“Las revoluciones a lo largo de la historia han sido rojas y no de otros colores, o al menos los triunfos que nos han llevado a los mayores logros para nuestra clase proletaria”

    “Debemos unificar fuerzas y trabajar para cambiar la base de todo lo que es el sistema, que es el caldo de cultivo para crear las aberrantes circunstancias en las que vivimos”

    “Entendí que estos conceptos no deben ser extraños para los trabajadores en general y que debemos de ponerlos en marcha en Chile y el mundo”

    “Mientras la clase proletaria a la que por derecho pertenecemos permanezca oprimida y alienada, seguiremos viendo la cara de la desigualdad todos los días en las periferias donde habitamos”

    Como feminista radical entendí que son varias las problemáticas por las que la mujer avanza a través de las distintas épocas, desde todas las perspectivas en las que está situada: familiares, laborales, sociales y culturales; pero aún cuando muchas veces se han levantado y organizado al alero del feminismo internacional, bajo el sistema capitalista se sigue viviendo la barbarie misma y día a día seguimos desapareciendo de formas horribles y en circunstancias inhumanas, seguimos siendo omitidas y vulneradas en muchos aspectos de la vida misma. Existe hoy en Chile un abandono de parte del Estado mismo para con las mujeres en el área de salud (sexualidad, embarazo, postparto, puerperio y maternidad), trabajo, vivienda, educación, alimentación, justicia y seguridad.
    Cuando analicé todos estos aspectos, entendí que es una problemática que no sólo mantiene en la desesperanza a las mujeres de Chile, si no a toda la clase trabajadora con todos sus integrantes, hombres y mujeres, ancianos y niños, sin importar su preferencia sexual. Entendí al final de ese proceso como feminista que hay una problemática aún mayor que nos pesa además de ser mujeres, y es que para muchas de nosotras, las que pertenecemos a la clase trabajadora, estas cargas nos aquejan mucho más que a otras mujeres de clase alta.

    Deduje en su momento que esta terrible desigualdad no era culpa del género masculino en general, puesto que estos compañeros nuestros recibieron la misma educación mediocre que nosotras en cuanto a los aspectos de sexualidad, recibieron la misma vulnerabilidad en trabajo, vivienda, educación, alimentación, justicia y seguridad; por tanto, el enemigo mayor no eran mis propios pares, sino el estado capitalista pro neoliberal amparado en una constitución nefasta escrita de puño y letra de un conservador tan aberrante como es Jaime Guzmán.

    Entendí, bajo ese contexto, que todas las problemáticas sexistas a las que ellos también están destinados a sobrellevar no terminarán de la noche a la mañana y que, para que esto pare, debemos unificar fuerzas y trabajar para cambiar la base de todo lo que es el sistema, que es el caldo de cultivo para crear las aberrantes circunstancias en las que vivimos.

    Comencé a estudiar otras corrientes políticas y fue así como, de ser feminista, me volví aún peor y llegué al marxismo-leninismo, herramienta fundamental para entender la realidad como tal y comprender que el triunfo y las revoluciones a lo largo de la historia han sido rojas y no de otros colores, o al menos los triunfos que nos han llevado a los mayores logros para nuestra clase proletaria.

    Leí sobre la emancipación femenina en Vietnam, Cuba, China, Corea del Norte, Albania Socialista, RDA; me enteré de que en la gloriosa Unión Soviética, hombres y mujeres derrotaron el fascismo codo a codo y la mujer por primera vez en la historia tenía garantías para vivir dignamente; supe de aquel hombre maravilloso en Burkina Faso que por ley decretó la abolición de la mutilación genital y el matrimonio forzado; aprendí que en Afganistán socialista se había eliminado el burka, y que el Socialismo en todos los países donde fue puesto en marcha llevó a sus pueblos a la liberación completa por medio de la soberanía nacional, patriótica y revolucionaria. Entendí que estos conceptos no deben ser extraños para los trabajadores en general y que debemos de ponerlos en marcha en Chile y el mundo.

    Concluí finalmente que no se puede sectorizar la libertad ni los derechos ganados y que, mientras la clase proletaria a la que por derecho pertenecemos permanezca oprimida y alienada, seguiremos viendo la cara de la desigualdad todos los días en las periferias donde habitamos. Entendí que si no nos unificamos como clase más allá de sólo ser mujeres, jamás venceremos.

    Para algunos hoy día soy peor; según yo, estoy en la mejor posición a la que podría haber llegado. Por eso ya no soy feminista, ni reformista ni conciliadora con el enemigo de clase. Por eso soy comunista.

    Autor

    Chilena. Militante de Unión Patriótica y Partido Comunista Chileno Acción Proletaria.