Próximo a cumplir 95 años, y ciego como Homero y Jorge  Luis Borges, nos ha dejado para siempre José Manuel Caballero Bonald (Jerez, Noviembre de 1926)

Lo conocí casualmente, junto a Ana María Matute, en un desayuno en el Hotel Reina Cristina en Ronda (Málaga), para un club de lectura. Serio y reservado, no estaba exento de un fino sentido del humor: “Carlos, un escritor no se jubila nunca, si la cabeza no le falla. Aunque cumplidos los sesenta entra en la etapa “de los homenajes”. Primero es dar tu nombre un Instituto, después viene bautizar las calles con tu denominación en una población de Madrid y o una avenida en Jerez; El Ayuntamiento crea una Fundación con tu nombre; te nombran doctor honoris causa por la Universidad de Cádiz, y así mil y una cosas…”.

Fue un escritor clasificado por los críticos literarios como de “La Generación del 50”, junto a Claudio Rodríguez, etc. Pero eso no es sino rascar la superficie de su poliédrica personalidad. Su infancia tuvo varios descubrimientos que le dirigieron para llegar a ser quien quiso ser: la literatura, el flamenco y el mar.

Mencionaba en sus memorias: “Yo quise ser marino y estudie náutica en Cádiz porque quería emular a los héroes de las novelas ambientadas en el mar que yo leía con fruición y fueron mis únicas lecturas durante muchos años: a Stevenson, Salgari, Jack London, Conrad y Melville”. “En cuanto pude me saqué el título de patrón de embarcaciones, y es que cuando se navega solo frente al mar no pasa el tiempo” y tras su siempre recordado naufragio en el río Amazonas mencionaba que “Hay un código no escrito por los viejos navegantes que dice que el que ha naufragado tres veces y se ha salvado, tiene ganada la inmortalidad. De modo que yo ya no navego por si naufrago otra vez, y me salvo y me hago inmortal. Cosa que es bastante engorrosa”.

Otra de sus pasiones fue la “Argónida”, nombre con el que bautizó al Coto de Doñana que conoció en estado casi salvaje y virginal a mediados del siglo veinte, un territorio mítico que impregnó buena parte de su obra, como les sucede a otros escritores andaluces como Antonio Muñoz Molina y su Úbeda natal (Mágina en sus novelas). Gustaba de reunirse con sus amigos literatos- Ángel González y Felipe Benítez Reyes- enfrente de este paraíso, del que sólo los separaba la desembocadura del río Guadalquivir- en Bajo de Guía (Sanlúcar de Barrameda) para degustar copas de “oloroso” mientras daba cuenta de raciones de pescado frito.

Tras estudiar Filosofía y letras en la Universidad de Sevilla (1949-1952) y Astronomía y Náutica en la Universidad de Cádiz, decide irse a dar clases de literatura comparada en Colombia. Y en este auto-exilio de España se casa y tiene su primer hijo. Su distanciamiento físico del solar andaluz, no le hace olvidarlo, sino recrearlo mágicamente en novelas sobre el mundo atávico del Coto de Doñana como Ágata, ojo de gato (1974) y Toda la noche oyeron pasar pájaros (1981). Las influencias de Alejo Carpentier y Gabriel García Marquez, con los que colaboró en diversas iniciativas literarias, se hacen notar en su estilo barroco para contar “lo real maravilloso”.

Las novelas anteriores le valieron para engrosar la nómina de los entonces denominados “narraluces” o “nueva narrativa andaluza”. Y dentro de ellos, de los anti franquistas y simpatizantes de la emergente izquierda de la Transición política: “Cuando regresé de Colombia mediados de los sesenta, la policía antes de cualquier conferencia mía, venía a decirme había quedado prohibida por orden gubernativa”.

El arte poética y los ensayos son géneros que le acompañaron toda la vida, ya que su entrada en la narrativa fue más tardía.

Su primer poemario, Poesía lo publicó con 22 años, en 1948. Cuatro años más tarde le siguieron Las adivinaciones y en 1954, Memorias de poco tiempo. A partir de ese año publicó poesía con mucha asiduidad y en el año 2002 (65 años después) la editorial Visor recoge toda su poesía en un magna antología.

En la senectud escribió su autobiografía –varios tomos-en prosa poética y nuevos libros de poesía, como:”Descrédito del héroe” (1978), Diario de Argónida” (1998) y las antologías “Doble vida” (1989), “Poesía amatoria” (1999), “Años y libros” (2004) y “Ruido de muchas aguas” (2011). Le siguieron “Manual de infractores” (2005), que fue Premio Nacional de Poesía 2006, “La noche no tiene paredes” (2009) o el largo poema autobiográfico “Entreguerras” (2012).

En este último año recibió el Premio Cervantes de literatura, el máximo galardón de las letras españolas.

Corría el rumor en los años de la “Transición” política de que estaba afiliado al partido comunista. Pero pronto vendría su desencanto político, que le hace expresar en una entrevista publicada por el Diario El País (año 2003”:”Cada vez hay más mediocres encumbrados en la política. Esos son los que hacen más ruido” En los días que siguieron al 15-M, alguien le preguntó si se sentía indignado: “Yo estoy indignado desde que nací. Yo escribo contra la degradación de la Historia, contra el gregarismo y la sumisión generalizada. La duda es lo que te hace seguir viviendo”.

Y como dato curioso, si quieren saber de sus opiniones literarias léanse una de sus producciones “Examen de ingenios (año 2017)”, obra de vivencias propias con 94 semblanzas de escritores y artistas hispánicos a los trató asidua o eventualmente como Jorge Luis Borges, Camilo José Cela, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Jaime Gil de Biedma, Mario Vargas Llosa o Francisco Umbral y, por supuesto, sus héroes flamencos como Antonio Gades, Paco de Lucía, la Niña de los Peines o Pepa Flores. De  Antonio Gades decía que “llegó al baile flamenco como podía haber llegado a la pintura o a la música como llegó al marxismo: por pura avidez justiciera de conocimientos

Además, fue un gran aficionado al cante jondo. Retrató este mundillo en cuatro libros memorables: la novela de ambiente jerezano donde retrata a sus antepasados vinateros Dos días de septiembre (1961) y los ensayos: El cante andaluz (1953), El baile andaluz (1957) y Luces y sombras del flamenco (1975).

Muy poco conocida es su faceta de productor cultural. Al respecto, trabajó con artistas tan heterodoxos para el régimen franquista como Luis Eduardo Aute, María del Mar Bonet o Vainica Doble. Y escribió las letras de Encuentros (1985) y ¡Tierra! (1989) para el cantaor flamenco El Lebrijano. Suya es la inmortal letra que le compuso:

“Dame la libertad del agua de los mares. Dame la libertad de la tormenta. Dame la libertad de la tierra misma. Dame la libertad del aire.

Dame la libertad de los pájaros de las marismas, vagadores de las sendas nunca vistas…”

Autor

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Carlos Parejo Delgado (año 1958) es Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Sevilla. Sección de Geografía. Año 1979.

Desde el año 1980 ha desarrollado su labor profesional como consultor en temas de urbanismo, ordenación del territorio y medio ambiente.