Corrupción: punta del iceberg de la enajenación del bien público.

Las crisis actuales son traducción de la continuada enajenación de nuestro bien público. Da lo mismo que hablemos de economía, del medio ambiente, de la cultura, de los valores….

En estos días de impunidad, de Gürtel y miles de escándalos más, es necesario profundizar en el tema para afrontarlo con radicalidad; siendo este el objeto de este artículo, relegando la corrupción al mero papel de reclamo sobre esta breve reflexión. No se trata sólo de la enajenación de los bienes públicos, sino que se trata hasta de la posibilidad misma de que existan, destruyendo así la posibilidad hasta de constituirnos como pueblo.

El papel de los estados parece hoy en día relegado a enajenar el bien público material básico y todo otro posible bien público (Como dice el profesor Ramsés Fuenmayor sobre el caso venezolano inspirando estas líneas). Si aplicamos un cambio de perspectiva a su análisis orientándolo hacia occidente, encajamos perfectamente la problemática más allá de la corrupción: abordada ahora sobre los recortes intencionados, las privatizaciones, los recortes de libertades… El saqueo se produce a través de robos y corrupción, directamente desde el Estado y su entorno con la complicidad de los propios pueblos, que lo permiten (y que aún son casi todos).

Más allá de la manida corrupción, es necesario analizar la casuística que la impulsa, sostiene y amplía: la concepción economicista que prevalece en nuestras sociedades, especialmente representada en la propiedad privada.

Propiedad privada como destrucción de la noción misma del bien público.

El “bien público” se suele definir como algo que es de todos, o para un disfrute colectivo, también en lo espiritual. Para entender ese “algo de todos” debemos comprender primero el “algo de uno” (como lo define Fuenmayor). Y trataremos de encontrar allí el concepto de “propiedad privada”.

La concepción de un bien considerado como “propiedad privada”, puede hacerse en base a dos grupos: un medio de producción para generar riqueza material o un bien de consumo para satisfacer necesidades materiales o placeres individuales.

Pero, ¿qué ocurre con “el hijo de uno”? Encaja dentro de algo que nos corresponde cuidar para su mejor desarrollo. La propiedad reside allí en la “posibilidad y responsabilidad de cuidar algo por el bien de ese algo y por el bien del mundo en el que ese algo se inserta”; como responsabilidad propia de continuar un legado. Ese sentido de cuidar y amar está muy lejos de la concepción economicista de propiedad privada.

El aire que respiramos es nuestro, en tanto a que nos permite vivir aunque no lo “poseemos” particularmente. Imaginar una sociedad con la gente respirando con escafandras, nos lleva a renegar del aislamiento social al que llegaríamos. Lo mismo ocurre con un hijo, o con una madre, que es nuestra porque “nos entrega un mundo y a un mundo”. En ese sentido se dificulta encontrar límites a “lo nuestro” cuando vamos ampliando la visión: familia, escuela, cultura, lenguaje, pensamiento…

Pero muchas de esas cosas no son ni pueden ser propiedad privada porque “sólo son míos en la medida en que sean de los otros”. Les pertenezco en función de que mi prójimo les pertenece. Esa matriz fundamental en la que conviven historia, lenguaje, cultura… hace posible un “nosotros”.

“Nuestro bien común fundamental es la matriz fundamental. Es nuestro y es bueno; pero del modo más primario posible: es nuestro y es bueno porque permite que haya un nosotros y un bien”

La “matriz fundamental”, que nos evoca el concepto de “Pacha Mama”, hace posible que seamos, pensemos, actuemos, que conformemos pueblo; que podamos hablar y hacer política, hace posible los bienes públicos como un amanecer en la sierra. Y también hace posible, admitámoslo, la propia “propiedad privada”.

“La matriz fundamental es el bien público fundamental y la condición de posibilidad de cualquier bien”

La “propiedad privada” queda reducida así a un pequeño lugar que varía en función de cada sociedad. Y tiene sentido sólo si es entendida a partir del bien público, en forma de enajenación de este.

En Occidente hace las veces de matriz fundamental desde La Ilustración el concepto de “Razón Universal”. Pero estamos lejos de ser sociedades que cuidan el bien común; ni siquiera ejercemos los conceptos de libertad o justicia. Las sociedades transitan hacia la maximización de la enajenación de ese bien común: la alienación cultural, la formación de las personas desde un objetivo instrumental para el sistema, el descuido de los semejantes y el ambiente…

Pero desde una perspectiva histórica, la propiedad privada es de reciente aparición y, probablemente, de pronta desaparición. La supervivencia de nosotros como individuos está absolutamente ligada a la del bien público y la posibilidad de existencia del mismo.

Intichurin Iskaywari

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