“Dominar intelectualmente el mundo con el objetivo de transformarlo”

    “El ser humano es también materia en movimiento. El astrónomo Carl Sagan, en una de sus charlas sobre el universo, dijo ante los oyentes: “somos polvo de estrellas reflexionando sobre estrellas”

    “Marx y Engels forjaron el “socialismo científico” en oposición al “socialismo utópico”, porque solo con el más escrupuloso conocimiento de la realidad, de sus leyes, de su funcionamiento, puede esta ser transformada”

    “Somos polvo de estrellas reflexionando sobre estrellas”

    El Seminario de El Capital de Sarriko, que desde hace más de un lustro conecta a estudiantes, trabajadores y jubilados en torno al estudio del marxismo, ha realizado unas charlas en julio de 2021. La primera sesión ha estado dedicada al análisis marxista de la cuestión de la mujer, la segunda a El Capital, la tercera a la perspectiva marxista del arte y la cuarta al análisis del pensamiento económico burgués. Alguien puede preguntarse a qué viene esta diversidad de temas y si el marxismo-leninismo puede abarcarlos todos. Este texto busca evidenciar que sí.

    A continuación, vamos a ascender a través del conjunto del marxismo-leninismo para abarcarlo lo más posible a grandes rasgos, intentando entenderlo en su totalidad. Vamos a dar cinco giros en espiral, y en todos ellos vamos a tocar esa parte del marxismo-leninismo que es El Capital, cada vez con mayor detenimiento.

    -Primer giro

    Actualmente, dado el nivel de conocimiento científico generalizado, es muy sencillo comprender que todo lo que existe en el universo es materia en movimiento, en transformación. Sabemos que el planeta Tierra es materia en movimiento, y que se formó hace 4.550 millones de años a partir del polvo y gas que giraban alrededor del Sol. Sabemos también que su existencia, como planeta Tierra, no será eterna.

    Por otra parte, las montañas, aunque para nosotros en general parezcan inmóviles, no solo se mueven con el resto de la Tierra a través el espacio, sino que además son un proceso geológico que está en desarrollo, aunque se transformen muy lentamente. El Everest crece medio metro cada 100 años; las placas tectónicas se mueven, y todos los montes sufren la erosión del viento y el agua.

    Para nuestra experiencia directa, es mucho más evidente que la vegetación también es materia en movimiento: crece, se desarrolla y muere. Es materia organizada de una forma específica, muy distinta de la montaña, y está en un movimiento que sí podemos comprobar fácilmente con el paso de las semanas, tanto observando la hierba que se renueva constantemente, como a los árboles que crecen año tras año, dando frutos y cambiando de hojas, y que tarde o temprano mueren, y su materia pasa a alimentar a insectos que devoran la madera y a abonar el suelo que nutre a otras plantas. En este punto, la antigua materia del árbol se transforma y se integra en otras formas de organización de la materia.

    Es evidente que los animales son otras tantas formas distintas de organización de la materia, evolucionadas a partir de formas más elementales, y que cada especie tiene unas cualidades: una fuente de alimento, una forma de reproducirse, de desplazarse, etc.

    Gracias a la ciencia conocemos cómo se dieron muchísimas de las transformaciones que, desde el Big Bang, pasando por la formación del sistema solar y de la Tierra, han dado como resultado todo lo que hoy nos rodea, toda la materia inorgánica y todos los seres vivos. Gracias a la ciencia somos ya capaces de entender este desarrollo de la materia.

    Demos un paso más: el ser humano es también materia en movimiento. El astrónomo Carl Sagan, en una de sus charlas sobre el universo, dijo ante los oyentes: “somos polvo de estrellas reflexionando sobre estrellas”. Es interesante esta frase. Resume millones de años. “Somos polvo de estrellas reflexionando sobre estrellas”.

    Stephen Hawking, en su 70 cumpleaños, mencionó el triunfo de esta capacidad de reflexión señalada por Sagan: “El hecho de que nosotros, los humanos, que también somos meros conjuntos de partículas fundamentales de la naturaleza, hayamos sido capaces de acercarnos tanto a la comprensión de las leyes que nos gobiernan a nosotros mismos y nuestro Universo, es un gran triunfo.”

