“La construcción de una Etiopía próspera es temida por muchos actores regionales e internacionales”

“Etiopía está inserta en una de las regiones más pobres –sometida a continuas hambrunas-   pero a la vez más estratégicas del planeta, el Cuerno de África”

“Al presentarse toda una serie de hechos trágicos sin contexto alguno, se da la imagen de que hay países condenados a la tragedia, se cae en una perspectiva etnicista o directamente racista por la cual la violencia y la brutalidad son inherentes a determinados “pueblos atrasados”, incapaces de salir de su espiral de violencia, pobreza y subdesarrollo”

“La construcción de una Etiopía próspera es temida por muchos actores regionales e internacionales y si además esa Etiopía por fin mantiene buenas relaciones con dos de sus vecinos que le facilitan su salida al mar, es decir, con Eritrea y Yibuti, y planea una gran infraestructura como la gran presa del Renacimiento, el temor se dispara”

“Tanto la anterior administración Trump como la actual de Biden tienen a China y sus relaciones con terceros países en el objetivo, Etiopía es crucial en el Cuerno de África y tiene un papel relevante en la Nueva Ruta de la Seda que planea la República Popular China”

Hace poco más de un año estallaba un conflicto armado entre el gobierno federal etíope y las autoridades de la región de Tigray, en manos del Frente de Liberación Popular de Tigray (FLPT). La tensión desde el primer enfrentamiento hasta ahora no ha hecho nada más que aumentar y lo ha hecho tanto y de tal manera que incluso se ha venido especulando sobre la caída de la capital, Addis Abeba.

Para hacernos una idea de la dimensión del conflicto y de cómo ha escalado en el tiempo desde noviembre de 2020, damos los siguientes datos: el 9 de noviembre de 2020, ya Amnistía Internacional como el gobierno federal etíope denunciaban  una masacre de civiles cometida por el FLPT en la localidad tigriña de Maikadra; el 15 de noviembre, el FLPT admite haber atacado instalaciones militares eritreas, con el consiguiente peligro de internacionalizar el conflicto;  en enero de 2021, Sudán alertaba de la existencia de más de 60 mil refugiados en su territorio; en febrero, el FLPT aportaba la cifra de más de 52 mil muertos civiles debido al conflicto; en junio, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU advertía de que más de 5 millones de personas,  el 91 % de la población de Tigray, necesitaban asistencia alimentaria de emergencia; también en junio, el gobierno federal etíope admitía la existencia de más de mil casos de violencia sexual en el contexto del conflicto; en julio, la ONU advertía que la hambruna ya era sufrida por más de 400 mil personas y que alrededor de un 1,8 millones estaban al borde de sufrirla. Se calcula que hoy la cifra de refugiados en Sudán puede alcanzar ya las 100 mil personas.

Es común en los grandes medios de comunicación occidentales presentarnos estas tragedias –cuando lo hacen- descontextualizadas, sin perspectiva alguna y sin explicaciones. Se acogen a un supuesto humanismo aséptico no politizado por el que se narran hechos trágicos sin más, con el supuesto fin de sensibilizar a la opinión pública independientemente de “colores  políticos” e ideologías; sin embargo, ese supuesto humanismo en el tratamiento de estos conflictos suele operar como una espesa cortina de humo que trata de ocultar las responsabilidades de Estados imperialistas y sus multinacionales en esos conflictos. Por otro lado, al presentarse toda una serie de hechos trágicos  sin contexto alguno, se da la imagen de que hay países condenados a la tragedia, se cae en una perspectiva etnicista o directamente racista por la cual la violencia y la brutalidad son inherentes a determinados  “pueblos atrasados”, incapaces de salir de su espiral de violencia, pobreza y subdesarrollo.

En el caso de Etiopía ya se vivió una situación parecida en los años 80 del siglo pasado, cuando el régimen socialista del coronel Mengistu Haile Mariam y del Derg –posteriormente Partido de los Trabajadores de Etiopía-, tuvo que hacer frente a una pléyade de “grupos rebeldes” de los diferentes grupos étnicos etíopes, financiados por los Estados Unidos, Israel, Arabia Saudí, Emiratos Árabes e incluso por la Albania de  Enver Hoxha  y la China de Deng Xiaoping; grupos que, a su vez, no dejaban de enfrentarse entre sí con el fin de conseguir la hegemonía,  y que sumió Etiopía en un caos absoluto. Ya en esos años, Etiopía vivió una tragedia humanitaria colosal de la que fue por supuesto responsabilizado Mengistu Haile Mariam y su “régimen de terror rojo” –tal y como fue calificado por los medios occidentales-  y que dio lugar a episodios tan lamentables por parte del mundo del espectáculo de los EEUU como el “We Are The World” del USA for Africa, mientras el por entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, presionaba para que Etiopía no recibiera ayuda humanitaria.

