Todos los atributos del desarrollo de la sociedad se ponen en marcha como atributos del capital. El obrero aislado, bajo la presión de la hipoteca y las facturas, lo sabe: “Sin ti no soy nada”

“160 años después, Marx nos sigue hablando del pasado, del presente y del porvenir”

“El modo de producción capitalista, el desarrollo de los medios técnicos y del carácter grupal de la producción adquiere tal nivel, que poco a poco se va esclareciendo que la propiedad capitalista y el trabajo son antagónicos”

Cuando el trabajador entra en la fábrica capitalista, todo cuanto encuentra le es ajeno.

Todos los medios técnicos que emplea son propiedad del capitalista. El lugar que ocupa en la empresa y las tareas que cumple, se las especifica el capitalista (o su representante). El carácter colectivo, grupal, de la producción (imposible de ser organizada por él mismo) cumple las necesidades del capital.

La aplicación de la ciencia en la empresa es independiente de su conocimiento particular. Él sabe cómo desempeñar las tareas que debe realizar, mientras que el capitalista (o su representante) decide cómo y de qué modo se aplica el conocimiento científico. Si es necesario, le capacita; si es necesario, el capitalista (o su representante) contrata fuerza de trabajo cualificada para determinados puestos.

La capacidad productiva del obrero individual, de manera aislada, fuera de la fábrica, es más y más insignificante a medida que aumenta el desarrollo tecnológico.

En definitiva, todos los atributos del desarrollo de la sociedad se ponen en marcha como atributos del capital. El obrero aislado, bajo la presión de la hipoteca y las facturas, lo sabe: “Sin ti no soy nada”.

Pero aquí no termina la cuestión.

El obrero trabaja en la fábrica siempre y cuando su trabajo pueda cubrir su salario y asegurar beneficios. Un mes, dos meses, tres meses sin cumplir este requisito, y el trabajador “no resulta rentable”. Es despedido. Si el obrero permanece, año tras año, es porque mes tras mes su trabajo le permite al capitalista obtener más valor del que le cuesta; más valor del que el capitalista le devuelve al obrero en el salario.

Es decir, el obrero produce la acumulación capitalista como requisito para poder trabajar, y por tanto vivir. El modo de producción capitalista es una forma de apropiación del trabajo ajeno.

Esa acumulación reingresa en la producción, renovando maquinaria, ampliando sedes, etc.

Todo ese mundo que en origen le era ajeno, toda esa enorme cadena de montaje, ese sofisticado sistema de departamentos, el empleo de la ciencia, la organización colectiva del trabajo… resulta que ahora es alimentado por su trabajo.

Los medios técnicos que tiene a su alrededor ya no son meramente algo ajeno, sino el producto de su propio trabajo, pero puesto contra él. No están para servirle, sino que él está a su servicio. Él no gobierna el producto de su trabajo, sino que es gobernado mediante él.

Todos esos medios técnicos, adquiridos con las ganancias que ha generado la clase obrera, están allí para asegurar que mes tras mes la plantilla sigue asegurando beneficios, es decir, valor por encima del que es devuelto en los salarios.

De modo que el obrero produce y desarrolla las condiciones de su propia explotación. Produce y desarrolla también las condiciones para la expansión de la explotación capitalista a nuevas ramas de la producción.

Pero bajo el modo de producción capitalista, el desarrollo de los medios técnicos y del carácter grupal de la producción adquiere tal nivel, que poco a poco se va esclareciendo que la propiedad capitalista y el trabajo son antagónicos; que la propiedad capitalista vive a expensas del trabajo asalariado; que el trabajo asalariado reproduce y amplía la propiedad capitalista. Con los azotes de las crisis y la conciencia adquirida en las reivindicaciones laborales, se va entreviendo que todo el desarrollo técnico y la producción grupal son producto y capacidades del trabajo; pero que son un producto y unas capacidades que caen fuera de su propiedad, que no puede aprovechar ni disfrutar, que no dirige. Es el propietario quien emplea este producto y estas capacidades para seguir aumentando su propiedad.

El obrero individual eleva su conciencia acerca de su lugar en la sociedad y en la historia: todo es producto de la clase trabajadora; todo le pertenece a la clase trabajadora. Al modo capitalista de producción le llega su hora.

Sobre la base técnica dejada por este, sobre el soberbio desarrollo de las fuerzas productivas que ha arrojado en varios siglos el modo de producción capitalista tras emerger del seno de la producción feudal y superarla, se hace posible desarrollar una vida social nueva. Una vida social que continúe desarrollando a la humanidad habiendo ya superado las contradicciones del modo de producción capitalista.

La humanidad entra en una nueva fase histórica: la construcción del comunismo.

Esto es un resumen aproximado, con algún pequeño añadido, de lo que expuso Marx en los apartados “la mistificación del capital” y “La producción capitalista es producción y reproducción de las relaciones de producción específicamente capitalistas”; apartados de un cuaderno que redactó entre 1863 y 1866 como apuntes preparatorios para su obra magna: El Capital.