    Parece que los cosmólogos lo han tenido claro, porque ellos están abocados a concebir la materia en una gran amplitud física y temporal.

    Pues bien, en un texto de 1875, Friedrich Engels, quien acompañó a Marx en todo su trabajo teórico y práctico revolucionario desde 1844 y hasta su muerte, escribió algo muy similar. Lo escribió en un texto breve muy recomendable que se titula “Introducción a la dialéctica de la naturaleza”. En una parte de ese texto, Engels exponía el surgimiento de la Tierra, y, tras ello, de las primeras células, las plantas y los animales. Y decía:

    Así lo expresaba Engels 100 años antes que Carl Sagan y 140 antes que Stephen Hawking. En el ser humano la naturaleza adquiere consciencia de sí misma. Efectivamente, el ser humano es parte de la naturaleza. No venimos de otro sitio. Provenimos de los homínidos. En toda nuestra constitución fisiológica se producen procesos naturales. Tan es así que un simple virus puede liquidarnos.

    Pero el ser humano es un producto de la naturaleza con una cualidad muy peculiar: la actividad consciente, capaz de comprender la naturaleza, de la cual ha emergido, y transformarla.

    Cuando Engels exponía que todo lo existente es materia en movimiento, nos aclaraba: “El movimiento de la materia no es únicamente tosco movimiento mecánico, mero cambio de lugar; es calor y luz, tensión eléctrica y magnética, combinación química y disociación, vida y, finalmente, conciencia.”

    He intentado ser muy breve. Pero como se puede ver, a la filosofía del marxismo-leninismo, es decir, al materialismo dialéctico o, dicho en otras palabras, a la concepción integral del mundo como materia en movimiento, todo le compete, nada le es ajeno. Desde la existencia del universo en la forma más antigua que podamos vislumbrar, hasta cómo el ser humano piensa, pasando por la forma de organización económica de cada sociedad, y también particularmente de la sociedad burguesa. A esto último se dedica El Capital.

    “El pensamiento humano alcanza verdades objetivas; verdades tan precisas que nos permiten manipular la materia y obtener el resultado planeado”

    -Segundo giro

    Son muy diversas las formas de organización y movimiento de la materia. Una montaña difiere profundamente de un gato. Cada forma particular de organización de la materia tiene unas cualidades peculiares, por tanto, está sometida a unas leyes específicas, y en consecuencia es estudiada por ciencias concretas. La geología nos explicará la montaña y sus procesos mientras que la biología podrá explicarnos qué hace posible la vida del gato. Por ejemplo, Carl Sagan nos dijo que éramos polvo de estrellas, pero nos hacen falta algunas ciencias concretas, fuera del campo de la astronomía, para explicar cómo el polvo de estrellas acaba en esto que somos, tan particular; porque todo lo que hay en la tierra es también polvo de estrellas, también una montaña y un gato, y tenemos que poder explicar todos estos diversos resultados.

    Que todo lo que existe es materia en movimiento fue una idea conquistada por la filosofía y la ciencia de la naturaleza, y verificada con cada nuevo avance. Cuando Engels la defendió rotundamente en un libro muy importante que conviene que todo el mundo lea, titulado Anti-Dühring, la idea de Dios quedaba fuera de lugar. No hacía falta para explicar nada. Era ya claro que Dios en realidad era una creación humana de los tiempos en que los seres humanos no podían entenderse ni a sí mismos ni al resto de la naturaleza en suficiente medida. Quedaba rotundamente evidenciado que, para entender la realidad, incluso para entender la formación de algo nuevo, el ser humano debía investigar cómo de un proceso material puede brotar otro cualitativamente distinto. Por ejemplo, cómo el óxido de silicio puede cristalizar en cuarzo; cómo las plantas absorben elementos inorgánicos y, mediante el sol y los cloroplastos, los transforman en elementos orgánicos con los cuales se desarrollan, desprendiendo además oxígeno; cómo este proceso depende del agua y sus movimientos (lluvia, humedad ambiental, deshielo, etc.); cómo los herbívoros se alimentan de las plantas y se reproducen; cómo se alimentan y reproducen los carnívoros; cuál es la interrelación entre todo esto; o una gran pregunta: cuál es el proceso de evolución que dio como resultado al ser humano.

