Tres momentos, repetidos constantemente, que los marxistas rusos desarrollaron más de tres décadas antes de 1917

Del desarrollo de la hegemonía del proletariado a la dictadura del proletariado media una situación de crisis general que no puede ser cocinada por ningún partido. De ahí la frase de Lenin: “la revolución no se hace, se organiza”

Cada página que uno lee de Lenin y Stalin, hace más consciente al fenómeno consciente en la búsqueda por superar el modo de producción capitalista. A la par, durante estos 104 años, el desarrollo histórico ciego ha sentado unas bases más elevadas para construir el socialismo.

¿Cómo unir estos dos grandes frutos? Los siguientes son los tres momentos, repetidos constantemente, que los marxistas rusos desarrollaron más de tres décadas antes de 1917 (y que continuaron desarrollando después):

1) Esclarecimiento de la teoría entre los propios marxistas (estudiando minuciosamente las obras previas y la situación presente, difundiendo la línea marxista-leninista y combatiendo las desviaciones).

2) Conformación y fortalecimiento del partido obrero (encontrando la forma organizativa, y la estrategia y tácticas para cada etapa histórica; formando nuevos cuadros, sacando a la luz las discrepancias internas del partido en cuestiones de principio, superando estas contradicciones a través de la lucha por la línea marxista y depurando el partido de los elementos oportunistas).

3) Vinculación del partido con el movimiento obrero y con el resto de clases explotadas y sectores conscientes del desarrollo histórico (aprendiendo el partido del movimiento obrero y de otros movimientos de masas, educando el partido al movimiento obrero y a otros movimientos de masas, aprovechando todo elemento de la sociedad decrépita qué de un modo u otro aporte al partido, y nutriendo sus filas especialmente de las figuras más avanzadas del movimiento obrero).

Desde 1883 hasta 1917, estos tres momentos se desarrollaron, partiendo de condiciones muy precarias, débiles y difíciles. No lo hicieron de forma completamente acompasada, sino que en la etapa inicial el desarrollo fue esencialmente teórico. Cada momento afrontaba exigencias concretas, dificultades particulares que el resto no podía atender. El conjunto avanzaba como un todo orgánico en el cual unas partes tomaban protagonismo en uno u otro momento, haciendo fluir consecuencias al resto, nutriendo a los otros aspectos u obligándolos a elevarse a su altura para seguir avanzando.

Y aunque ningún elemento puede completarse sin los otros (pues el marxismo se enriquece con cada conquista del proletariado, etc.), teoría-partido-ligazón con el movimiento no tienen solo un carácter simultáneo. El partido se desarrolla sobre la teoría, es decir, sobre un correcto diagnóstico que defina la acción adecuada. “Sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia”, decía Lenin. La ligazón efectiva con el movimiento obrero y otros movimientos de masas se desarrolla sobre el partido, es decir, sobre una actividad dirigente y de persuasión bien organizada y cohesionada, y bien orientada. “El Partido tiene que incorporar a sus filas a todos los mejores elementos de la clase obrera, asimilar su experiencia, su espíritu revolucionario, su devoción infinita a la causa del proletariado. Ahora bien, para ser un verdadero destacamento de vanguardia, el Partido tiene que estar pertrechado con una teoría revolucionaria, con el conocimiento de las leyes del movimiento, con el conocimiento de las leyes de la revolución. De otra manera, no puede dirigir la lucha del proletariado, no puede llevar al proletariado tras de sí”, decía Stalin.

Si falla la teoría, el partido comienza a fallar interna y externamente; el elemento consciente hierra y su actividad no es capaz de desplegarse como fuerza dirigente; a pesar de todos los esfuerzos, se descompone y pierde más y más incidencia; ni siquiera logra educar a sus cuadros y sostener su actividad interna. El partido de vanguardia deja de facto de serlo. De ahí la afirmación de Lenin en la última década del XIX: “Primero, era necesario preocuparse de reanudar la labor teórica, apenas iniciada en la época del marxismo legal y que había vuelto a recaer sobre los militantes clandestinos; sin esta labor era imposible un incremento eficaz del movimiento”.

Si los tres momentos se desarrollan correctamente, la hegemonía del proletariado crece, arrastrando tras de sí al resto de clases y sectores oprimidos y explotados, incluso a la pequeña burguesía vacilante, que se la arrebata a la dirección imperialista.

Pero del desarrollo de la hegemonía del proletariado a la dictadura del proletariado media una situación de crisis general que no puede ser cocinada por ningún partido. De ahí la frase de Lenin: “la revolución no se hace, se organiza”. Sin embargo, esas condiciones de crisis general las incuba el modo de producción capitalista, desde su base económica, haciendo aparecer todas las contradicciones de manera simultánea a través de sus crisis cíclicas, y a través de las agresiones e injerencias imperialistas de rapiña. Todo ello hace que la cadena imperialista esté en tensión, lista para romperse por su eslabón más débil, dejando en suspenso por un momento la capacidad dirigente de la clase dominante, ante la cual el partido obrero puede reaccionar rápidamente. Por eso la frase de un artículo sobre La Comuna atribuido a Lenin: “A la historia rogando… ¡Y con el mazo dando!” Bajo estas crisis generales, ya no solo los sectores avanzados de la clase obrera, sino hasta los más desinteresados de las clases trabajadoras son lanzados a la arena política y son puestos frente a la maquinaria desnuda que organiza sus vidas. Entonces amplias capas de la población aprenden en unos meses los rasgos principales de lo que el marxismo lleva diciendo casi dos siglos.

35 años de trabajo sostenido para lograr el progreso de los tres momentos mencionados, más la ruptura del eslabón débil de la cadena imperialista, a lo que siguió el establecimiento de la dictadura del proletariado y varias décadas de construcción del socialismo. He aquí los elementos que hacen de la Gran Revolución Socialista de Octubre un fenómeno universal, y de la obra de Lenin y Stalin un indispensable aporte en el cual siempre encontramos elementos de principio para orientar el análisis y la acción contemporáneas.

Autor

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Estudió Licenciatura en Bellas Artes en la Universidad del País Vasco y maestría en Sociología Política en el Instituto de Investigaciones Dr. Mora, de la Ciudad de México.

Ha realizado investigaciones sobre historia del arte del siglo XX.

En 2018 publicó La disputa de la ruptura con el muralismo (1950-1970): Luchas de clases en la rearticulación del campo artístico mexicano.

Es miembro de la Asociación Cultural Volver a Marx y del Seminario de El Capital de la Universidad del País Vasco en Bilbao.