“No puede existir andalucismo sin reivindicación social e identitaria. De nada sirve la arbonaida sino está manchada de barro.”

    “La memoria es la historia que escriben las mujeres y hombres vencidos, perseguidos, vulnerables, marginados. La escriben en las palabras que callan y sólo comparten en la intimidad”

    “Pedimos la Candidatura a los descendientes de moriscos-andalusíes al Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Y nada. Los premios se fallan en el Hotel Reconquista, con eso lo digo todo.”

    “El Flamenco es tan mestizo como el pueblo que lo ha parido.”

    “No reconocer Al Ándalus como uno de los sustratos culturales de nuestra historia te coloca a la misma altura de quienes legitimaron la expulsión, quema y represión de nuestros moriscos, judíos, gitanos, liberales, protestantes, republicanos o negros.”

    Antonio Manuel (Almodóvar del Río, 1968). Doctor en Derecho, Profesor de Derecho Civil de la Universidad de Córdoba, autor de varios ensayos jurídicos como el reconocido “Laboratorio Jurídico sobre Desahucios”. Siendo muy joven ganó con su primera novela “Nenia” el Premio Nacional Amador de los Ríos, y poco después la Beca de Creación Literaria de la Diputación Provincial de Córdoba con “El desmayado vuelo de las cigüeñas”. Tras algunos poemarios, se dedicó a la música como miembro fundador y compositor del grupo Deneuve, con el que grabó varios discos (“El amor visto desde el aire”, “Llueve revolución” o “El adiós salvaje”). Colaborador en medios de comunicación, con el guion de “El Velo” obtuvo el Premio de Cine de Denuncia Social de Salobreña. Siempre ha compaginado su labor creativa con la docencia y el activismo social, cultural y político. Investigador del Al-Ándalus y Patrono de la Fundación Blas Infante.

    ¿Qué es lo que tú entiendes por “memoria”?

    Respuesta:

    La memoria es la historia que escriben las mujeres y hombres vencidos, perseguidos, vulnerables, marginados. La escriben en las palabras que callan y sólo comparten en la intimidad. La escriben en los gestos que aprendieron de sus madres, aunque ya no sepan qué significan. La escriben en los aromas de sus dulces y de las flores de sus macetas. La escriben en el aire y a nosotros nos toca llevarla al papel, ejercer de trujamán para descifrar los mensajes que encierran, y blandirla contra la historia oficial que mandaron escribir los poderosos en su contra. La memoria es el silencio de una viuda represaliada para proteger a sus hijos. La memoria es una siguiriya que encierra los traumas de los pueblos que la cantaron para no olvidar. La memoria es un derecho y un deber de quienes tenemos conciencia de pueblo y de clase. Y molesta. Claro que molesta. Porque impugna toneladas de libros que cuentan nuestro pasado como una sucesión de guerras protagonizadas por hombres, y margina a quienes murieron en ellas, a quienes sobrevivieron a pesar de ellas y, especialmente, a quienes los vencedores mataron o represaliaron por defender la libertad de ser, sentir y pensar. Decía Todorov que “ninguna institución del Estado debería poder decir: usted no tiene derecho a buscar la verdad de los hechos, quienes no acepten la versión oficial del pasado serán castigados”. La memoria es la rebeldía de quienes reivindican su legítimo derecho a formar parte de la historia.

    Ejerces como profesor ¿Cómo se quedan los alumnos/as cuando les hablas de lo perdido a causa del nacional catolicismo?

    Respuesta:

    Soy profesor de Derecho Civil y soy una víctima más de lo perdido. No hablo en clase de estas cosas porque mi materia también forma parte de lo perdido. Cuando en las facultades de Derecho de España se estudia historia se omite por definición el derecho andalusí, quizá el que más tiempo haya estado vigente en gran parte de la península. Una prueba sangrante de la extranjerización de nuestro pasado. Igualmente, se aluden a los derechos forales, pero tampoco se estudian como es debido allá donde rige el derecho común, es decir, el derecho de Castilla. Ambos hechos evidencian el inmenso poder del nacionalcatolicismo castellano, que considera extraño, ajeno a nosotros, todo aquello que provenga de otra religión o de otra lengua, especialmente si rezan en árabe y extinguidos contra el suelo. Un ejemplo doliente de esto que digo es el reconocimiento a los originarios de países vinculados culturalmente con España para adquirir la nacionalidad, incluidos los sefardíes, pero no se nombran a los moriscos expulsados, ni a los nacionales de Marruecos, ni del Sáhara. Qué más da que guarden durante siglos las llaves de su casa de Granada, que ayudaran al dictador en la “cruzada contra la república”, o que tengan DNI español en un campo de refugiados en Argelia. Nuestro Estado les ha dado la espalda y por eso no aparece huella alguna de su existencia en el Código civil. Fui promotor de una iniciativa legislativa para reparar esta ausencia, admitida a trámite por el Parlamento andaluz, pero ignorada por el Congreso y el Senado. Incluso pedimos la Candidatura a los descendientes de moriscos-andalusíes al Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, cuando se cumplían 400 años de su expulsión, de la mano y por identidad de razón y derecho que el concedido a los sefardíes. Y nada. Los premios se fallan en el Hotel Reconquista, con eso lo digo todo.