    Como se ve, el materialismo dialéctico, gracias a las conquistas de la ciencia, al concebir el mundo como materia en perpetuo proceso de transformación, impulsa a explorar la realidad de esas trasformaciones, sus causas, sus leyes.

    A primera vista, la realidad es un caos complejo e indescifrable. En el universo ocurren un sinfín de procesos, y ante un solo grano de arena la física cuántica puede hacerse una enorme cantidad de preguntas. La cuestión es que el ser humano lleva mucho tiempo avanzando en la comprensión de toda esta diversidad de procesos. Cada vez comprendemos más y en mayor profundidad, y empleamos esta comprensión de la materia para multitud de actividades: la producción de energía, la producción de bombas nucleares, los avances médicos, las armas biológicas, la comunicación a distancia, etc. Es precisamente en esta apropiación práctica donde se evidencia que el pensamiento humano alcanza verdades objetivas; verdades tan precisas que nos permiten manipular la materia y obtener el resultado planeado (sea este el que sea en nuestras sociedades clasistas).

    Pues bien, al igual que las montañas y los gatos, las sociedades humanas son una forma de organización de la materia; pero una forma distinta. Los humanos, en el marco de unas relaciones sociales dadas en un momento histórico, actúan conscientemente sobre su entorno. Esto ha conducido a que el ser humano haya podido modificar la naturaleza y sus relaciones sociales como ningún otro ser vivo. El movimiento de las sociedades humanas no se rige por las mismas leyes que determinan el comportamiento de otros animales; ni siquiera por leyes similares a las que rigen el comportamiento de los grandes primates.

    ¿De qué dependen los cambios que se han producido en las sociedades humanas desde el neolítico hasta ahora? ¿Por qué el ser humano se extendió por todo el planeta? ¿Qué causó el surgimiento de las primeras ciudades-estado? ¿Cómo surgió la esclavitud? ¿Qué fue lo que propició la aparición del uso del dinero? ¿Por qué el cabeza de familia ateniense tenía derecho sobre la vida y la muerte de su mujer e hijos? ¿Qué hizo caer al Imperio Romano? ¿Cómo surgió el feudalismo? ¿Qué propició el contacto entre Europa y América? ¿Qué relación había entre la industria textil inglesa del siglo XIX y las plantaciones de algodón de los estados esclavistas de Estados Unidos? ¿Por qué desapareció la servidumbre de la gleba? ¿Cómo surgió el movimiento obrero? ¿Por qué se ha ido modificando el pensamiento religioso? Y el arte, ¿por qué lo producen los seres humanos y a qué se deben sus tan diversas formas en cada época? ¿Es todo esto una maraña de hechos azarosos e inexplicables que surgen por casualidad y desaparecen por casualidad, o hay una serie de causas muy complejas y entrelazadas que pueden ser conocidas?

    La respuesta correcta es que, mediante el estudio científico, podemos avanzar en la comprensión de la organización y el desarrollo de las sociedades humanas.

    En este campo Marx y Engels hicieron la mayor cantidad de aportaciones. El Capital es su contribución más grandiosa a esta cuestión, aunque toda la obra de ambos tiene un valor esencial.

     “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidos por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente”

    -Tercer giro

    Marx y Engels, ante, por un lado, las masas de proletarios desposeídos y, por otro, la riqueza de los capitalistas; ante, por un lado, el enorme desarrollo de la técnica y, por otro, las crisis periódicas y la pobreza, buscaron explicar por qué la sociedad estaba inmersa en esta dinámica. Es más, buscaron entender qué regía el desarrollo de las diversas sociedades, no solo de esta. Y además buscaron entenderlo para comprender cómo llegar a una sociedad superior.