Cómo se ha llegado a este conflicto, cuáles son los contendientes y cuáles sus posiciones y reivindicaciones o qué intereses hay en juego no forman parte de las noticias que se suelen difundir al respecto, y ojo, cuando lo hacen, no lo duden, lo hacen para beneficiar y crear un relato positivo a favor de quienes están defendiendo los intereses de los imperialistas occidentales en competencia con sus rivales chinos o rusos. No falla y lo que está sucediendo en Etiopía es una buena muestra de ello.

Mapa político de Etiopía 

Etiopía está inserta en una de las regiones más pobres –sometida a continuas hambrunas-   pero a la vez más estratégicas del planeta, el Cuerno de África, que comprende  a la propia Etiopía, Yibuti, Sudán y Sudan del Sur, Somalia y Eritrea; a veces suele incluirse a Kenia y Uganda bajo la denominación de Gran Cuerno de África. Etiopía aporta el 80% de la población de la región con más de 100 millones de habitantes, siendo uno de los tres primeros países más poblados de África junto a Nigeria y Egipto. En general, excepto Yibuti centrado en su rol de centro exportador, la navegación comercial y el turismo, la mayoría de estos países, están centrados en la agricultura y la ganadería. Igualmente, entre ellos han sido frecuentes las querellas fronterizas, por ejemplo, la que enfrenta a Etiopía con Sudán por el fértil territorio de al Fashaga y que se ha traducido en recientes escaramuzas entre los ejércitos sudanés y etíope; entre Etiopía y Eritrea que se saldó con una guerra entre ambos de 1998 al 2000; entre Etiopía y Somalia por la región de Ogaden que desató una guerra entre 1977 y 1978 entre dos países que se declaraban socialistas en aquellos años. Además, la situación de una Somalia descompuesta y fallida, con tres territorios prácticamente independientes como Jubalandia, Puntlandia y Somalilandia, objeto de operaciones “anti terroristas” de los EEUU, con presencia de militares de otros países africanos  y con el grupo fanático islamista al Shabaab controlando no pocas zonas del territorio, no deja de ser un continuo foco de inestabilidad que acaba afectando a sus vecinos, últimamente las relaciones entre Somalia y Kenia se han tensado debido a todas estas cuestiones.  

Etiopía destaca por su agricultura, especialmente el café, del que viven en la actualidad, directa o indirectamente, alrededor de un 25% de la población. En general, más del el 30% del PIB corresponde a la agricultura, que emplea al 72% de la fuerza laboral. También destacar el sector minero, en concreto el oro y se está pendiente de la explotación de gas y petróleo en la región de Gambela. Pero el principal recurso de Etiopía es el agua, pero de eso nos ocuparemos más tarde.

Para entrar en materia, la actual crisis y guerra en Etiopía no se puede entender sin las siguientes variantes: 1) la configuración de la Etiopía post socialista; 2) el ascenso al poder del actual primer ministro Abiy Ahmed Ali.

 

La Etiopía post socialista

 

A pesar de toda la propaganda derramada sin ton ni son por los medios de comunicación y la intelectualidad al servicio de los imperialistas, la verdad es que, dado el contexto, y a pesar de errores, el balance que podemos hacer del periodo socialista en Etiopía, de 1974 a 1991, es francamente positivo. Hay un hecho que se suele escapar a la comprensión de la propaganda imperialista y es que la Etiopía socialista, como pasó con Afganistán, pudo sobrevivir al fin de la ayuda soviética. Etiopía, no solo recibió ayuda soviética, hubo países que incluso se destacaron aún más que la propia URSS en su solidaridad internacionalista, como especialmente Cuba (Guerra de Ogaden con Somalia), la República Democrática Alemana o la República Democrática Popular del Yemen (Yemen del Sur). A pesar de una guerra permanente, la Etiopía socialista hizo enormes esfuerzos por la distribución de tierras entre campesinos pobres, erradicar completamente la esclavitud, por la alfabetización de la población –se partía de una situación en la que más del 90% de la población era analfabeta-,  la industrialización, la igualdad efectiva entre mujeres y hombres, y de otro lado, entre los diferente grupos étnicos –más de 80 en toda Etiopía-  y en definitiva, por crear una base material para el bienestar y el progreso de un pueblo que durante el reinado del Emperador Ras Tafari Makonen, Haile Selassie, había vivido en la opresión feudal despótica y tiránica.

