“ Las demandas populares encontraron en los rebeldes de febrero de 1992 una voz para construir una entidad que hoy es poder político en la República Bolivariana de Venezuela”

“El sistema político imperante se dejó, por fanfarronería o poca capacidad e visión estratégica, llevar por una especie de espejismo democrático construido sobre un pacto que al entrar en crisis el modelo de la renta petrolera se volvió insuficiente para las crecientes demandas populares”

Fue José Domingo Choquehuanca, allá el 2 de agosto de 1825 quien al salir al encuentro con el Padre Libertador Simón Bolívar exclamó emocionado: “Quiso Dios de salvajes formar un gran imperio y creó a Manco Cápac; pecó su raza y lanzó a Pizarro. Después de tres siglos de expiaciones ha tenido piedad de la América y os ha creado a vos. Sois pues, el hombre de un designio providencial. Nada de lo hecho hasta ahora se asemeja a lo que habéis hecho, y para que alguno pueda imitaros será preciso que haya un mundo por libertar. Habeis fundado tres repúblicas que en el inmenso desarrollo a que están llamadas, elevan vuestra estatua a donde ninguna ha llegado. Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina”.

Tal vez esa proclama inspirada detalla la base ideológica de la rebelión militar de la Juventud Militar del 4 de febrero de 1992, hoy visto treinta años después de una fecha que partió en dos la historia nacional. Lo hizo al menos por dos razones claramente definidas:

  1. La ruptura del sistema político bajo la República pactada en repartición de poder entronizada en Venezuela desde 1958 cuya expresión más palmaria, luego de un proceso sistemático de hechos que se caracteriza en la exclusión política y social creciente de las grandes mayorías nacionales, se hace ver en la injustificable represión con el uso de las armas de la Fuerza Armada en febrero y marzo de 1989.
  2. La necesidad de convertir esa ruptura no solo en hecho político, sino en entidad capaz de tomar las banderas de quienes excluidos sistemáticamente por el sistema político imperante no eran considerados de ningún modo, no solo demostrado en la actitud de la élite adeca y copeyana de febrero y marzo de 1989, sino además en la absoluta indisposición de abrir esferas de diálogo o rectificación profunda que no hiciera crujir definitivamente aquel sistema político de República pactada con una democracia formal, básicamente electiva cada cinco años y no más de allí.

En sí esta fecha consolida esa definitiva ruptura, dando entidad a una fuerza política, una comunidad política invisibilizada sistemáticamente, que cuatro años después llegará como un caudal irrefrenable, democráticamente, al poder con Hugo Chávez como su líder.

Fue una masa popular que sufrió en carne propia no solo las balas de febrero y marzo de 1989 (las cifras en muertos más tenues colocan en más de 900 muertos aquella jornada terrible), sino que se encontraba condenada al bipartidismo como únicas opciones políticas en un modelo electoral severamente cuestionado, de poca o nula confianza, de robo de votos a cualquier alternativa política, y básicamente excluyente ya que las grandes mayorías pobres no contaban con garantías electorales para el ejercicio del voto, siendo pocos los centros de votación para semejante masa poblacional.

El sistema político imperante se dejó, por fanfarronería o poca capacidad e visión estratégica, llevar por una especie de espejismo democrático construido sobre un pacto que al entrar en crisis el modelo de la renta petrolera se volvió insuficiente para las crecientes demandas populares.

Demandas populares que solo encontraron en los rebeldes de febrero de 1992 una voz, un factor demandante de cambios al punto de poder construir una entidad que hoy es poder político en la República Bolivariana de Venezuela, con todo y la confluencia de una severa y cuasi definitiva crisis del modelo rentista petrolero y un bloqueo criminal establecido por la elite estadounidense ya que este sistema político no conviene a sus intereses estratégicos que demandan genuflexión absoluta, aún a costas de los intereses venezolanos.