    También eres divulgador de la historia ¿Se podían buscar archivos que pudieran contrarrestar la versión nacional católica de España durante la transición?

    Respuesta:

    Con sinceridad, no entiendo bien tu pregunta. Quiero creer que te refieres a lo que la transición pudo suponer en el cambio de esta visión. Si es así, para el nacionalcatolicismo, España es una nación preexistente al periodo andalusí que se constituye definitivamente como Estado tras la conquista de Granada, al decretarse por los Reyes Católicos una unidad política, religiosa y cultural. Esta visión propia del antiguo régimen se mantiene intacta todavía en el escudo de la bandera constitucional: cruz, corona y división por reinos. Así que, por lo pronto, en lo simbólico poco hemos cambiado. El colmo es que nunca fue así. Salvo la uniformidad religiosa, impuesta a sangre y fuego por la Inquisición, se mantuvo la diversidad jurídica y lingüística hasta la llegada de los borbones. Es cierto que éstos intentaron abolirla, y reitero intentaron porque ni a fuerza de guerras lo consiguieron. Resulta paradójico que hayan sido los liberales quienes pidieron esta unidad y que hayan sido históricamente los sectores más reaccionarios (monarquía, nobleza e iglesia) los que la impidieran. Hasta el mismísimo Franco que depuró toda diversidad ideológica, religiosa y lingüística, no tuvo más remedio que reponer los derechos forales.

    Así que no hay mayor mentira que la impresa en las pesetas: España no era ni una, ni grande, ni libre. La transición pudo y debió ser la oportunidad para enterrar el nacionalcatolicismo en España, el lastre que nos impidió acceder a la modernidad revolucionaria y el verdugo que sepultó los intentos en ambas repúblicas. Recuerdo siendo niño cómo se cambiaron los nombres franquistas de la mayoría de las calles, cómo se empezaron a abrir fosas comunes, cómo dejaban investigar en los archivos de las cárceles y tribunales para sacar a la luz la verdad enterrada por el fascismo. Pero una vez frustrado el golpe de Estado, alguien decidió que para ser modernos no podíamos mirar más hacia atrás. Llegó la movida y una generación entera comenzó a beberse sin pensar la libertad por la que se habían dejado la vida las generaciones anteriores. Fue injusto. Y una pena que ahora estamos pagando: aquella ignorancia feliz se ha convertido en triste sementera del fascismo.

    ¿Por qué estudiar las civilizaciones del antiguo Al-Ándalus?

    Respuesta:

    Al Ándalus fue una civilización. Una sola. Una cultura de culturas. Una identidad compleja, caleidoscópica, donde coexistieron no sólo distintas confesiones religiosas, también distintas lenguas, distintas etnias, distintas estructuras y periodos políticos. Y no importa a qué dios rezaran o el color de su piel, todos hablaban las mismas lenguas, vestían de la misma manera o construían sus edificios con las mismas artes, porque la civilización era una, una sola. Y nuestra. La generalidad de la población, como ocurrió en todas las épocas de nuestra historia, era peninsular. Y quienes no lo fueron en origen, acabaron siendo andalusíes desde la primera generación. ¿O es que el rey actual sigue siendo francés por ser descendiente de Felipe V? Si no lo es, tampoco son árabes los descendientes de cordobeses, de padres cordobeses y abuelas cordobesas, aunque hablasen en árabe o rezaran en la Mezquita. Es necesario conocer Al Ándalus porque forma parte de nuestra historia, de la nuestra, no la de otros. Apenas dedicamos un par de lecciones en los libros de historia a nuestra época más longeva. Nos sabemos de corrido los nombres de monarcas y validos castellanos, y no sabemos escribir siquiera el de los emires y califas andalusíes. Somos incapaces de decir una obra de Maimónides, Averrores, Abu Madyan o Ibn Arabí, siendo pensadores y sabios claves en la historia de la filosofía universal.