    Alcanzaron la siguiente importantísima conclusión:

    De modo que, si queremos entender, por ejemplo, la sociedad ateniense, el estado ateniense, la filosofía ateniense e incluso el arte ateniense, para explicar cómo habían surgido y por qué eran así, es necesario comenzar por comprender el desarrollo de la base económica de esta sociedad: los medios técnicos con los que trabajaban los esclavos y los artesanos, la cantidad de esclavos por cada ciudadano libre, la propiedad de la tierra, el reparto de los frutos del trabajo, la acumulación de riqueza, la herencia, el comercio, etc. Porque sobre estas relaciones de producción, intercambio y propiedad, descansaban el resto de relaciones sociales de la polis ateniense. Y sobre el conjunto de las relaciones sociales, la producción de las ideas. Por ejemplo, el estado ateniense aseguraba la propiedad privada, incluida la propiedad privada de esclavos; era un estado de esclavistas; una superestructura política de una economía esclavista. El arte ateniense se nutría de la mitología griega, es decir, de una concepción fantasiosa de la naturaleza. Esta concepción fantasiosa, inconscientemente artística, tenía sus raíces en el escaso dominio real del ser humano sobre la naturaleza. Sin embargo, este dominio también fue avanzando. El famoso paso del mito al logos, iniciando en la Grecia clásica, expresaba un progreso en este aspecto; correspondía al lento desarrollo productivo y comercial de esta sociedad, y a su dominio creciente sobre la naturaleza. Wilhem Nestle, filósofo alemán de finales del siglo XIX y del XX, recordaba:

    La filosofía no nació en lugar tranquilo, sino en Mileto, el mercado del mundo antiguo, en el que los pueblos del Mediterráneo procedían al intercambio de sus mercancías; y los más antiguos pensadores no fueron ascetas alejados del mundo, sino hombres bien situados, curiosos y abiertos al mundo, políticos en parte.

    En la ciudad portuaria de Mileto, en el siglo VI a. C., el nivel de desarrollo de las relaciones humanas y del dominio sobre la naturaleza comenzaron a precisar la superación de la explicación mitológica del mundo; al menos para los sectores sociales que, fruto de la división de la sociedad en clases, podían dedicarse a la actividad intelectual.

    Del mismo modo, si hemos de comprender las luchas entre señores feudales o las luchas campesinas en la Edad Media, o los conflictos que entonces había entre el campo y la ciudad, o el papel de la religión y el arte en la época, hay que comenzar analizando la base económica: la producción agraria medieval, la servidumbre de la gleba, la propiedad señorial hereditaria, la pequeña producción artesana urbana en desarrollo, los intereses que pagaba la nobleza feudal, el creciente desarrollo del comercio y la industria a costa de la producción agraria, etc. Esto nos permitirá entender la base económica del poder de los gremios urbanos o de los señores feudales —incluido el poder de la Iglesia Católica, el mayor señor feudal de la época, pues poesía al menos un tercio del territorio católico—. Por ejemplo, sabemos que el arte románico surgió en el siglo XI porque el desarrollo agrícola de la época impulsó cierto desarrollo económico que dinamizó las rutas de comercio y, con ello, de peregrinación, lo cual propició un estilo arquitectónico común en aquellas sociedades cristianas. Sabemos que un siglo más tarde el arte gótico comenzó a desplazar al románico en los lugares donde la producción artesanal prosperaba y había mayor desarrollo urbano; cuestión que había tenido por base el desarrollo agrícola y el crecimiento de la población.

    Pero lleguemos al capitalismo. Marx ya nos había señalado que la estructura económica de una sociedad es la base real sobre la que se levanta la superestructura; de modo que entender la base es prioritario. En un prólogo de El Capital Marx dice: “El objetivo último de esta obra es, en definitiva, sacar a la luz la ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna”. La sociedad moderna es nuestra sociedad, aquella en la que domina el modo de producción capitalista. De modo que Marx nos anuncia que la sociedad actual tiene una ley económica, tiene una dinámica generada por su propia organización económica; y esa ley no es evidente, está oculta, pero puede sacarse a la luz, puede comprenderse. En este libro está explicada.

