Reseña del libro “De la URSS a Rusia. Una historia de infamias y resistencias” de José Antonio Egido. Por David Fuente

    “La contrarrevolución venció en la URSS tras una dura lucha de clases”

    “De la URSS a Rusia. Una historia de infamias y resistencias” es el nuevo libro de José Antonio Egido (doctor en sociología, veterano militante comunista y presidente de la Asociación Cultural ‘Volver a Marx’). Se trata de un estudio sobre la victoria de la contrarrevolución en la URSS y sobre la Rusia resultante de aquel proceso.

    Los títulos de los libros de Egido siempre iluminan la cuestión; siempre buscan fijar algo de manera indeleble. ¿Qué principales ideas se propone aclarar en este nuevo trabajo ya desde la misma portada? Veámoslo.

    Una historia de infamias

    Por un lado, Egido aporta información precisa para desmentir toda una serie de tergiversaciones que en la segunda mitad de los años ochenta se normalizaron para justificar la contrarrevolución capitalista en la URSS. En la actualidad dichas tergiversaciones las seguimos encontrando en los medios de comunicación de la Unión Europea y EEUU, controlados por la oligarquía financiera.

    Tal y como analiza el autor del libro, el diagnóstico viciado sobre la URSS comenzó a ganar peso al interior del país en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), en 1956. En este sentido, el documento más conocido es el “Informe secreto” de Kruschev sobre Stalin.

    Ya el filósofo italiano Domenico Losurdo, en su libro Stalin: Historia y crítica de una leyenda negra, desmintió el contenido de este documento y se remitió a análisis historiográficos previos en el mismo sentido. Nada en ese “informe” se sostiene. Egido se suma a este diagnóstico y muestra que aquel documento pretendía justificar un cambio de línea dentro de la URSS. La lucha de clases no se había terminado: existían, en el propio PCUS, así como en el resto de la sociedad, sectores que trataban de revertir la construcción del socialismo. Para lograrlo, Kruschev necesitaba fracturar el prestigio adquirido por el dirigente que había mantenido de manera consecuente la línea marxista; el dirigente que había encabezado la etapa de mayor desarrollo del socialismo en el mundo. De este modo, lograba ensanchar las grietas para que avanzaran los elementos anti-socialistas ―cuya existencia Egido documenta―, así como la economía informal y todas las confusiones ideológicas que tres décadas después harían retroceder a los pueblos soviéticos a la senda del capitalismo.

    A lo largo de todo el libro podemos comprender el modo en que se produjo este complejísimo proceso en el que se ligaron cuestiones socioeconómicas, políticas e ideológicas. Egido expone que desde 1956 hasta 1985 estas tres dimensiones no se desarrollaron lineal y uniformemente hacia la restauración capitalista. Fue mérito de la etapa de Kruschev el apoyo a la naciente revolución cubana. La etapa de Brézhnev y Andrópov supuso una corrección en el ámbito ideológico y en la dirección política. Sin embargo, tal y como muestran algunos trabajos citados en el libro, la economía informal acrecentada con Kruschev siguió extendiéndose y generando nuevos intereses. También la corrupción y la inercia en la participación política debilitaron el poder de los trabajadores, propiciando que personas hostiles a la construcción del socialismo permearan en las estructuras del Estado.

    A la llegada de Gorbachov, y más aún la de Yeltsin, Egido nos muestra que el socialismo soviético y los aparatos de poder tenían en su interior sectores dispuestos a la restauración capitalista. El autor también expone el trabajo del mundo imperialista para fortalecer y hacer avanzar a estos sectores. Dicho trabajo, organizado desde las agencias centrales de inteligencia de las potencias occidentales, no se limitaba a atraer a algunos cargos políticos medios, sectores intelectuales y a ciertas agrupaciones: concernía también a los dos últimos dirigentes soviéticos, que en el libro aparecen plenamente retratados a nivel político y personal. Gorbachov y Yeltsin aprovecharon las deficiencias económica y políticas, así como las tergiversaciones añejas, para justificar la destrucción del socialismo soviético y para tratar de desacreditar el socialismo en general.

    Gorbachov, como se sabe, era ese político apreciado en los países imperialistas y rechazado por su propio pueblo. En los últimos años llegó a afirmar que “el objetivo de mi vida fue la aniquilación del socialismo”. Egido cita otras declaraciones del propio dirigente, concernientes a la desconfianza que el Comité Central (CC) tenía hacia él y a como esta situación le obligaba a operar de manera encubierta.

    Una de las tergiversaciones aprovechadas en aquella etapa, y que se han continuado repitiendo, afirmaba que la URSS se encontraba en 1985 en una crisis económica irreversible. Egido recopila los datos que desmienten este acostumbrado argumento. Aunque la economía soviética había ralentizado su crecimiento a mediados de los ochenta, seguía en ascenso, así como los ingresos reales de la población. Sin embargo, la innegable necesidad de reformas, propia de todo proceso de construcción, fue conducida de manera contrarrevolucionaria.

