Lenin representó y encarnó en su persona al dirigente revolucionario de nuevo tipo

    “Algunas conclusiones que se desprenden del camino recorrido por el bolchevismo, movimiento social de superación del estado de cosas existente del que Lenin, como individuo, formó parte activa”

    Starik, Fedor Petrovich, Ilin, Tulin, Herr Meyer… fueron algunos de los “nombres de guerra” que Vladimir Ilich Uliánov empleó a lo largo de su trayectoria vital, que llegó a su fin tal día como hoy hace 100 años en Gorki, Rusia soviética.

    Lenin representó y encarnó en su persona al dirigente revolucionario de nuevo tipo, aquél que subordina todo aspecto táctico de la lucha a la consecución del objetivo estratégico, observando el terreno social desde arriba, desde la perspectiva de las relaciones entre todas las clases y el marxismo. Esta capacidad no es innata, sino que debe cultivarse sistemáticamente, exigiendo del militante una formación permanente que contrarreste la tendencia a absolutizar lo empíricamente dado y lo espontáneo como el horizonte de lo posible. En este sentido, su propia figura nos informa en sí misma de una valiosa lección universal.

    Pero en este artículo, el líder bolchevique no va a figurar más que como excusa para otra finalidad, la de presentar algunas conclusiones que se desprenden del camino recorrido por el bolchevismo, movimiento social de superación del estado de cosas existente del que él, como individuo, formó parte activa. Ese es el verdadero homenaje que merece Lenin, y no un abstracto culto a la personalidad, absolutamente hostil a la modestia y sencillez que siempre le caracterizaron.

    Nacido en Simbirsk en 1870, Lenin es azotado por una tragedia familiar apenas cumplidos los 17 años, cuando el sanguinario régimen zarista ejecuta a su hermano Aleksandr, militante de la organización populista Voluntad del Pueblo. En la ciudad de Samara inicia su formación en el marxismo, sumergiéndose, entre otros, en “El Capital” de Marx. Al mismo tiempo, se suma a un círculo de la intelligentsia rusa donde se discuten los más variados asuntos que atañen a la revolución rusa: el desarrollo del capitalismo en Rusia, el papel del campesinado y del proletariado, el instrumento necesario para la llevar a cabo la revolución… En efecto, en un momento en el que reina la desorientación ideológica tras la debacle del populismo, un sector de la intelligentsia rusa emprende un proceso de desarrollo “intrauterino” para clarificar el contenido, las tareas y la guía de la futura revolución rusa. Probablemente en la actualidad, con una crisis ideológica inconmensurablemente más grave que la de entonces, una actividad semejante recibiría por parte de los “guardianes de la práctica” la misma acusación que un tal Zhukovski le espetó al padre del marxismo ruso, Plejánov: “vosotros no sois revolucionarios, sino estudiantes de sociología”.

    Para 1893, cuando Lenin se traslada a San Petesburgo, puede sentenciarse que el marxismo ha conquistado una solidez teórica y una referencialidad entre la intelligentsia que le permiten dar el siguiente paso: dirigirse hacia las masas trabajadoras para fundir el socialismo científico con el movimiento obrero, es decir, para crear el Partido socialdemócrata (palabra que, en aquella época, carecía del actual cariz reformista). La creciente actividad huelguística urge a Lenin y a su grupo (la Unión de Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera de San Petesburgo) a acometer esta tarea. Las prisas, sin embargo, contribuyen a que las capas de la vanguardia rusa menos curtidas en el marxismo desempeñen una actividad de carácter exclusivamente económico, sometiéndose a la atrasada mentalidad de los obreros rasos. De ahí nace, en buena medida, el economismo, corriente que pretende luchar codo con codo con las masas por sus reivindicaciones inmediatas, omitiendo los intereses generales del socialismo, principalmente, el derrocamiento de la autocracia zarista. A finales de siglo, Lenin esboza una táctica para combatir esta tendencia derechista y superar la crisis ideológica, política y organizativa de la inmadura socialdemocracia rusa. Se trata de Iskra, “la chispa” (un homenaje a la expresión utilizada por un militante decembrista 75 años antes), un periódico para toda Rusia que reajusta la línea de intervención de masas, situando al obrero avanzado como objetivo de su propaganda y agitación (política, no exclusivamente económica). He aquí una valiosa enseñanza: la creación del Partido exige la conquista de los sectores más conscientes y consecuentes del movimiento obrero como mediación previa al trabajo sistemático entre los obreros de base.