     

    En la actualidad, queda a la vista de todo el mundo que los pequeños negocios van siendo barridos por las grandes cadenas. Esto lo analizó Marx, y si se quiere entender en toda su profundidad, debe leerse El Capital. Esta absorción del pequeño negocio por el grande tiene sus consecuencias. Pequeños propietarios son sustituidos por asalariados a las órdenes de grandes propietarios. Estos grandes propietarios cada vez se enriquecen más. Los asalariados y los grandes propietarios tienen diferentes ingresos y formas de vida e ideologías, que difieren también, a su vez, de las del pequeño propietario. Estas clases tienen intereses económicos enfrentados, y se organizan con una consciencia más o menos clara de ello. Por ejemplo, los trabajadores se organizan en sindicatos para defender sus intereses, mientras que los empresarios, con sus ganancias, entre otras cosas financian medios de comunicación con los que supuestamente nos informamos. Como vemos, un movimiento económico —la creciente desaparición de pequeños propietarios autónomos en favor de la producción capitalista— va implicando una serie de modificaciones en el conjunto de la sociedad. Todo esto puede ser estudiado sistemáticamente, y eso hizo Marx en diferentes trabajos.

    “Es la sociedad actual la que ofrece los cimientos y la fuerza social para construir una superior, lo cual implicará un largo proceso histórico”

    -Cuarto giro

    Marx no emprendió las décadas de estudio que encierra El Capital para satisfacer una mera curiosidad intelectual. Estaba realmente preocupado porque el modo de producción capitalista, aunque propiciaba el avance técnico, ese avance, en vez de aligerar el trabajo, implicó la prolongación de la jornada laboral y al mismo tiempo el despido de parte de los trabajadores. Se generaban ingentes nuevas riquezas, sí, pero se concentraban en manos de unos pocos, mientras entre los trabajadores reinaba la incertidumbre. Había épocas de florecimiento económico, sí, pero iban seguidas de profundas crisis y desempleo. Crecía el dominio de la técnica agrícola, pero también se devastaba el suelo y los bosques, y se contaminaban los ríos. En fin, lo que hoy conocemos.

    Marx, al desvelar el funcionamiento del modo de producción capitalista, logró explicar cómo los trabajadores generan la riqueza que acaba en los bolsillos de los empresarios. Pero, lo que es más importante, logró encontrar, en la propia dinámica del modo de producción capitalista, la vía de su superación. Por eso Marx y Engels forjaron eso que se llamó el “socialismo científico” en oposición al “socialismo utópico”, porque solo con el más escrupuloso conocimiento de la realidad, de sus leyes, de su funcionamiento, puede esta ser transformada. No se construye un puente por mero deseo o imaginación, sino conociendo las leyes de la gravedad y la resistencia de los materiales. Solo así puede desearse o imaginarse un puente que pueda llegar a ser real. Sin ese conocimiento, toda buena intención de hacer un puente puede acabar en un peligroso accidente. Por eso hace falta la ciencia para la transformación, sea para curar una enfermedad, construir un puente o para transformar revolucionariamente la sociedad.

    Marx era consciente de que la importancia de su libro era tal que, en 1864, tres años antes de publicarlo, le decía a Klings por carta: “Espero terminarlo al fin dentro de unos meses y asestar, en el plano teórico, un golpe a la burguesía del cual no se recuperará jamás.” Y en 1867, el mismo año de su publicación, le decía a Becker: es “el más terrible proyectil que jamás se haya lanzado hasta ahora a la cabeza de los burgueses”. Se trataba de un libro que iba a desbaratar toda la ideología burguesa; esa ideología que aún defiende el modo de producción capitalista como algo natural, eterno e insuperable. No es de extrañar, por tanto, que este libro no se estudie en las facultades encargadas de preparar a los técnicos que van a facilitar la valorización del capital, como es el caso de la facultad de Economía y empresa de la UPV-EHU, donde el Seminario de El Capital de Sarriko se desarrolla extracurricularmente.

    Con el estudio que realizó Marx, quedaba claro que el capitalismo es simplemente una fase más en el desarrollo histórico de las sociedades humanas; que el capitalismo surgió en el seno del feudalismo, y acabó liquidando revolucionariamente la producción feudal y llevando a la humanidad a una nueva fase de desarrollo. El mayor elogio al carácter revolucionario de la burguesía contra el mundo feudal, se encuentra en el Manifiesto del Partido Comunista.