    Estudiamos lengua española a partir de las jarchas y zéjeles, y despreciamos obras maestras de la literatura como las de Ibn Hazm, Ibn Zaydun, Ibn Jaldún, Yehuda Levi, Ben Nagrella o Ben Gabirol. Desconocemos por completo que las mujeres en Al Ándalus llegaron a ser regentes, médicas, astrónomas, sabias, músicas o poetas, cuando en el resto de la península o Europa era una aberración perseguida. Son científicos andalusíes los que ponen nombres a los cráteres de la Luna… Quede claro que en absoluto pretendo idealizar Al Ándalus, sólo normalizarlo e impedir esta demonización interesada que llama “invasión islámica” frente a romanización, llegada de los godos, reconquista o descubrimiento de América. ¿El resto de civilizaciones de nuestra historia no invaden? Claro que hubo conflictos en ocho siglos, ¿acaso esta civilización prepotente y supremacista no vivió guerras mundiales, civiles, repúblicas, dictaduras, monarquía… en los primeros 50 años del siglo XX? Al Ándalus no sólo nos dejó los monumentos más importantes de nuestra geografía, miles de palabras, recetas y topónimos: Al Ándalus es una tesela más del mosaico de nuestra alma.

    ¿Al-Andalus es Andalucía?

    Respuesta:

    No. Ni Andalucía es Al Ándalus, ni Al Ándalus es Andalucía. En Al Ándalus se funda Madrid. Al Ándalus pone nombre a Valladolid, a Alcalá de Henares, a Guadalajara o a las ramblas y al raval de Barcelona. Al Ándalus forma parte de la historia de la península ibérica, también de Portugal. Dicho esto, es palmario y sólo un necio o un fundamentalista podría negar la extraordinaria influencia de Al Ándalus en lo que hoy llamamos Andalucía. Primero, porque la mayor parte de sus ciudades más luminosas estuvieron aquí. Y segundo, porque su legado se mantuvo en Andalucía durante más tiempo. A mi juicio, uno de nuestros hitos identitarios proviene de la resistencia a olvidar aquella huella. Y no hablamos de algo que no ocurriera en otros momentos y con otros pueblos de nuestra historia. El pueblo aprende nuevas lenguas, pero no abandona expresiones y sonidos que ya le habitaban en la garganta. El pueblo se convierte a otra religión, pero no olvida tradiciones que persistían desde cientos de años. También ocurrió tras la caída de Al Ándalus. Sólo que, en este caso, la persecución cerril e inhumana del distinto generó una cultura de resistencia, especialmente en Andalucía, que ha determinado buena parte de nuestra idiosincrasia bipolar: rechazando como nadie todo aquello que huela a Al Ándalus; y, a la vez, amando como nadie todo aquello que huela a Al Ándalus. Por esa razón, Al Ándalus no es Andalucía como yo no soy mi abuela, pero la identidad andaluza tiene trazas de aquel Al Ándalus y de su intento de exterminio, igual que mis abuelas también habitan en mí.

    ¿Qué fue la Asamblea Andalucista de Ronda de 1918?

    Respuesta:

    Quizá sea el germen simbólico del andalucismo. Suelo decir que el mismo día en que se celebró aquella Asamblea fundacional por Blas Infante, donde sólo había hombres, las faeneras de Málaga se dejaron la vida reclamando pan para sus hijos. Mientras se proyectaban en un casino los símbolos y el ideario del nacionalismo emancipador para Andalucía, las andaluzas lo demostraban en la calle. Blas Infante necesitaba de ambas cosas: de un ideal que recogiera la necesidad y la urgencia de liberar al pueblo andaluz de los males provenientes del caciquismo y del centralismo, y de una sociedad concienciada que lo pusiera en práctica. Por eso, aquel germen que se plantó en Ronda, Blas Infante lo volvió a convocar en Córdoba en 1919, el mismo año que los jornaleros y obreros de la ciudad se manifestaron tras la primera pancarta que rezaba “Viva Andalucía Libre”.

     

     

    Asamblea Andalucista de Ronda, 1918 

     

    A mi juicio, esta sucesión de los hechos demuestra que las Asambleas de Ronda y de Córdoba son complementarias y no pueden entenderse de manera separada, porque Blas Infante así lo quiso. No puede existir andalucismo sin reivindicación social e identitaria. De nada sirve la arbonaida sino está manchada de barro.