    La conducción destructora de Gorbachov y Yeltsin ―calificada así en el libro, a la luz de las declaraciones y los hechos―, precisaba también reemplazar a los dirigentes comunistas probados por todo tipo de elementos antisocialistas; elementos cuya infiltración en el PCUS se había acelerado con Kruschev. Para demostrar esto, para evitar que esta certeza sea tomada por una mera consiga propagandística, el trabajo de Egido rebosa de nombres y acontecimientos. Llegado el momento crucial, nos recuerda: “de 1986 a 1989, el 82,2% de los secretarios de los comités distritales y locales del partido, y casi el 90% de los miembros de los CC de los partidos comunistas de las repúblicas soviéticas, fueron reemplazados”. Gorbachov necesitaba desembarazarse de aquel CC que no confiaba en él. Pero, ¿cómo se habían encumbrado los dirigentes inconsecuentes y manipulables o directamente traidores al socialismo, disponibles para el reemplazo? Todo esto se analiza en el libro, así como otros muchos detalles sobre los movimientos de cúpula (en el partido, en las fuerzas armadas, en los centros de investigación…) y sobre su ideología y su base social. En esta reseña podríamos resumirlo así: la construcción del socialismo no había culminado y la lucha de clases seguía en curso, aunque bajo nuevas formas; precisamente estas.

    El frente teórico también fue terreno de batallas. El propio marxismo debía ser atacado y desvirtuado por parte de los dirigentes que impulsaban la contrarrevolución. Egido no se remonta tanto en la historia, pero es sabido que a inicios del siglo XX se había argumentado, contra Lenin, que el marxismo era una corriente anticuada, del siglo XIX. No obstante, la realidad se demostró tozuda: poco después, el marxismo se evidenciaba como la herramienta teórica para la toma del poder y la construcción del socialismo en Rusia, y década a década adquiría una relevancia enorme en todo el mundo, impulsando la lucha obrera, la expansión del campo socialista y la descolonización. Setenta años después, quienes querían revertir el proceso, volvían a las viejas tergiversaciones teóricas. En esta última batalla, sin embargo, venció el imperialismo, de modo que los ataques al marxismo cobraron fuerza casi incontestada en los años 90 en la mayoría del mundo. Desde entonces, ninguna otra línea teórica ha demostrado ser capaz de orientar la superación práctica del capitalismo. Al mismo tiempo, la recuperación plena del marxismo, la organización partidaria coherente con él y su ligazón con las masas, son tareas con un largo trecho pendiente en Europa. Y en esta parálisis nos encontramos.

    En su texto, Egido no solo expone los ataques al marxismo al interior de la URSS y el fondo político que escondían. También hace un esfuerzo por rescatar los nombres de los dirigentes honestos y de los teóricos soviéticos marxistas-leninistas que en los años 90 se pretendió relegar. Su obra sigue siendo hoy un elemento instructivo de primer orden. Hay un nombre que no aparece en el libro y del que quiero dejar constancia aquí: el gran esteta leninista ―cuestión a la que el marxismo en español está poco acostumbrado, debido a su inclinación hacia Adolfo Sánchez Vázquez― Mijaíl Lifschitz (1905-1983), a cuyo estudio se está dedicando este año el seminario de “Arte y Estética desde el Marxismo” de Leioa (Bizkaia). No es casualidad que algunas pequeñas editoriales muy conscientes estén reeditando la obra de este autor, o que jóvenes interesados por el arte y la transformación revolucionaria lo estén estudiando hoy apasionadamente. Como él, hay una larga lista de autores importantes que entonces, por un tiempo, se logró enterrar.

    Las infamias que recoge el libro son muchísimas más. ¿Adivina el lector las posiciones del trotskista Ernest Mandel? Las siguientes son palabras suyas citadas en la publicación: “El reformador Yeltsin representa la tendencia que quiere reducir el inmenso aparato burocrático. Así marcha en la senda de Trotski”. Desde luego, Egido, siguiendo con lupa la historia, deja a cada cual, como esta misma, en su sitio.

    Una historia de resistencias

    Sabida la verdad de las cosas (en realidad, poco sabida), sería también una infamia afirmar que el socialismo fue destruido en la URSS sin resistencias. Y las resistencias son ya la segunda cuestión del subtítulo, pues no pueden continuar obviadas. La portada, diseñada por Alex García, alude a ellas: en mitad de un suelo plagado de adoquines arrojados, un joven sostiene la bandera comunista en alto frente a una línea de antidisturbios.

    Egido documenta esta realidad olvidada: la contrarrevolución venció en la URSS tras una dura lucha de clases. Hubo enfrentamientos y muertos. Se luchó para evitar la restauración capitalista. En resumidas cuentas: “Los capitalistas y sus protectores imperialistas debieron recurrir a la violencia, las guerras civiles, la dictadura y el terror policiaco, interétnico y mafioso para imponer al pueblo soviético el capitalismo.” Estas palabras de Egido condensan hechos concretos, tal y como el libro muestra con su detallada recopilación de acontecimientos, nombres y fechas.