    Marx mostró que el propio modo de producción capitalista desarrolla fuerzas de producción cada vez mayores, y que se ve obligado a aumentar el carácter colectivo de la producción. Esto significa que el capital concentra cada vez más a masas de trabajadores en gigantescas empresas y conecta las diversas regiones para absorber más y más trabajo. Las librerías cierran y Amazon se desarrolla. Toda la producción se va interrelacionando cada vez más. A la par, al estar los trabajadores dominados de manera crecientemente masiva por el capital, también se organizan de manera masiva para sus reivindicaciones económicas, y van cobrando fuerza y conciencia.

    La contradicción fundamental del modo de producción capitalista consiste, por tanto, en que la producción es social ―implica a miles, a millones― pero la propiedad es privada. Cuanto más se desarrolla el modo de producción capitalista, más se agudiza esta contradicción fundamental: masas mayores son implicadas en la producción, al tiempo que la propiedad aumenta y se concentra. Con ello, más intensamente se manifiesta esta contradicción en forma de crisis económicas cíclicas, que se vuelven más bastas y profundas, y también se manifiesta más intensamente en el aumento del antagonismo entre, por un lado, la clase obrera y las masas trabajadoras y, por otro, la burguesía. La clase obrera se ve cada vez ante una riqueza más inmensa producida por ella, pero que no le pertenece y que es empleada, o bien para comprar medios de producción que sirvan para continuar extrayéndole más trabajo, o bien para para el despilfarro de lujo de una minoría. (Una parte de la producción de la clase obrera destinada a 11 carísimos minutos de turismo espacial de unos multimillonarios, en un planeta con carencias y problemas ambientales.)

    Todas las grandes empresas actuales funcionan con una jerarquía de puestos asalariados sin que haga falta que el propietario esté presente. La junta de accionistas se evidencia, a todas luces, como un parásito que absorbe riqueza de la empresa, producida por los trabajadores. Para quitarse de encima a estos parásitos, los medios de producción de la riqueza deben ser de propiedad social. Así, con la socialización de los medios de producción, se supera la contradicción fundamental del modo de producción capitalista y se supera este modo de producción mismo, y se comienza a formar la base económica de una sociedad superior, de la sociedad socialista.

    Como las contradicciones del modo de producción capitalista maduran más y más a medida que este se desarrolla, el propio capitalismo sienta más y más las bases para su superación. Como vemos, no se trata de idear una sociedad nueva y completa en la cabeza. Es la sociedad actual la que ofrece los cimientos y la fuerza social para construir una superior, lo cual implicará un largo proceso histórico. De lo que se trata entonces es de la toma de conciencia de la clase obrera de que se le contrata por un salario solo por el hecho de que produce una riqueza superior a la que se le devuelve en ese salario, y la diferencia se la apropia el empresario. Se trata de que la clase obrera se organice políticamente siendo consciente de su lugar en la producción y en la historia. Se trata de la toma del poder por la clase obrera para convertir los medios de producción privados en propiedad social. Se trata de alcanzar una base económica que no esté regida por el capital, sino por una sociedad de trabajadores que producen de manera planificada en función de sus medios y sus necesidades.

    “Para dominar intelectualmente el mundo con el objetivo de transformarlo, es necesario un duro estudio que no puede eludirse”

    -Quinto y último giro

    El trabajo de Marx, al permitir comprender el modo de producción capitalista y la vía de su superación, orienta la acción del proletariado revolucionario. Pero Marx advirtió otra cosa en el prólogo de la edición francesa de El Capital. Dijo que la lectura de los primeros capítulos es

    no poco ardua, y es de temer que el público francés, siempre impaciente por llegar a las conclusiones, ávido de conocer la relación entre los principios generales y los problemas inmediatos que lo apasionan, se desaliente al ver que no puede pasar adelante de buenas a primeras. Nada puedo contra ese inconveniente, sin embargo, salvo advertir y prevenir acerca de él a los lectores que buscan la verdad. En la ciencia no hay caminos reales, y solo tendrán esperanzas de acceder a sus cumbres luminosas aquellos que no teman fatigarse al escalar por senderos escarpados.

    De modo que nos previene Marx: “en la ciencia no hay caminos reales” Hay que viajar al Imperio persa y al Antiguo Egipto para ver qué nos quería decir exactamente Marx con esto.

