La pax americana ha muerto, y tratar de revivirla con Cumbres y nuevas injerencias no la hará revivir”

“Su muy interesada visión de democracia (está) asociada más a sus intereses estratégicos que a asuntos propios de los anhelos de los pueblos a quienes se les interviene”

“El mundo que vivimos hoy exige respeto al multilateralismo y a la determinación democrática de los pueblos”

Posiblemente en otras latitudes las grandilocuentes escenas de la élite estadounidense hablándole al mundo de democracia puedan al menos tener cierto peso, más allá de un mero asunto de poder y de política, es decir, desde una perspectiva ética cuando menos. Pero en América Latina tal cosa viene siendo un discurso cada vez más hueco, desgastado y de poco sustento.

Además, en pleno siglo XXI y con tantas experiencias recientes de imposición mundial de intereses con el cuento de irradiar democracia, derechos humanos, libertad, desarrollo, etc (nada más veamos las barbaries cometidas bajo este manto en Libia, Irak, Siria, Afganistán, Colombia, Bolivia), con consecuencias nefastas para sus pueblos es bastante difícil creer que alguien pueda a estas alturas ya tragarse esa historia sin indigestarse.

Todo esto en razón de la gris Cumbre por la Democracia donde Joe Biden pretendió hacer control de daño de las barbaridades propias dejadas a la luz pública en el período de gobierno de Donald Trump, donde por cierto abiertamente se cometieron violaciones a los Derechos Humanos en el Capitolio de EEUU en enero pasado, cuando no fue precisamente diálogo lo que recibieron las personas que resultaron asesinadas; del papel desastroso de la élite estadounidense en Afganistán al punto de una huída rápida del territorio, al tiempo de procurar reposicionar su anacrónica forma de ver la política en pleno siglo XXI con las reminiscencias de una guerra fría que buscan sostener como pieza narrativa para seguir violando el derecho internacional como lo hacen sin rubor alguno.

Tal cosa apenas se observa cuando de manera muy particular se excluyen e incorporan actores a semejante Cumbre, no tanto por la democracia ni la libertad, temas lamentablemente tan manoseados y convertidos en plastilina por los liberales últimamente para tapar su propia crisis, sino en función de los intereses estadounidenses, para luego abordar el asunto desde la característica visión según la cual no solo ellos tienen el monopolio de establecer qué es democracia, qué son instituciones, qué son libertades, qué es la justicia, qué son derechos humanos, y qué no, y en consecuencia y por atribución de alguna entelequia que nadie conoce, se les otorga el derecho divino de repartir zanahorias y garrotes.

Por ejemplo, a tan peculiar Cumbre, donde hasta presidentes de mentira que no tienen siquiera legitimidad democrática de acuerdo a sus dogmas han sido convocados y hasta han intervenido para justificarse como parte de esos nuevos proyectos de laboratorio de imposición de los intereses estadounidenses bajo el ropaje de la democracia y los derechos humanos, uno de quienes no pasó el examen de estos “demócratas” fue Luís Arce Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia electo en 2020 por una aplastante mayoría del pueblo de ese país, que salió en paz, organización, vocación democrática y de poder a derrotar al más reciente prototipo made in Washington de dictadura del siglo XXI, denominada bajo el eufemismo de “Gobierno de Transición” con Jeanine Añez a la cabeza, personaje que de seguro hubiera estado entre las primeras invitadas a una Cumbre organizada por quienes le han fabricado y que al parecer se muestran muy disgustados por la derrota que el pueblo boliviano y Arce han propinado.

Por supuesto para los latinoamericanos esto no es nada raro, ya que bien sea por el lado de la imposición de dictaduras abiertas como por ejemplo las de Chile, Uruguay, Argentina en el siglo pasado con Plan Cóndor y todo; la protección de modelos políticos que se sostuvieron con un sistemático expediente de violación de derechos humanos a cuestas (el bipartidismo de AD -COPEI en la cuarta República venezolana o lo que sucede hoy en la República de Colombia); amen del nuevo Frankestein político entre los gobiernos de transición llamados “democráticos” (Pedro Carmona en Venezuela, 2002, Jeanine Añez en Bolivia, 2019) y presidentes de fantasía como extensión de sus brazos de intervención y saqueo de las riquezas de una Nación (Juan Guaidó en 2019); no es precisamente de la mano de tan poderosa influencia que ha provenido algo parecido a la democracia o los derechos humanos, sino fruto de las batallas entabladas por los pueblos de este continente que se han sacado la camisa de fuerza impuesta en varias oportunidades, expulsando del juego político algunos de los ejemplos arriba mencionados.

Tal vez por ello una Cumbre tan carente de ética política haya pasado sin mayor concreción. De hecho, los 220 millones de dólares de una especie de fondo para fomentar la lucha contra el “autoritarismo”, por la “democracia”, contra la “corrupción” y por los “derechos humanos” no es algo que se acerque siquiera a un anuncio cuando ya está demostrada la cantidad ingente de recursos destinados para fomentar su muy interesada visión de democracia asociada más a sus intereses estratégicos que a asuntos propios de los anhelos de los pueblos a quienes se les interviene.

La realidad, más allá de este ejercicio de reposición fanfarrona de intereses propios a garrote y zanahoria de acuerdo al actor, el momento y la conveniencia, es que dichas acciones cuestionan más las bases socavadas de un modelo liberal en crisis sistémica con un liderazgo estadounidense cuestionado por tantas tropelías, crisis no necesariamente terminal ya que por ejemplo China se ha trazado la meta de un trasvase hegemónico en esta etapa de la historia de la humanidad, dejando para luego cualquier alternativa sistémica al modelo imperante, cosa que por cierto vienen consolidando.

Esta pretensión de seguir imponiendo a la fuerza modelos cuestionables por las comunidades nacionales, solo logrará el efecto de elevar aún más las luchas y la resistencia para evitar que tal cosa suceda o se sostenga en el tiempo. El mundo que vivimos hoy exige respeto al multilateralismo y la determinación democrática de los pueblos quienes deben construir, sostener, modelar y defender sus propias instituciones en función de algo clave: sus propios intereses y cosmovisiones.

La imposición de una dictadura mundial bajo excusas muy hermosas como simple y acomodada narrativa, ya no es ni posible ni creíble en este siglo salvo que se quiera apelar al desesperado y peligroso expediente de la guerra, cosa que el mundo ha vivido durante su historia y a la cual no estamos nunca exentos; aunque, tal como sucede con el cambio climático y sus efectos devastadores, la amenaza a esta altura sea ni más ni menos que la extinción de la humanidad.

Pero lo real, lo concreto es que la pax americana ha muerto, y tratar de revivirla con Cumbres y nuevas injerencias no la hará revivir…

Autor

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Licenciado en Ciencias Políticas de la Universidad Central de Venezuela.

Estudios en maestría en Seguridad y Defensa de la Nación y Resolución de Conflictos.

Diplomado de Filosofía de la Guerra.

Colaborador en el área de Secretaría de la Asamblea Nacional Constituyente.

Asesor de la Contraloría General de la República.

Asesor de la Gobernación del Estado Falcón en materia de planificación y políticas públicas.

Articulista del Diario Venezolano Correo del Orinoco.