“Dina Boluarte inscribió su nombre en la ominosa lista de quienes decidieron guillotinar la autonomía universitaria”

    “ La Universidad debe situarse en el campo del progreso, y no de la reacción; del avance, y no del retroceso; y en el terreno del cambio social, y no del estancamiento”

    No se veía desde hacía muchísimos años. Fue Manuel A. Odría, el ultimo, que en octubre de 1948 –luego del Golpe que derribara a José Luis Bustamante y Rivero- el que ordenó derribar con tanques la puerta de la vieja Casona de San Marcos en el Parque Universitario, para clausurar la entidad académica y encarcelar a los dirigente estudiantiles de la época.

    Años más tarde –con otro estilo, aunque con mayor vesania- Alberto Fujimori, buscaría el mismo propósito. Él no hizo detener, sino más bien desaparecer a los que consideraba enemigos de su régimen. Así ocurrió en La Cantuta, como todos recuerdan. Como le habían lanzado algunas piedras cuando visitó la Universidad Nacional de Educación, se la tuvo jurada. Calificó de “vándalos” a algunos jóvenes y luego los mató. Eso, ocurrió hace algo más de 30 años. Después, nunca.

    El sábado 21 fue Dina Boluarte la que inscribió su nombre en la ominosa lista de quienes decidieron guillotinar la autonomía universitaria y metió tanquetas policiales al Campus Sanmarquino. Y por si eso no fuera suficiente, allanó la residencia estudiantil, extrajo a los jóvenes –chicos y chicas- y condujo a algo más de 200 a los calabozos de la Dircote por considerarlos “sospechosos de terrorismo”.

    Tamaña afrente no pueda pasar desapercibida, aunque busque camuflarse tras la solicitud de la propias autoridades sanmarquinas quienes tuvieron la desfachatez de pedir “la intervención policial” para enfrentar supuestos desarreglos atribuidos tanto a los estudiantes como a sus visitantes del interior, que acudieran para participar en las recientes jornadas de lucha.

    Mucho se ha escrito en torno a lo que significa la Universidad, y lo que constituye su papel en las sociedades como la nuestra

    Para Ortega y Gasset –es bueno advertir que no se trata de un terrorista del siglo pasado- la Universidad es la institución donde reciben la enseñanza superior casi todos los que, en cada país, la reciben. Pero todos los que la reciben, no son todos los que debían recibirla; son hijos de clases acomodadas, lo que convierte a la Universidad en un privilegio.

    Aunque los años han pasado y las sociedades han avanzado, en nuestro país ciertamente la Universidad sigue siendo de alguna manera un privilegio; si se tiene en cuenta que existen a lo largo y ancho de país millones de jóvenes que, por razones de orden económico, no tienen acceso siquiera a la educación, para no hablar ya de la formación universitaria que constituye un don que se confiere a unos pocos.

    Nuestro Mariátegui, con muchísima razón, nos dijo ya en 1928: En el Perú, “el espíritu de la colonia ha tenido su hogar en la Universidad.  La primera razón es la prolongación o supervivencia, bajo la República, del dominio de la vieja aristocracia colonial”

    Sobre todo, desde los años sesenta del siglo pasado, se luchó mucho en el país por democratizar la Universidad y colocarla en disposición de atender requerimientos más amplios que los heredados. Las grandes huelgas nacionales universitarias de 1960 y 1964 jugaron un papel muy destacado en ese esfuerzo, y permitieron que emergiera, en el conjunto de la sociedad, una mirada nueva, referida al papel de la Universidad de nuestro tiempo.

    Pero esas luchas no fueron episódicas ni ocurrieron en un escenario abstracto. Recogieron lo mejor de la batalla por la Reforma Universitaria que se librara en el Perú desde el Grito del Cusco en 1909; se alimentara con el Mensaje de Córdoba diez más tarde y adquiriera una dimensión aún  más global a partir de 1930.

    Por lo demás, esas luchas se libraron rudamente contra una voluntad medieval afirmada en los claustros, y alimentada por una oligarquía decadente y rutinaria, ajenas por completo a todos lo que implicara progreso y renovación nacional. Quienes estuvimos al frente de los combates de entonces, fuimos conscientes que la Universidad debía situarse en el campo del progreso, y no de la reacción; del avance, y no del retroceso; y en el terreno del cambio social, y no del estancamiento.

    Y esa lucha, que conoció victorias, también supo de momentos amargos:  el hostigamiento, la persecución y la cárcel fue para muchos un lugar común, una suerte de accidente de trabajo, como antes certeramente lo definiera el Amauta. Pero nos templó, del mismo modo que lo que hoy ocurre, servirá para templar a las nuevas generaciones.

    En el escenario de esos combates –recordemos. Brilló con luz propia Max Hernández, quien fuera presidente de la Federación Universitaria de San Marcos y de la Federación de Estudiantes del Perú entre enero de 1961 y septiembre de 1962. Se condujo no sólo con brillantez, sino también con aplomo y valentía, y supo enfrentarse a los poderes tradicionales que lo amenazaron y acosaron.

    Hoy, 6 décadas después, Max Hernández conduce el Acuerdo Nacional y es una personalidad que tiene audiencia y receptividad. Esto último, lo obliga a no callar. Es de esperar que, evocando acciones y opciones que hicieron historia para la Universidad Peruana, asuma un punto de vista definido ante la bárbara conducta de este gobierno contra la Universidad de San Marcos, y sus estudiantes.

    Autor

    Jefe de la edición peruana de Resumen Latinoamericano, ex dirigente y parlamentario del Partido Comunista del Perú (Unidad) y ex secretario general de la Confederación General del Trabajo del Perú.