Artilleros cubanos durante la Guerra de Ogaden entre Etiopía y Somalia

El esfuerzo de la Etiopía Socialista por salir del subdesarrollo y la miseria tuvo dos consecuencias: una, que la misma pudiera resistir sin ayuda exterior por un periodo de 3 años, desde 1988 a 1991; la otra es que los sucesivos gobiernos post socialistas no llevaran a cabo un desmantelamiento brusco de lo realizado, al contrario de lo sucedido en otros lugares por aquellos años. Aún hoy importante sectores de la economía etíope siguen en manos  del Estado, como el transporte, las telecomunicaciones e incluso la banca, es más, constitucionalmente, como en la época socialista anterior, el Estado es propietario de todas las tierras, ofreciendo arrendamientos. Las privatizaciones han tenido poco alcance, lo que de alguna manera junto a la estabilidad creada por el fin de la guerra y el acceso a programas de ayuda, anteriormente bloqueados, hicieron que la economía etíope despegara y que incluso se hablara del “milagro etíope”.  Durante la década del 2009 a 2019 se calcula que el PIB creció entre un 8% y un 11% anualmente, la pobreza extrema se redujo del 45% en el 2000 al 24% en el 2016; sin embargo, Etiopía sigue siendo uno de los países más pobres del mundo, con unas de las rentas per cápita más bajas de África y aunque su coeficiente Gini de desigualdad se pueda parecer al de Suecia o Noruega, no deja de ser engañoso, ya que estamos hablando de una igualdad por abajo; igualmente problemas como desequilibrios en la ba­lanza de pagos, escasez de divisa extranjera, alto riesgo de endeudamiento y  una tasa de inflación elevada debido a la subida de los precios de los productos alimenticios, son recurrentes.  Etiopía ocupa el puesto 173 en Índice de Desarrollo Humano de un total de 189.

En diciembre de 2019, el FMI aprobó un programa de ayuda trienal de 2.900 millones de dólares para ayudar a las autoridades etíopes a poner en marcha el nuevo plan económico. Es la primera vez desde el año 2010 que Etiopía firma un programa con el FMI. Se trata de uno de los paquetes más grandes que pueden firmarse con el FMI, y es el mayor del África subsahariana.

Etiopía ha atraído aproxima­damente 8.5 mil millones de dólares en inversión extranjera directa (IED), princi­palmente de China, Turquía, India y la UE, aunque también han sido importantes las inversiones de Estados Unidos, Emiratos Árabes y Arabia Saudí. Las inversiones se han realizado principalmente en infraestructura, construcción, agricultura, horticultura, procesamiento agrí­cola, textiles, cuero y productos de cuero.

En general, el gran referente para los diferentes gobiernos etíopes que se han venido sucediendo han sido los ejemplos de China y Corea del Sur. Han sido varios los planes diseñados por los distintos gobiernos etíopes para industrializar el país, para ello China ha sido clave, no por nada, la República Popular China es el primer proveedor de la economía etíope, seguida de Arabia Saudí y la India. Un problema para el desarrollo industrial del país ha sido el energético y es aquí donde entra una cuestión clave y que está relacionado con el conflicto que se está viviendo en la actualidad, aunque no se hable de ello: la gran presa del Renacimiento del Nilo Azul, el principal afluente del Nilo. Se puede decir que con la construcción de esta faraónica infraestructura Etiopía pretende solucionar varios problemas: desde mejorar la agricultura hasta mejorar el acceso al agua potable y, muy especialmente, hacer a Etiopía no solo soberana energéticamente hablando sino con capacidad de exportar energía a sus vecinos, concretamente a Egipto y Sudán. Las obras las ha llevado a cabo una empresa italiana y están financiadas por una entidad bancaria china.

Construcción de la Gran Presa del Renacimiento. IMAGEN: Reuters

La posibilidad de una Etiopía fuerte y unida ha sido una constante preocupación para sus vecinos, para los nombrados Egipto y Sudán, pero también para Somalia. Egipto ha exigido en varias ocasiones el cese de la construcción de la presa debido a la reducción de flujos de agua que pueda suponer y también ha exigido aumentar el flujo de agua del  66% al 90%. Etiopía niega esas acusaciones y argumenta que con esta obra los flujos de agua aumentarán incluso, pero desde Egipto no atienden a razones. En parecidos términos se ha expresado Sudán que teme igualmente una reducción del flujo de agua y que además, como hemos dicho anteriormente, mantiene una querella fronteriza con Etiopía.