    En el siglo V a. C, cuando el Imperio persa dominaba hasta el norte de Egipto, el rey Darío I mandó reconstruir un viejo camino, uniendo Susa y Sardes, es decir, más o menos, desde el golfo Pérsico hasta la costa turca del mar Egeo. Los mensajeros persas podían recorrer 2700 kilómetros en unos pocos días. Heródoto de Halicarnaso (484  a.C. – 425 a. C.) el gran historiador de la Grecia clásica, el padre de la Historia, nos legó las palabras más antiguas que se conservan sobre el camino real persa:

    Yo no sé que pueda hallarse de nubes abajo cosa más expedita ni más veloz que esta especie de correos que han inventado los Persas, pues se dice que cuantas son en todo el viaje las jornadas, tantos son los caballos y hombres apostados a trechos para correr cada cual una jornada, así hombre como caballo, a cuyas postas de caballería ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor del sol, ni la noche las detiene, para que dejen de hacer con toda brevedad el camino que les está señalado. El primero de dichos correos pasa las órdenes o recados al segundo, el segundo al tercero, y así por su orden de correo en correo (Heródoto. Historia. Libro octavo. Urania).

    Pues bien, un siglo después de la reconstrucción de este camino, vivió Euclides (325 a.C. – 265 a. C.), un matemático de Alejandría, Egipto. Euclides escribió el tratado geométrico y matemático más importante de la historia, titulado Los elementos. En él reunió todo el conocimiento alcanzado hasta entonces en estas materias. Debido a este libro, la parte de la geometría que primero se desarrolló, aquella que estudiamos en el instituto, la conocemos hoy como geometría euclidiana.

    Los historiadores griegos de la época cuentan que los egipcios inventaron la geometría y se la enseñaron a los griegos. La geometría se había desarrollado en Egipto para dar solución a problemas prácticos (recordemos la famosa frase de Marx: “el ser social determina la conciencia”). Como es sabido, el calendario egipcio se dividía en tres estaciones: inundación, siembra y recolección. Toda la organización económica y política, y la ideológica del antiguo Egipto, descansaban sobre el aprovechamiento agrícola de las crecidas del Nilo. Un importante ejemplo de esto es el siguiente. Con cada crecida del Nilo, los límites de las parcelas de cultivo quedaban borrados, y surgían conflictos continuos al volver a trazarlos. Los egipcios necesitaron desarrollar la geometría, es decir, la medición de la tierra, para resolver el reparto de las parcelas con su tamaño adecuado cada vez que bajaba la crecida. De este modo, los geómetras terminaban con las eternas disputas por los lindes.

    (Entre paréntesis: Cuando a mediados del siglo XX se construyó en Egipto la presa de Asuán, logrando controlar las crecidas del Nilo, el ser humano, empleando entre otras cosas la geometría, dominó el proceso natural que había impuesto 2.500 años atrás la necesidad del surgimiento de la propia geometría. La actividad humana consciente tiene esta profunda capacidad: a partir de determinadas condiciones materiales, el pensamiento logra reflejar aspectos esenciales de esa realidad material ―en nuestro caso, las leyes que explican las superficies planas y los volúmenes―. Pero este reflejo intelectual de la realidad puede ser generalizable; puede no limitarse a aquellas condiciones particulares de surgimiento e incluso, dos milenios más tarde, puede emplearse contra ellas. Tal es el nivel de desarrollo que puede alcanzar la dialéctica de la lo material transpuesto en el pensamiento, y el empleo del pensamiento para orientar la acción que transforma lo material).

    Los geómetras egipcios eran muy necesarios en la época, y por tanto muy admirados. Sabían también calcular las pendientes, los volúmenes de recipientes curvos (como por ejemplo los depósitos de grano) y, por supuesto, los volúmenes de las pirámides. Es importante recordar esta historia a la hora de leer el Anti-Dühring, y en concreto esta cita de Engels:

    La matemática pura tiene como objeto las formas espaciales y las relaciones cuantitativas del mundo real, es decir, una materia muy real. El hecho de que esa materia aparece en la matemática de un modo sumamente abstracto no puede ocultar sino superficialmente su origen en el mundo externo.

