En el marco de este repliegue táctico estadounidense aquella frase de “todas las opciones sobre la mesa”, están ampliamente ejecutándose en América Latina

“Las pseudo democracias y dictaduras de nuestro continente resultaron arrasadas por una indignada ola de pueblos que se organizaron políticamente para lograr por la vía del voto lo que era ya imposible obtener por la vía de las armas”

“En este continente la ingenuidad se terminó hace rato y al parecer la determinación de imponer fórmulas al interés unilateral de un hegemón continúa. Vendrán nuevas turbulencias”

Pavor ha causado en las cabezas pensantes del liberalismo la izquierda al frente de países y pueblos, vulnerando sus sistemas políticos pactados excluyendo a las grandes mayorías nacionales de América Latina, bajo el manto de los axiomas de institucionalidad y democracia que ellos mismos han definido como únicos de su sistema y además sobre los cuales dicen ser los únicos y exclusivos porta estandartes.

Las pseudo democracias y dictaduras de nuestro continente resultaron arrasadas por una indignada ola de pueblos que se organizaron políticamente para lograr por la vía del voto lo que era ya imposible obtener por la vía de las armas, a pesar del ejemplo de la Revolución Cubana y la resistencia de los Sandinistas en Nicaragua.

Dicha indignación fue creciendo en la misma medida que tanto en el campo de la economía como en lo social las formulas liberales y neoliberales implementadas en nuestro continente, especialmente a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, resultaron un fiasco que solo sostenía el clásico teatro institucional no democrático de reparto de poder entre grupos y la condena (el descarte de hoy parafraseando al Papa Francisco I) a la miseria de los pueblos de este continente, cuestión muy distinta probablemente al modelado Estado de Bienestar que fue edificado en la Europa pos segunda guerra mundial, que no escapa hoy de las dialécticas propias de la batalla entre los derechos de la humanidad y las esferas de explotación del capital, en una etapa de desmonte de ese modelo.

Era sin duda, para nuestra América, la Doctrina Monroe operando a gran escala hasta que se consiguió con frenos difíciles de sortear. La inaguantable exclusión estructural en Venezuela durante los cuarenta años de la denominada IV República (1958 – 1998) reventaron como un volcán en febrero de 1989 y febrero y noviembre de 1992, por una lado desde el pueblo y por el otro desde el sostén institucional mostrando la evidente fractura de un sistema político anclado en el cómodo reparto bipartidista del poder (entre AD y COPEI), el robo electoral sistemático a cualquier fórmula alternativa ganadora fuera de estas organizaciones políticas, y la imposición de un modelo neoliberal abiertamente fracasado en materia de generación de desarrollo y progreso para nuestras sociedades, aunque sí para pequeños grupos muy contentos con el statu quo existente.

Uno pudiera ahondar en otros casos con sus semejanzas y diferencias al caso venezolano, pero tomemos dos ejemplos muy recientes. En Chile luego del salvaje golpe de Estado contra Salvador Allende (en nombre de la democracia y la libertad como usan mucho los liberales) el 11 de septiembre de 1973, la imposición de una doctrina de shock con Milton Friedman como mentor, más de cuarenta años de neoliberalismo y papeles y más papeles llenos de cuentos de desarrollo, progreso y bienestar; la realidad de la Chile profunda estalló como un volcán en 2019 con una juventud hipotecada hasta para poder llevar a cabo sus estudios.

Este reclamo, lejos de ser un asunto de agenda Revolucionaria, simplemente pedía y aún exige dos cosas: más derechos sociales, menos neoliberalismo y un futuro sobre todo para esa juventud que nació al margen del sistema político de la dictadura y de la democracia formal impuesta como transición sin cambios en el modelo económico y social. Demostrado quedó al mundo la farsa de un sistema sentado sobre una de las dictaduras más salvajes del continente, con más de 30 mil muertos y desaparecidos a cuestas, protegida además por la Casa Blanca y sus instituciones pensantes que hoy pretenden cínicamente adueñarse de conceptos como la democracia, son semejantes ejemplos en contra.