    Pero las resistencias fueron vencidas.

    El resultado de la contrarrevolución en la URSS fue muy favorable para el imperialismo, que ganó terreno a nivel económico, político e ideológico. El pueblo exsoviético fue esquilmado. De 1992 a 1993 se privatizó el 40% de la industria rusa. Escojo este párrafo de Egido para resumir la esencia económica y política de la cuestión:

    “Como dice Ludo Martens, un país socialista industrializado fue ‘tercermundizado’, es decir, arruinado por el capitalismo. […] El objetivo del FMI y Banco Mundial, controlados por las potencias imperialistas, es convertir a la ex Unión Soviética en un simple suministrador de materias primas y recursos naturales sin elaborar y baratos, sin capacidad propia de procesamiento industrial ni desarrollo avanzado, como han hecho históricamente con América Latina y el Caribe, África, Asia, este de Europa y Oceanía. Con el socialismo la exportación de petróleo significaba únicamente el 16% de todos los ingresos exteriores. La URSS exportaba tractores de calidad internacional, trenes, barcos, aviones, helicópteros y otros productos de alta tecnología. La Rusia burguesa hoy es básicamente exportadora de petróleo y gas. Además, tenían un objetivo político central, confesado por el ministro yeltsinista Anatoly Chubais: ‘Estábamos comprometidos con la destrucción del comunismo…sabíamos que cada fábrica vendida era un clavo en el ataúd del comunismo’”.

    Las consecuencias que esta debacle supuso en el acceso a los bienes de consumo por parte de la población, en la esperanza de vida o en la salud psicológica, son cuestiones que también figuran en el libro. Por ejemplo, la situación de las mujeres exsoviéticas se degradó radicalmente.

    A su vez, Egido nos muestra la otra cara de la moneda: los reducidísimos elementos rusos que se nutrieron del expolio imperialista. A ellos se dedican dos apartados: “Emerge una diminuta oligarquía inmensamente rica a costa de la miseria del pueblo” y “La mayoría de los oligarcas no proviene del PCUS sino de la oposición”.

    Un viaje: de la URSS a Rusia

    El análisis no se detiene en 1991, sino que continúa hasta la actualidad, condensando brevemente los últimos 30 años de historia de la Rusia capitalista. Es importantísima esta prolongación.

    Como se sabe, la Rusia que ha empezado a levantarse en el siglo XXI difiere de aquella que atravesó los durísimos años 90. ¿En qué ha consistido este giro? Egido responde principalmente a la cuestión en el capítulo titulado “Dos fracciones antagónicas de la burguesía rusa”. Allí el lector encontrará la diferente base social que hay detrás de la dirección de Yeltsin y de Putin, y con ello, la esencia de su divergencia política. Rusia pasa de la subordinación al imperialismo, con los oligarcas proimperialistas a la cabeza, representados por Yeltsin, a una situación capitalista nueva: el avance de una burguesía nacional antimperialista, encabezada por Putin, que se ha visto crecientemente golpeada por los intereses del imperialismo estadounidense.

    El estudio que el libro aporta sobre estas cuestiones pone a disposición más herramientas teóricas para comprender el mundo actual, así como para luchar contra el imperialismo en su forma vigente.

    De nuevo, una relevante obra de Egido

    El marxismo-leninismo nos enseña que la verdad sobre las cosas nunca se alcanza de manera acabada de una vez y para siempre. Sin duda, aparecerán más investigaciones sobre la URSS con nuevos detalles. Los recientes estudios rusos en curso, que están entre las fuentes de Egido, no se detienen. Pero el marxismo-leninismo también nos enseña que la tarea de la ciencia es captar la esencia de los procesos. En el libro aquí reseñado, esto se hace magníficamente. Toda la maraña de confusiones que se reunieron, embrollaron y legaron aquellos años, queda diseccionada. Y al aclarar el pasado, se aclara el presente. He ahí finalmente la relevancia del libro: su capacidad de reforzar la base intelectual de la lucha comunista contemporánea. Por ello, su estudio y discusión por parte de los comunistas y toda persona progresista será relevante.

    Egido vuelve a realizar, una vez más, un aporte teórico esclarecedor. La lista de obras de su autoría va siendo ya nada modesta y, al mismo tiempo, indispensable.

    Autor

    Estudió Licenciatura en Bellas Artes en la Universidad del País Vasco y maestría en Sociología Política en el Instituto de Investigaciones Dr. Mora, de la Ciudad de México.

    Ha realizado investigaciones sobre historia del arte del siglo XX.

    En 2018 publicó La disputa dela ruptura con el muralismo (1950-1970): Luchas de clases en la rearticulación del campo artístico mexicano.

    Es miembro de la Asociación Cultural Volver a Marx y del Seminario de El Capital de la Universidad del País Vasco en Bilbao.