    ¿Qué te motivo a publicar tu libro “La huella morisca”?

    Respuesta:

    Cuando iba de pueblo en pueblo explicando las huellas de resistencia cultural tras la conquista de Al Ándalus, a la gente se le iluminaba los ojos. Se reconocían en ellas. Veían a sus padres lavándose “agafar” como musulmanes conversos (moriscos) o a sus madres haciendo sábado como judías conversas (marranas). Pero les faltaba entender que esa manera de recordar olvidando, manteniendo gestos y palabras con esa rebeldía íntima, obedecía al trauma de una represión contra sus antepasados, similar a la que padecieron republicanos o cualquiera que se sienta discriminado por su género, etnia o religión. Necesitábamos entender lo ocurrido para entendernos ahora. La Semana Santa andaluza es distinta a la leonesa porque obedece a razones que van más allá de una fe mal demostrada. Nuestra forma de hablar es distinta a la de un palentino porque obedece a razones que van más allá de una lengua mal aprendida. No somos herederos de un pueblo menor, torpe y pobre, sino de hombres y mujeres que se vieron forzados a convertirse al catolicismo y al castellano para sobrevivir generando una identidad única y universal. La huella morisca es un espejo del alma. Una catarsis para quien la lee. Acaba de alcanzar la sexta edición y la escribí hace más de diez años. Está más viva que nunca. Y no me cabe duda de que es así porque los ecos de aquel trauma que nos marcó para siempre también bullen a nuestro alrededor, desgraciadamente.

    ¿Por qué “Flamenco” es una palabra huérfana?

    Respuesta:

    El Flamenco es tan mestizo como el pueblo que lo ha parido. Y por esa sencilla razón, la etimología Flamenca debe manar de ese mismo pueblo. ¿Qué tiene que ver nuestra expresión popular más identitaria con Flandes? ¿A qué obedece este empeño, este sinsentido, de buscar más de veinte teorías sin fundamento científico para hilvanar una soleá con Brujas, una siguiriya con Gante o una taranta con Amberes? Flamenco es una palabra huérfana para quienes se niegan a ver esta evidencia, entre otras razones, porque no se había realizado una teoría etimológica que abordara el Flamenco desde la coherencia de indagar en las lenguas de los pueblos que lo parieron: moriscos, marranos, castellanos, gitanos, negros y americanos. Cuando le preguntaba a mi hermano y Maestro Manolo Sanlúcar por esta sinrazón, él me respondía: “porque este pueblo teme a la ignorancia”. Alguien decidió que el Flamenco nació por generación espontánea en el siglo XIX otorgando a las primeras pruebas documentadas el rango de partida de nacimiento.

    Como si por encontrar una foto a los 50 años implicara que nací entonces y que ni mis padres ni mis abuelas influyeron en lo que ahora soy. Este absurdo se completa con lo que llamo “teoría de la azafata”. Esta palabra proviene del árabe andalusí azafate (az-zafat), quien lleva la bandeja. Pues tan disparatado es afirmar que en el siglo X existían vuelos comerciales porque la palabra proviene de Al Ándalus, como intentar buscar la etimología de la palabra sólo desde el comienzo de la aviación. Las palabras preexistían al Flamenco, tal y como lo conocemos ahora. Un ejemplo es la propia “Flamenco” que pertenece al género que denomino “palabras refugio”, es decir, expresiones en otra lengua de la que olvidamos su significado (habitualmente el árabe) que se acomodan al sonido de una palabra castellana. En este caso, Flamenco provendría de “felah” que significa campesino, y “menkub” que significa desahuciado, desposeído, afligido, sin nada, privado de su propio ser.

    Algunos ven de manera burlona el “ceceo” de los andaluces/as a la hora de hablar ¿Por qué esa manera de hablar es importante para la identidad andaluza?