También se rompió el espejismo democrático de un sistema que fue incapaz de moverse con los nuevos tiempos venezolanos, una república pactada que no vio las demandas sociales, políticas y económicas de un pueblo hastiado de un ejercicio de autómatas exclusivamente anclado al voto cada cinco años por dos opciones políticas provenientes de un mismo tronco, observando las bases políticas del pacto de puntofijo de octubre de 1958.

Sistema político que además dejó solapadas grandes violaciones a los DDHH, solo a juzgar por el informe vertido por una Comisión creada desde la Asamblea Nacional y que devela hasta 2016 más de 10.000 casos de desapariciones, asesinatos y torturas por razones políticas entre 1958 y 1998.

Lo anterior en el marco de la implementación de una política agresiva de orden interno que no bajó su inclemencia ni siquiera con la reducción (por la vía de las armas o por vía de la política de pacificación) de las guerrillas comunistas sublevadas en la década de los sesenta y setenta del siglo pasado. Ese Estado violador de los derechos humanos, al amparo por ejemplo de una mentada “ley de vagos y maleantes” aniquiló cientos de dirigentes sociales y comunitarios, amén de una represión sistemática a cualquier forma de protesta social, caracterizando los años 80 de aquel siglo como los de mayor represión política en la Venezuela que tanto proclamaron como democrática. Solo en 1991, año previo a la rebelión, Venezuela contaba con hasta 9 estudiantes asesinados en medio de protestas por el pasaje estudiantil o por el alto costo de la vida asociado en lo fundamental a la crisis del rentismo petrolero.

“Fue una generación militar, mejor dicho es una generación militar, que comenzó a avanzar más en concordancia con el mensaje de Simón Bolívar. Comenzamos a ver un mensaje distinto, un mensaje renovador, aquello de oír todos los días por ejemplo: «La Academia Militar forja hombres dignos y útiles a la patria»; todos los días leer y repetir el Código de Honor; absorber de aquellos chaguaramos, que esta mañana, como te decía, lleno de emoción intensa y de 20 años de recuerdos que se me vinieron en tropel en pocos segundos”. Así observa el propio Hugo Chávez aquel momento de febrero de 1992, con sus antecedentes y una generación que de manera rápida irrumpe en el escenario político venezolano.

Podemos concluir, treinta años luego, que el 4 de febrero de 1992 representa el primer paso político definitivo de una comunidad que irrumpió desde esas catacumbas del pueblo donde emergieron millones de hombres y mujeres hechos masa popular en aquella rebelión popular contra el neoliberalismo del 27 de febrero de 1989, quienes recibieron sangre, balas, fuego como respuesta a sus reclamos y encontraron allí en el vivac del cual nació esta nación venezolana un intérprete, alguien que+ escuchara e hiciera valer ese reclamo histórico para dar el paso hacia una Revolución pacífica y democrática vigente aún más en estos años de agresiones terribles de enemigos muy poderosos y lacayos al servicio de nefastos intereses foráneos que tanto daño han causado al pueblo venezolano.

Aquella rebelión significó de suyo el fin del espejismo democrático, una República pactada que por el bien de la Venezuela de hoy y del futuro, no debe volver jamás, siendo la democracia plena, el diálogo permanente y la paz el singo del futuro por delante que tenemos para construir un país capaz de dotar de bienestar a todos y todas.

Ahí tendrá sentido concreto la lucha de los hombres y mujeres del 4 de febrero de 1992.

Autor

+ artículos

Licenciado en Ciencias Políticas de la Universidad Central de Venezuela.

Estudios en maestría en Seguridad y Defensa de la Nación y Resolución de Conflictos.

Diplomado de Filosofía de la Guerra.

Colaborador en el área de Secretaría de la Asamblea Nacional Constituyente.

Asesor de la Contraloría General de la República.

Asesor de la Gobernación del Estado Falcón en materia de planificación y políticas públicas.

Articulista del Diario Venezolano Correo del Orinoco.