Ni que decir tiene que el FLPT  en su lucha contra el gobierno federal etíope ha contado el apoyo entusiasta tanto de Egipto como de Sudán, a su vez, ambos países han contado con los apoyos de Arabia Saudí, los Estados Unidos e Israel.

La Etiopía federal

Prácticamente, en lo político, la Etiopía post socialista ha pivotado sobre dos pilares: 1) el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (FDRPE) como partido-Estado, 2) el federalismo étnico.  El FDRPE fue la entidad que agrupó a los diferentes grupos armados opuestos a la Etiopía socialista que terminó en 1991 haciéndose con el poder. Pero en realidad, el FDRPE estuvo muy hegemonizado en todo momento por el FLPT (Frente de Liberación Popular de Tigray)  y por la etnia tigriña encarnado en la figura del nuevo primer ministro, el dirigente tigriña Meles Zenawi. El FLPT fue el mejor organizado de todos los grupos opuestos a Mengistu Haile Mariam y el que contó con más y mejores apoyos, esto es, Israel, Arabia Saudí y Estados Unidos, y eso a pesar de un proclamado marxismo-leninismo “anti revisionista” inspirado en la Albania de Enver Hoxha, marxismo-leninismo que fue abandonado una vez llegados al poder.

Por su parte, Eritrea conseguiría su independencia en 1993 tras un referéndum de autodeterminación, sin embargo, aunque en un principio este proceso de autodeterminación e independencia se dio en buenos términos entre Meles Zenawi y el líder  eritreo Issaias Afewerki, en 1998 estallaría un conflicto fronterizo que finalizaría en diciembre del 2000, desde entonces hasta hace bien poco tanto Eritrea como Etiopía han estado apoyando a todo movimiento político que procurase un debilitamiento del rival. Desde entonces, incluso después de concluir la paz una vez ya con Abiy Ahmed Ali como primer ministro, surgiría un profundo odio entre Eritrea y el FLPT, a pesar de la numerosa población tigriña en Eritrea y de que el propio Afewerki sea tigriño.

Desde entonces, el predominio tigriña y del Tigray como territorio especialmente beneficiado en la nueva Etiopía serían más que evidentes, levantando los lógicos recelos en otros territorios como el caso de Oromia o de los etíopes de etnia somalí que comprobaban como el Tigray disfrutaba de unos beneficios y privilegios ajenas al resto de Etiopía. Hay que tener en cuenta que la etnia tigriña supone un 6% del total etíope.

En 2018, y tras una ola de protestas, accedería al cargo de primer ministro el Abiy Ahmed Ali –hijo de un oromo musulmán y una amhara cristiana ortodoxa- que se ha caracterizado por cuatro cuestiones fundamentales: 1) el fortalecimiento de una identidad pan etíope sin renunciar al federalismo, dando lugar al Partido de la Prosperidad cuya base, a diferencia del FDRPE, ya no es una confederación de grupos étnicos –donde predominaba el FLP de Tigray- sino una concepción nacional etíope, en principio, sin hegemonías; 2) la firma de la paz  y el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con la vecina Eritrea, recibiendo por ello el Nobel de la Paz en 2019; 3) el fortalecimiento de las relaciones con la República Popular China; 4) una apuesta decida y clara por la gran presa del Renacimiento, esa que tanto temen sus vecinos. Igualmente, ha jugado un destacado papel en la búsqueda de la paz en el conflicto de la vecina Sudán del Sur  y en Somalia, reforzando el liderazgo regional etíope.

El FLPT y los políticos del Tigray en general han venido siendo hegemónicos en los últimos 25/30 años en Etiopía, eso acabó, o mejor dicho, empezó a acabar con el acceso de Abiy Ahmed al poder.  Así, cuando en septiembre de 2020, el gobierno federal etíope se negó a que el Tigray realizará sus elecciones hasta que no se superase la pandemia de la COVID19, la gota ya había colmado el vaso del FLPT; no importó que todas las elecciones, no solo las de Tigray, quedasen en suspenso, aquello fue aprovechado para iniciar el conflicto. En resumen, el retraso electoral fue la excusa del FLPT para atacar a un gobierno que ya no controlaban.