160 años después, Marx nos sigue hablando del pasado, del presente y del porvenir.

El cuaderno es conocido como “Capítulo VI (inédito)”, aunque para nada puede considerarse como un capítulo del primer libro de El Capital que nunca vio la luz, pues su contenido esencial reaparece en los libros I, II y III de dicha obra. Se trata en realidad un capítulo previo a la forma definitiva que acabó tomando el primer libro; un capítulo de una etapa preparatoria, de cuando el índice que Marx barajaba para su obra era otro. Quien haya leído los tres libros de El Capital y las Teorías sobre la plusvalía encontrará aquí esencialmente cosas sabidas y menos desarrolladas. Sin embargo, el texto tiene interés, pues a través de varios detalles y pasajes contribuye a afianzar la comprensión del modo de producción capitalista y del criterio que Marx siguió para estructurar la exposición de su funcionamiento. A fin de cuentas, el mismo tema expuesto de otro modo, bajo otros ejemplos, siempre resulta ilustrativo. También se aprecia la evolución del pensamiento de Marx y de su aparato de categorías, pues nos sitúa en una etapa entre los Grundrisse (1857-1858) y el primer tomo de El Capital (1867-1872). Además, como todo manuscrito económico de Marx, puede despertar la atención del lector en aspectos que había pasado por alto al estudiar El Capital, y que luego reencuentra allí magníficamente expuestos.

No obstante, el innegable interés, hay que considerar exagerada la afirmación de José Aricó (en su prólogo en la edición de Siglo XXI) de que la no aparición de este “capítulo” “resta bastante coherencia a la obra” de Marx, o de que en él aparecen problemas que en el primer libro de El Capital son “abordados a veces de manera abstrusa y de difícil lectura”. En realidad, el libro primero es todo él más claro, ordenado y sistemático que este capítulo-borrador, como no puede ser de otra manera. Tampoco necesitamos aferrarnos a la afirmación de Bruno Maffi de que este capítulo pudo haber sido demasiado revolucionario para un editor burgués. La conclusión de que el modo de producción capitalista es un modo de explotación que engendra las bases materiales, las fuerzas sociales y la necesidad ineludible de su superación (algo destacado por Aricó como virtud de este texto), ya está expuesta a lo largo del libro primero con toda claridad; y quizá de forma más sintética y directa en los párrafos que gravitan en torno a estas famosas palabras del capítulo XXIV: “Suena la hora postrera de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados. […] La negación de la producción capitalista se produce por sí misma, con la necesidad de un proceso natural. […] se trata de la expropiación de unos pocos usurpadores por la masa del pueblo.”

De facto, Marx empleó el “capítulo VI inédito” como un texto de una etapa intermedia cuyo contenido esencial reencontró un nuevo lugar en la estructura posterior de su trabajo. Engels probablemente lo consultó al editar los libros II y III, y debió tratarlo de esta misma manera, pues nunca se refirió a él como un manuscrito a publicar, algo que sí hizo acerca de las Teorías sobre la plusvalía. El Instituto Marx-Engels-Lenin lo sacó a la luz en 1933 con una introducción informativa, pues el texto tiene indudable interés por las razones mencionadas. Todo esto es natural. Lo que resulta más inexplicable son las exageradas palabras de José Aricó, quien presenta el texto también como la prueba definitiva contra la artificial ruptura althusseriana que contrapone la obra de juventud de Marx a la de su madurez. Aricó afirma que con este texto “El Capital y el Manifiesto Comunista aparecen ahora absolutamente soldados”. Pero hay que recordar que Lenin, quien no conoció dicho texto, tampoco cayó en esa falsa ruptura, sino que comprendió clarísimamente la unidad de pensamiento que va del Manifiesto Comunista (1848) a la obra de madurez de Marx y Engels.

En definitiva, el “capítulo VI inédito” es un texto que, en un criterio coherente de estudio de la obra económica de Marx, va después de los primeros tres libros de El Capital, la Contribución a la crítica de la economía política, Las teorías sobre la plusvalía y otros textos menores. Y sirve esencialmente para afianzar la comprensión del modo de producción capitalista, que no es poco, pero no para realizar nuevos aprendizajes esenciales ni llenar vacíos de principio ni dotar de nueva coherencia a la obra de Marx.

Autor

+ artículos

Estudió Licenciatura en Bellas Artes en la Universidad del País Vasco y maestría en Sociología Política en el Instituto de Investigaciones Dr. Mora, de la Ciudad de México.

Ha realizado investigaciones sobre historia del arte del siglo XX.

En 2018 publicó La disputa de la ruptura con el muralismo (1950-1970): Luchas de clases en la rearticulación del campo artístico mexicano.

Es miembro de la Asociación Cultural Volver a Marx y del Seminario de El Capital de la Universidad del País Vasco en Bilbao.