    Respuesta:

    Partamos de una evidencia incontestable: el ceceo, zezeo, jejeo, seseo y otras variantes sonoras que no encajan exactamente con la grafía del castellano, no son propias de Castilla, ni de León, ni de Asturias, ni de Cantabria. De manera que si el sur peninsular (para no circunscribirnos sólo a la actual Andalucía) fue repoblado por el norte, ¿de dónde provenían estos malhablados? Con la misma lógica de la “teoría de la azafata”, partiendo de una premisa equivocada, la única respuesta es que tuvieron que quedar andalusíes y que fueron/somos muy malos alumnos y aprendimos mal y aún no hemos corregido la tara. De manera que ya se nos cae un mito: el de la repoblación. Andalucía no puede ser hija de repobladores porque entonces no se entendería por qué hablamos tan mal el castellano. ¿Entonces por qué? Hasta los lingüistas que aceptan la versión oficial de la historia reconocen que estas variaciones surgen en el siglo XV y XVI, es decir, justo después de la conquista y del proceso de interacción entre moriscos dispersados. Y me pregunto ¿no será que estos que quedaron aprendieron la nueva lengua como habían hecho ya con las anteriores, mezclando sonidos y palabras conocidas con las nuevas? ¿No fue así como nació el árabe andalusí, mezcla del árabe con el romance? ¿Y por qué no pudo ocurrir igual con el castellano? A mi juicio, nos falta soberanía intelectual para poder afirmar con rotundidad tesis lógicas y coherentes con la verdad histórica, sin caer en estas piruetas de funambulista en las que se dice una cosa y la contraria. Estos malos alumnos fueron los que llevaron el andaluz por toda América que, por cierto, también aprendieron el castellano igual de mal. Reivindicar nuestra lengua y forma de hablar, una en su diversidad, diversa en su unidad, con léxico y fonética propias, es también mi manera de ser persona.

    Sectores españolistas acusan al andalucismo de darle abanico al islamismo ¿Qué opinas de esta acusación?

    Respuesta:

    Que son unos ignorantes y unos xenófobos. El andalucismo reivindica una identidad cultural propia como presupuesto legitimador de su identidad política. Las dos son indisociables para salir de esta endémica economía extractiva, de la subalternidad frente al centralismo y de la prostitución de nuestro acervo cultural. Y todo ello sin un átomo de supremacismo y sin negar la identidad de nadie. Quien nos acusa de eso, por el mero hecho de hacerlo, se coloca en mis antípodas porque ha construido su identidad desechando una parte importantísima de su historia. Allá él con su ignorancia. Yo condeno toda clase de fundamentalismos. He repetido mil veces que todo fundamentalismo carece de fundamento, sea político o religioso, sea islámico, judío o católico. Reconocer Al Ándalus como uno de los sustratos culturales de mi historia no me convierte en musulmán y mucho menos en fundamentalista. Quien no lo reconoce, sí lo es y se coloca a la misma altura de quienes legitimaron la expulsión, quema y represión de nuestros moriscos, judíos, gitanos, liberales, protestantes, republicanos o negros.

    ¿De qué trata tu última novela “La luz que fuimos: rebelión en Córdoba”?

    Respuesta:

    De otro hecho desconocido y tergiversado por la historiografía oficial. Córdoba, cuando era capital del universo, protagonizó la primera revolución popular de occidente en el año 1009. Porque fue el pueblo, organizado en asambleas clandestinas en sus arrabales, la que acabó con el despotismo de un hijo de Almanzor que cometió la osadía de autoproclamarse califa. El pueblo nombró su propio Califa, el Mehdi, y un gobierno compuesto por panaderos, carpinteros, artesanos o carboneros. Creó su propio ejército y obligó a no mostrar las armas por las calles. Privó a los ulemas de su inmenso poder. Y permitió que la gente volviera a hablar en romance. Tuve que acudir a muchas fuentes en árabe para encontrar los nombres de quienes protagonizaron esta epopeya y me siento muy dichoso por haber hecho justicia al aparecer en la novela: Tarsus el Mago, Al Harrar o Azaid. Además, la novela está narrada en primera persona del plural femenino, por un nosotras, por las mujeres de entonces que también hicieron posible aquella utopía.

    La protagonista se llama la Paloma, un personaje ficticio que nació el mismo día que Ibn Hazm, el autor de “El collar de la paloma”, quizá el tratado de amor más hermoso de la literatura universal y del que se cumplen mil años desde que lo escribiera en su exilio de Xátiva. En la novela se radiografía, como también hice en “El soldado asimétrico”, lo peor y lo mejor del ser humano, lo más sublime y lo más miserable, da igual su confesión, su etnia, su lengua, su género. Y aunque termina con el estallido de la guerra civil, mi mensaje es el de esperanza: aquella luz revolucionaria sigue encendida en los corazones de quienes creemos en el ser humano, a pesar de todo.

    Imagen de portada: Blog Delirio Andalusi.

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    Autor del blog El bloque de Este.