Una guerra contra Etiopía

Como hemos visto anteriormente, la construcción de una Etiopía próspera es temida por muchos actores regionales e internacionales y si además esa Etiopía por fin mantiene buenas relaciones con dos de sus vecinos que le facilitan su salida al mar, es decir, con Eritrea y Yibuti, y planea una gran infraestructura como la gran presa del Renacimiento, el temor se dispara.

Banderas de Etiopía y Eritrea en las calles de la capital etíope Adis Abeba, antes de la histórica visita del presidente de Eritrea en 2018 (Reuters)

Al respecto, el FLPT actúa bajo su propia lógica de hacerse con un poder perdido, pero también bajo lógicas y apoyos externos. El FLPT junto a otros grupos de base étnica (oromos, afares, somalíes, pueblos del Sur, etc.) ha creado el Frente Unido de Fuerzas Federalistas y Confederalistas Etíopes que, no por casualidad, se presentó internacionalmente  en el Club Nacional de la Prensa en Washington, a principios de noviembre.  Nada es casual.

Ya los EEUU bajo la administración de Trump apoyó a Egipto en sus reclamaciones sobre la gran presa del Renacimiento, incitando incluso a que Egipto bombardease la presa; si no fuera por el hecho de que Egipto y Rusia mantienen una alianza respecto a Libia, quizá al Sisi habría seguido los consejos de Trump. Tanto la anterior administración Trump como la actual de Biden tienen a China y sus relaciones con terceros países en el objetivo, Etiopía es crucial en el Cuerno de África y tiene un papel relevante en la Nueva Ruta de la Seda que planea la República Popular China, configurándose como una puerta de entrada y salida en África, además de ser, como ya hemos apuntado, un gran centro de recepción de inversiones chinas. Aunque Biden ha aprobado sanciones contra los diferentes actores que actúan en el conflicto, se hace poco comprensible que permita en su territorio, en Washington concretamente, que una de las partes, el FLPT, haga anuncios públicos a nivel internacional, como ya hemos señalado. Se espera igualmente que EEUU saque a Etiopía del programa AGOA (African Growth and Opportunity Act), un importante programa de ayuda a los ‎países ‎africanos. Etiopía, de ser una aliado fiel a los EEUU en su “guerra contra el terrorismo” en el Cuerno de África invadiendo prácticamente a la vecina Somalia, ha pasado a ser un enemigo a batir. De hecho, ya Abiy Ahmed es calificado como un nuevo Mengistu que intenta reeditar el “terror rojo” de los 80 o un “Stalin africano”, tiránico y cruel, y todo simplemente porque pretende un nuevo modelo de desarrollo –soberano e independiente- y para ello se ha aliado con quien no debía. En esa campaña de desprestigio internacional de Abiy Ahmed, ha sido especialmente activo el presidente de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y conocido miembro del FLPT, Tedros Adhanom Ghebreyesus, igualmente, el gobierno federal etíope ha acusado al presidente de la OMS de ayudar a la desestabilización de Etiopía, financiando la compra de armas a favor del FLPT. Igualmente, el papel de la ONU en todo este asunto aparece turbio y, sobretodo, parcial aportando una excusa humanitaria con la que los Estados Unidos, vía su enviado especial al Cuerno de África, Jeffrey Feltman, pueda interferir en los asuntos etíopes, de hecho ya se ha reportado el envío reciente de 3 navíos militares norteamericanos y un batallón de rangers a la vecina Yibuti.

Los conflictos se suceden en el Cuerno de África, con una Somalia permanentemente en guerra contra sí misma y con no poco de su territorio controlado por los fanáticos de al Shabaab –una franquicia wahabita-, una Sudán donde el último golpe militar ha terminado por decantar la balanza hacia Egipto, Arabia Saudí e Israel, mientras en Sudán del Sur continua el conflicto fratricida , Etiopía se encamina todavía más a un conflicto que puede terminar por destrozar el país y convertirla en una nueva Somalia. Una destrucción nada creativa.

 

Notas:

(1). Guerra de Ogaden. Artículo de Iñaki Urrestarazu. Revista La Comuna. 

 

(2). Trump advierte de que Egipto podría “volar” la presa que construye Etiopía en el río Nilo Azul. Europapress. Pinche AQUÍ para enlace web. 

 

 

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Nacido en Málaga, en 1975, Licenciado en Filología Inglesa por la UMA. Ha militado en organizaciones comunistas y soberanistas andaluzas de izquierdas e, igualmente, en movimientos sociales y populares de Málaga.