    Junto a Euclides, coincidió en Alejandría la Ptolomeo I (367 a.C. – 283 a. C.), un general grecomacedonio que se había convertido en gobernante de Egipto en el año 323 a. C., cuando murió su amigo de la infancia, Alejando Magno, quien había liberado a Egipto de los persas unos años antes. Ptolomeo I probablemente fue el fundador de la Biblioteca de Alejandría. Según recoge Juan de Estobeo, que era el estudioso macedonio del siglo V que hizo la mayor antología de textos literarios de la antigüedad clásica, Ptolomeo I se encontraba leyendo el libro de Euclides Los elementos. Ante la dificultad del libro, Ptolomeo le preguntó a Euclides si había alguna forma más rápida de aprender geometría. Y Euclides le respondió: “No hay camino real a la geometría”.

    De modo que, 2.100 años más tarde, Marx recordaba al proletariado francés lo mismo que Euclides a Ptolomeo: para dominar intelectualmente el mundo con el objetivo de transformarlo, es necesario un duro estudio que no puede eludirse.

    Esta es la tarea que emprende el Seminario de El Capital de Sarriko.

    Creo que por esta vez podemos llevarle la contraria a Marx en un detalle. Por más difíciles que resulten los tres primeros capítulos de El Capital, esta dificultad queda muy por debajo de los años de estudio y la capacidad intelectual que fueron necesarios para desentrañar la complejidad del capitalismo y escribir este libro. En realidad, Marx fabricó para el proletariado revolucionario el camino real persa que recorre la esencia del modo de producción capitalista; por más que ese camino real no dejara de tener 2.700 largos kilómetros, y este 1.000 páginas tan solo en su primer tomo. Sin él, estaríamos vagando erráticamente. Pero con él, vamos más rápido, más lejos y más certeros hacia la comprensión del mundo para su transformación.

    Sin embargo, el camino que construyó Marx, por desgracia, se acaba. Y, al mismo tiempo, el modo de producción capitalista se ha seguido desarrollando desde entonces. Justo por eso tenemos que recorrer lo que nos adelantó Marx y, a partir de él, armados de su conocimiento, continuar explorando. El marxismo-leninismo es una concepción integral del mundo viva, en desarrollo con cada conquista del conocimiento y con cada conquista práctica que abre nuevos horizontes de acción y de pensamiento. Avanzando con el marxismo-leninismo, y haciéndolo avanzar, seremos capaces de comprender la realidad y de organizarnos con riguroso criterio. Todo ello con el fin de alcanzar una sociedad superior a la actual; una sociedad comunista en la cual los medios de producción de la riqueza no sirvan a unos pocos para nutrirse del trabajo de muchos, sino que pertenezcan al conjunto de una sociedad de trabajadores.

    Lo que está en juego no es una mera curiosidad libresca. Así de crucial es asimilar la obra de Marx; pero también la de Engels y Lenin, y la de tantos otros.

    El Seminario de El Capital de Sarriko lo conformamos seres diminutos que estamos intentando subirnos a los hombros de gigantes, para observar desde su altura y saber actuar en consecuencia. Nuestro seminario está abierto a toda persona que esté dispuesta a cumplir esta necesidad histórica. Hablar de “Marxismo hoy” implica estudiar el marxismo pasado, asimilarlo y, con su método, analizar la realidad contemporánea con el objetivo de transformarla, y así enriquecer el legado marxista. Se trata una tarea inmensa que, al emprenderla colectivamente, nos va uniendo a nuevas personas interesadas y va sumando fuerzas.

    Después de décadas de retroceso, y desde una posición débil, el marxismo-leninismo vuelve a avanzar. Cabe esperar cosas de esta década, siempre y cuando nos pongamos a la altura de las tareas que nos impone: la recuperación ideológica y el fortalecimiento organizativo del movimiento comunista.

     

    Notas:

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    Estudió Licenciatura en Bellas Artes en la Universidad del País Vasco y maestría en Sociología Política en el Instituto de Investigaciones Dr. Mora, de la Ciudad de México.

    Ha realizado investigaciones sobre historia del arte del siglo XX.

    En 2018 publicó La disputa de la ruptura con el muralismo (1950-1970): Luchas de clases en la rearticulación del campo artístico mexicano.

    Es miembro de la Asociación Cultural Volver a Marx y del Seminario de El Capital de la Universidad del País Vasco en Bilbao.