    Todo va viento en popa. Iskra avanza a velas desplegadas ganando adeptos por toda Rusia, lo que posibilita la celebración del II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR) en 1903 (el Primer Congreso tuvo lugar en 1898, pero apenas dispuso de trascendencia real). Lenin, el “fraccionalista” e “intrigante”, según la historiografía burguesa, sale victorioso, mientras que los “demócratas” mencheviques boicotean el trabajo de los organismos del Partido hasta que, por procedimientos poco “ortodoxos”, se hacen con los puestos de responsabilidad en los órganos centrales, violando las decisiones adoptadas colectivamente en el II Congreso. El Partido se parte en dos. Aquellos que menor respeto guardan por los acuerdos libremente adoptados por la militancia comunista se embarcan, a partir de 1904, y con la revolución rusa de 1905 de telón de fondo, hacia el oportunismo en cuestiones tácticas: alianza con la burguesía, desprecio del campesinado, negativa a dirigir la insurrección, ilusiones parlamentaristas… Pese a ello, presionados por las masas y por la necesidad de preservar la continuidad de la revolución, en 1906 los mencheviques y bolcheviques se reunifican. La condición que Lenin imprime a la unión es la completa libertad y la obligatoriedad de combatir las desviaciones mencheviques. Dos lecciones más de este periodo que va de 1903 a 1906: de los matices, si se rasca, pueden desprenderse concepciones del mundo antagónicas; la unidad tiene como presupuesto la lucha ideológica, sin concesiones al puro practicismo.

    La derrota de la revolución y la victoria de la reacción en Rusia empujan a Lenin al exilio en París. Desde ahí, patrocina un repliegue del bolchevismo: la clave del momento consiste en conservar a los cuadros revolucionarios y llevar a cabo un balance de la revolución rusa. Todo ello combinado con una práctica de masas (participación en las luchas de la clase y el parlamento) que evite el aislamiento. Mientras tanto, el menchevismo apuesta por liquidar al Partido, disolviéndolo en las organizaciones legales de masas. La tensión entre ambas facciones de la socialdemocracia rusa alcanza un punto álgido con el surgimiento del liquidacionismo en las filas mencheviques. Esto impele al bolchevismo a constituirse como un Partido independiente, lo que se materializa en la Conferencia de Praga de 1912. Más que aprender, la convivencia en un mismo Partido con el oportunismo tiene fecha de caducidad, el ala revolucionaria debe escindirse en una organización propia.

    Para 1914, el bolchevismo es ya un Partido de Nuevo Tipo consolidado, es decir, un sistema de relaciones articulado por la vanguardia marxista para vincularse con el movimiento de masas, al que eleva permanentemente hacia sus posiciones comunistas. Pero la guerra mundial interrumpe el ascenso del movimiento revolucionario ruso. Un nuevo revés, al que se le suma la claudicante postura adoptada por la gran mayoría de los partidos socialdemócratas, que firman la “unión sagrada” con su burguesía para masacrar a los proletarios del resto de naciones. Otros, como Kautsky, exigen una paz sin anexiones, al tiempo que sostienen posturas conciliadoras con los elementos socialchovinistas, pretendiendo salvar la unidad de los viejos partidos. Ante este panorama, desde Suiza, Lenin va a presentar sus propias tesis sobre la guerra, estableciendo el principio que cualquier organización comunista debe enarbolar ante los conflictos bélicos imperialistas (algo de especial relevancia en la actualidad): a saber, la consigna de la transformación de la guerra imperialista en guerra civil revolucionaria. En otras palabras, el aprovechamiento de la crisis generada por la guerra para derrocar el gobierno propio, lo que indudablemente traería aparejada la derrota nacional en la guerra. De esta manera, los comunistas demuestran que no guardan celo alguno por sus estrechos marcos nacionales, aplicando en la práctica el internacionalismo proletario.