Otro caso es el Estado Plurinacional de Bolivia, con una agenda de desarrollo y progreso económico y social que, tal como lo impulsó Evo Morales Ayma desde el 2006, colocaba al interés del pueblo de esa Nación en primerísimo lugar, como debe ser en el caso de cualquier Estado que se precie.

Bueno en 2019, con la alianza entre militares, la Organización de Estados Americanos, sectores extremistas de la clase política y con la protección y apoyo logístico de Washington así como de los gobiernos de Argentina y Ecuador, no solo procedieron a dar un golpe de Estado, desconociendo una victoria democrática y electoral de Evo en primera vuelta, con una maniobra barnizada como “gobierno de transición”, sino que en muy poco tiempo procuraron el montaje de una salvaje dictadura que hizo recordar las brutales experiencias vividas en el continente durante el siglo pasado.

La organización popular y la resistencia del pueblo boliviano, culminó en una aplastante victoria de Luís Arce Catacora en la elección presidencial de 2020, apoyo democrático que hoy nuevamente pretende ser desconocido por una derecha boliviana y regional con el firme mandato de evitar una nueva ola de gobiernos de izquierda en este continente.

Tomamos estos ejemplos para hacer ver que, más allá del debate sobre democracia, libertad, igualdad, justicia social, o cualquier otro asunto, la izquierda en América Latina se viene convirtiendo en una opción de poder real en el continente y desde una perspectiva de organización política democrática pero con una agenda clara de transformación social que hoy pugna con una derecha continental anclada en la fórmula neoliberal que básicamente poco o nada ha dejado en materia de progreso y desarrollo a esta Región.

El reciente triunfo de Daniel Ortega en Nicaragua confirma esto, al margen de los clásicos cuestionamientos de anti democracia cuando la realidad es que la oposición de ese país quedó muy dividida después de la derrota de su insurrección violenta en 2018, fraguada con el respaldo abierto del gobierno de Donald Trump, en el marco de implementación de esos ejercicios de Maidán tropical impuestos al continente teniendo a Venezuela como principal laboratorio de aplicación.

Todo lo anterior deja claro el difícil tránsito de los pueblos de América Latina en el futuro que se nos viene, no solo por la pretensión de imponernos una sola forma de pensamiento, el liberal, y una sola forma de relacionarnos con el mundo, solo y exclusivamente con los EE.UU, sino además por la creciente organización de una izquierda con voluntad de poder lista y dispuesta a asumirlo y generar así transformaciones que hagan trascendernos pragmáticamente a los clásicos modelos fracasados en nuestra región.

En tal contexto las elecciones regionales en Venezuela (21 de noviembre de 2021); la Elección Presidencial en Chile (21 de noviembre 2021, primera vuelta); las elecciones generales en Brasil y Colombia (2022), serán un marcador en sí pero además marcarán como puede devenir ese contexto complejo donde sin duda la agenda política estadounidense definirá su ruta con el continente en clave Biden, considerando además que en noviembre de 2022 hay elecciones de medio término en el congreso de los EE.UU, con gran opción de victoria del Partido Republicano.

Por ahora es evidente en el marco de este repliegue táctico estadounidense que aquella frase de “todas las opciones sobre la mesa”, están ampliamente ejecutándose en América Latina, siendo una de las fórmulas más brutales la ejecutada en Haití, cuyo magnicidio parece haber pasado tranquilamente bajo la mesa.

Como en este continente la ingenuidad se terminó hace rato y al parecer la determinación de imponer fórmulas al interés unilateral de un hegemón continúa, pues parece que vendrán nuevas turbulencias.

Esas que llevan a concluir lo que hace un par de meses me dijo un amigo: “este continente hoy día es una barrio peligroso…”

Autor

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Licenciado en Ciencias Políticas de la Universidad Central de Venezuela.

Estudios en maestría en Seguridad y Defensa de la Nación y Resolución de Conflictos.

Diplomado de Filosofía de la Guerra.

Colaborador en el área de Secretaría de la Asamblea Nacional Constituyente.

Asesor de la Contraloría General de la República.

Asesor de la Gobernación del Estado Falcón en materia de planificación y políticas públicas.

Articulista del Diario Venezolano Correo del Orinoco.