar mal de todas formas, quiere trasmitir la nota gubernamental.

Teófilo había nacido en la localidad gallega de Silleda el 1 de febrero de 1956, pero llevaba desde los seis años viviendo en Elda. Trabajaba de oficinista en la empresa de fabricación de calzado Gómez Rivas, y participó activamente en las asambleas y concentraciones que se realizaban para defender un convenio digno.

Muerto FOP

Entierro de Teófilo del Valle.

Las organizaciones obreras protestaron por el asesinato: convocaron distintos paros en las fábricas y en el comercio, además de la suspensión de las clases en los centros de enseñanza de las comarcas bañadas por el río Vinalopó, especialmente en Elda. A la tarde, trabajadores y vecinos se unieron al entierro multitudinario de unas 20.000 personas, acompañando al féretro hasta su destino final. La policía armada no se atrevió a aparecer y la guardia civil -que en estaba controlando las entradas al cementerio- se fue, limitándose al control de los accesos a la localidad. No hubo ningún tipo de incidente.

Las valoraciones políticas de la oposición no tardaron en aparecer. El Consell Democràtic del País Valencià junto con la Junta Democrática de Valencia formalizaron una declaración ante estos terribles hechos en los siguientes términos:

Antes con Franco y ahora con una monarquía impuesta, no hay otra política posible para la minoría usurpadora del poder que la violencia y el terror policiaco contra el pueblo […] Es el mismo lenguaje, el mismo cinismo, el mismo desprecio a la vida y a los derechos humanos; son los mismos hechos que durante cuarenta años han mantenido a nuestro pueblo bajo la más cruel y sanguinaria dictadura […]

El Movimiento Comunista (MC) – organizado desde 1974 en Elda– lanzó octavillas con el título “¡La policía ha asesinado a un compañero!”. Frente a las falacias del Gobernador civil que aseguraba que los obreros portaban armas, afirmaba: “no llevábamos más armas que los pies para correr y la garganta para gritar ante tanta injusticia”. De igual forma –y siguiendo las informaciones recogidas por Francisco Moreno Sáez en su estudio sobre el Moviment Comunista del País Valencià– se exigía un juicio público al causante de la muerte de Teófilo, además de libertad de expresión y reunión.

Se llegó a crear una comisión ciudadana exigiendo responsabilidades, pero como tantos otros crímenes de estado nunca se esclareció. En menos de una semana se produciría una de las masacres que teñirían definitivamente de color rojo la sacrosanta transición. Cinco muertos tras el asalto de las FOP a una iglesia en Gasteiz, donde se estaba realizando una asamblea obrera en un día de huelga.

Se nos dice que Teófilo es el primer muerto de la transición, pero nada está más lejos de la realidad. El historiador Gonzalo Wilhelmi ha contabilizado los muertos en actos de represión o lo que ha denominado de “gatillo fácil”, es decir, cuando la vida de las FOP no estaban amenazadas. Por ello no incluye en su lista a muertos en enfrentamientos armados, pero si en falsos enfrentamientos, inventados para justificar el asesinato una vez rendidos, detenidos o desarmados.

Wilhelmi aporta los siguientes datos: El 25 de noviembre Ángel Esparza Basterra es disparado por la Guardia Civil en un control en Legutiano (Álava). El 29 de noviembre es asesinado Francisco Gallego García. El 2 de diciembre de 1975 el miembro de ETA Koldo López de Gereñu cae muerto por disparos de la Guardia Civil en Beasain cuando intentaba huir de una emboscada. Ese día también muere Henri Etxeberri. El 4 de diciembre en Gasteiz cae muerto José Ramón Rekarte cuando se encontraba en el cuartel donde hacia el servicio militar obligatorio, nunca son aclaradas las causas de su muerte y el Gobierno Militar afirma que es un accidente. El 9 de diciembre Kepa Tolosa cae muerto cuando una pareja de Guardias Civiles de paisano ametrallan un coche en Beasain en el que se encontraban más personas. Como hemos visto hay seis personas asesinadas por las FOP después de la muerte del dictador el 20 de noviembre de 1975 y antes de que asesinen a Teófilo, que sí podemos considerar la primera víctima del año 1976.

Una transición que no fue modélica ni pacífica. El periodista alicantino Mariano Sánchez Soler en su obra La transición sangrienta: una historia violenta del proceso democrático en España 1975-1983 (Ediciones Península, 2010) ha llegado a contabilizar 1072 muertos entre terrorismo de Estado, terrorismo incontrolado de la extrema derecha y de la represión policial. Como señala la investigadora francesa Sophie Baby, la transición política española se sostiene en un mito: el de una transición pacífica.

Muerto FOP

Miles de personas acompañaron a Teófilo del Valle durante su entierro.

Javier Fernández Rincón.

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