    La crisis nacional que la guerra imperialista provoca en Rusia precipita la revolución de febrero de 1917, que se produce de manera espontánea. Rusia experimenta desde entonces un escenario de doble poder: el gobierno provisional burgués, por una parte; los soviets de diputados obreros y campesinos, que ceden el poder al primero, por la otra. La llegada de Lenin en abril de 1917 en el famoso tren blindando alemán viene acompañada de unas disposiciones, redactadas por él mismo (las “Tesis de abril”), donde se establece una nueva táctica para los bolcheviques: la reivindicación y difusión del lema de todo el poder para los soviets.

    Entre marzo y octubre de 1917, las masas obreras y campesinas se educan bajo el paraguas de estos organismos armados, que sustituyen las facultades del Estado burgués, dictando leyes propias y ejecutándolas fácticamente. De este modo, se desprenden de todo el servilismo previo para aprender a regir sus propios asuntos y ejercer su propia dominación sobre las clases explotadoras. En la misma medida, desarrollan la facultad de captar subjetivamente el devenir de la totalidad social: es decir, comprenden las relaciones entre las clases sociales y las tareas históricas que de ahí se desprenden al contraponer su propio poder a la dictadura de la burguesía (ahora plenamente desenmascarada como tal) con el objetivo de suprimir la segunda y construir el Estado-Comuna. Pero si bien los soviets pueden operar como una base material para que las masas asimilen este tipo de subjetividad revolucionaria, esta conciencia solo puede “introducirse desde fuera” (Lenin). Esto es, las masas solo pueden identificar este horizonte porque el Partido bolchevique, como depositario de la teoría marxista, se lo señala, porque es capaz dictar un programa de acción independiente. Sin este factor el movimiento espontáneo habría sido absorbido por el gobierno provisional burgués, meta hacia la que apuntaba la dirección oportunista menchevique y socialrevolucionaria de los soviets. Afortunadamente, la victoria bolchevique en los soviets a partir de septiembre de 1917 sella su paso definitivo hacia el campo de la revolución. La madrugada del 24 al 25 de octubre la insurrección liderada por el comité militar del Soviet de Petrogrado entrega el poder al II Congreso de los Soviets de Toda Rusia, inaugurando así, con permiso de la Comuna de París, la primera dictadura del proletariado de la historia.

    Hasta aquí la sucinta evaluación de la trayectoria política de Lenin y el bolchevismo. Por cuestiones de espacio, he omitido los últimos 7 años de su vida, que nos brindan también incalculables enseñanzas. Finalmente, a riesgo de simplificar excesivamente la riqueza de lo real, permítaseme bosquejar un esquema que sintetice las lecciones, ya expuestas, que nos obsequia la experiencia bolchevique hasta 1917: 1) La teoría revolucionaria y su depositaria, la vanguardia marxista, son el presupuesto previo a toda intervención en el movimiento de masas; 2) El Partido Comunista se articula como fusión de la teoría revolucionaria (y la vanguardia) con el movimiento obrero por mediación de los trabajadores avanzados. Se trata de una configuración orgánica libre de oportunismo y fraccionalismo, pero con la lucha ideológica como fundamento de su avance; 3) Los Soviets, dirigidos por el Partido, se instituyen como la estructura de encuadramiento, conquista y educación de las amplias masas en pugna con el Estado burgués. Su objetivo es extenderse hasta la toma completa del poder, que cristalizará en un nuevo Estado-Comuna.

    Autor

    Adrián López Bueno
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    Doctorando en Sociología en la UPV/EHU